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Página 12 - 9 de mayo de 2011

JOSE PABLO FEINMANN Y LA PRESENTACION DE EL FLACO, EL LIBRO SOBRE SU RELACION CON NESTOR KIRCHNER

“No es K ni anti K, es un libro analítico”

El escritor intercambió ideas con Horacio González. El director de la BN definió a El Flaco como “diálogos entrecortados que tratan de lo más importante de un país: el dominio de la justicia y la reparación”.

Por Silvina Friera

Un poderoso mail se publica por primera vez. El documento histórico tiene una potencia inusitada. Fue el epílogo de la relación entre José Pablo Feinmann y Néstor Kirchner. “No soy Mandrake el Mago. Soy apenas un ser humano que asumió la Presidencia de la Nación con el menor porcentaje de votos de la historia argentina, el 22 por ciento, y en el momento más difícil de nuestra historia reciente”, se lee en uno de los párrafos de El Flaco (Planeta), que se presentó en la Feria del Libro con Horacio González. “A veces sos un intelectual brillante y otras veces opaco. Pero no te olvides que también fuiste un militante político y como tal merecés un análisis más profundo y piadoso, pero siempre con los pies sobre la tierra.” Kirchner le reclamaba mayor compromiso a quien hasta entonces era considerado el “filósofo del kirchnerismo”. “La individualidad te pondrá en el firmamento, pero sólo la construcción colectiva nos reivindicará frente a la historia”, escribió el ex presidente en junio de 2006. “La gente compra el libro porque hay un mail de Kirchner; se ha corrido la voz y dicen que seguramente habrá cuatro páginas interesantes para leer”, bromeó Feinmann ante más de 400 personas que pudieron ingresar a la sala. El resto, la misma cantidad o más, se quedó afuera.

El mail fue un “gran momento” de la vida de Feinmann. Nunca esperó recibir la carta de un presidente. “Cuando lo conocí a Néstor, inmediatamente pasé a ser el filósofo kirchnerista. A mí la verdad me pone incómodo. Yo nunca fui un filósofo kirchnerista. Mi relación con Kirchner se dio en eso que se llamó la ‘primavera kirchnerista’, en 2003 y 2004, donde nadie atacaba con la fiereza inusitada con la que se atacó después, sobre todo con el episodio llamado ‘campo’. En esa etapa, no era el filósofo kirchnerista, sino que tenía el placer de hablar de tanto en tanto con él”, aclaró Feinmann. “A Kirchner la muerte de Mariano Ferreyra lo mató, porque lo primero que me dijo fue: ‘Yo no le voy a pegar a nadie’. Eso, a mí que pasé la dictadura con mucho miedo y con problemas psicológicos, me suena a música del cielo”, admitió. González destacó que las intervenciones periodísticas semanales de Feinmann en este diario producen “una cierta alteración en los lectores”, por un tipo de reflexión que toma los instrumentos de la escritura con un “ciego apasionamiento”. El Flaco es un libro sobre las retóricas argentinas “que nos constituyen como personas públicas”.

El sociólogo y director de la BN ponderó el “gran” análisis del discurso de asunción de Kirchner que hizo Feinmann en un “Un flaco como cualquier otro”, publicado en Página/12. “Tuve la impresión de estar leyendo un artículo que no se escribe fácilmente en ningún diario del mundo –reconoció González–; es un artículo desenfadado, casi desfachatado, con un sistema interno de fraseo que es un martilleo permanente sobre la idea del Flaco. Y el Flaco era comparado con Sartre. Esta desmesura no puede salir en Le Monde, en Libération, en El País, pero tampoco en ningún otro diario argentino. El Flaco aparecía como una categoría del ser arrojado al mundo. No era un artículo filosófico, ni periodístico; es difícil de definir lo que era ese artículo, que se transformó en este libro”. En El Flaco se explicita un “drama profundo” de la historia argentina, un drama “irresuelto” que Feinmann ha explorado también en otros textos. “José se pone en el centro de una reflexión sobre la tradición del intelectual argentino vinculado a un proceso de transformación que le interesa, reclamando especificaciones sobre ese conjunto de transformaciones. El político, a su vez, plantea que son especificaciones que no pueden cumplirse de inmediato, o quizá nunca, porque quien las pide es un intelectual cuya tarea es indispensable. Pero dice: ‘Hasta aquí podemos llegar’, ‘soy un gradualista’, ‘más no me pidas’, ‘lo que me estás pidiendo es pureza’, ‘yo soy un político’”, enumeró González algunas de las respuestas de Kirchner ante las demandas del intelectual.

Feinmann escribió en El Flaco –esos “diálogos irreverentes con Néstor Kirchner”, como reza el subtítulo– un “capítulo central” de la “tragedia” del intelectual argentino ante un proceso de transformación que ha apoyado y sigue apoyando. “El diálogo está centrado en viejos diálogos con los niveles filosóficos que uno quiera investirle; es un modelo de diálogo trágico puesto que las bases de la relación están dadas por una empatía”. Al describir los despachos oficiales, los lugares donde estuvo el escritor, el libro es una “magnífica reconstrucción novelada” de las conversaciones que no se escuchan y que se reproducen como si normalmente se pudiera hablar sin “vacilaciones” y sin “angustias” sobre la materia del poder. González subrayó que Feinmann se acerca “a la manera en la que se habla” en las zonas del poder. “La pintura del presidente Kirchner es la de alguien que maneja muchísimos planos. Toda la conversación tiene muchos frentes abiertos: la línea sarcástica, la ironía, la cachada ruda, el improperio y el análisis político fino”. Entre los frentes abiertos, recordó el llamado del ex presidente a Feinmann, cuando le anunció que en el discurso que daría ante las Naciones Unidas se proclamaría “hijo de las Madres de Plaza de Mayo”. “Nunca había pasado este nivel de consulta en la amistad o ‘amistad conversada’, como diría Borges”, agregó González. “Son diálogos entrecortados que, así como están contados, tratan de lo más importante de un país: el dominio de la justicia y la reparación”.

Otro artículo muy crítico de Feinmann sobre la tapa de la revista Gente, en la que Kirchner aparecía como uno de los personajes del año, está en el apasionado contrapunto de esta relación. “Aquel artículo pionero estaba anunciando una discusión que hoy es muy vibrante. Se estaba anunciando ni más ni menos qué temas estaban inscriptos en la Ley de Medios, qué significa la figura del político yendo a la revista Gente o posteriormente al Gran cuñado, donde Kirchner se cuidó mucho, aunque quizá no lo suficiente. Son todas polémicas abiertas sobre la vida política, la condición autónoma del político y la condición autónoma del intelectual, que no es habitual en un país”, reflexionó González, quien aclaró que como intelectual “no he resignado zonas de soberanía que siempre están dispuestas a chocar con el modo en que se expresan los poderes”. El Flaco no es un libro fácil de definir. El estilo Feinmann, “un tipo de escritura infrecuente con una primera persona que te agarra del tobillo hasta hacerte sangrar”, ha provocado y seguirá provocando grandes polémicas. “Esta es una época en la que está todo sobre la mesa. Kirchner es el responsable de que la Argentina sea una gran sociedad de debate continuo”. La clase media y su renuencia a apoyar al kirchnerismo fue uno de los ejes de análisis de Feinmann. “El drama de la clase media es ontológico. El deseo de la clase media es no ser lo que es; la clase media quiere ser lo que no es: quiere ser clase alta. La clase media no quiere ser lo no es: no quiere ser clase baja. La clase media no sabe lo que quiere. Habría que decirles a muchos de las clases medias que aspiran a llegar a ser clase alta que la clase alta no los va a aceptar nunca”, fustigó el autor de La crítica de las armas. “A esa clase media hay que incorporarla, tiene que ser nuestra; no pueden ser tan giles, nunca van a ser otra cosa que lo que son. Y cuando lleguen a meterse entre ellos, no los van a querer. A Menem nunca lo quisieron, siempre fue un negrito de mierda para ellos, por más que les dio todo. La clase media nunca va a ser aceptada por los grandes sectores de poder, porque las tierras no se compran: se heredan. No hay nada más grasa que querer ser lo que uno no es.”

Una anécdota ilustró el contraste entre el joven militante de los ’70 y el intelectual del 2000. “Lo único que sabía de la quinta de Olivos es que la rodeamos en julio de 1973 y empezamos a gritar como locos: ‘Perón, Perón, el pueblo te lo ruega, queremos la cabeza del traidor de López Rega’. Fue un momento dionisíaco porque perdimos el sentido de individuación y éramos eso que los liberales desprecian: una masa. Nunca van a llegar a entender que unirse a una multitud fervorosa es una decisión individual”, evocó el escritor y planteó que lo mejor que puede tener esta época es “recuperar ese fervor” de la militancia de los ’70, pero sin la teoría del foco. “Si alguien les viene a decir que una Jotapé sin lucha armada es descafeinada, denle una piña”, advirtió medio en broma, medio en serio. “Este es el primer libro serio que se escribe sobre Kirchner; está visto, aunque los nombres no aparezcan, desde Hobbes, Locke, Maquiavelo, Hegel y Sartre. No es K ni anti K, es un libro analítico”, definió el escritor y añadió que espera que El Flaco “clausure la era del libro anti K”. Feinmann eligió para cerrar la presentación una frase que Kirchner le dijo a Juan Manuel Abal Medina, después de la derrota electoral de 2008: “Vamos por más”.

Fuente: Página12


Jueves, 21 Julio 2011 17:50

Un flaco como cualquier otro

Página 12 - 31 de octubre de 201o

Un flaco como cualquier otro

La nota que se publica a continuación fue escrita a los diez días de la llegada de Néstor Kirchner al poder. A él lo emocionó mucho. Cristina Fernández, siempre que me ve, me la recuerda. Era la simple expresión de un tipo (de un ex militante intelectual de la “generación diezmada”) que expresaba su agrado por el modo en que el nuevo presidente había asumido. Yo no sabía nada de Néstor Kirchner. Con Cristina habíamos presentado el libro de Bonasso Diario de un clandestino. Me senté a su lado y sentí (lo juro) esa tensa pero agradable sensación que se posesiona de uno cuando está cerca de una mujer bonita. Para qué macanear. El miércoles cuando, pálida, con anteojos negros, erguida y digna en su dolor, se plantó ante el féretro de Kirchner la vi todavía más hermosa: parecía una troyana trágica, una figura extraída de Esquilo o de Sófocles.

El Flaco se llama Néstor, como el Presidente. También podría decirse –sin faltar a la verdad– que el Flaco es el Presidente, porque el Flaco, desde el domingo 25 de mayo de 2003, es el Presidente de este país en que todos estamos y también él; nosotros como ciudadanos, él como Presidente. Pero cuando amaneció el 25 el Flaco todavía no era el Presidente. Le tenían que poner la banda, tenía que jurar, saludar a los granaderos, advertirles a los ministros que Dios y la Patria les iban a demandar algo que jamás le demandaron a nadie, así estamos. Entonces, volvemos: empieza el 25 y el Flaco todavía no es Presidente. Para colmo, le hicieron una trampa muy fea, tan fea como podía hacerla el Gran Tramposo, que se bajó del ballottage y lo bajó al Flaco del 70 por ciento al que, cómodo, llegaba. Porque el Flaco, además de Flaco, es alto, de modo que puede llegar al 70 por ciento y hubiera llegado si no fuera porque el Gran Tramposo, que, entre otras calamidades, es muy petiso, no se hubiera bajado, pero se bajó y no hay quién no sepa por qué, el Gran Tramposo se bajó porque cuando sus Amos le dicen “Suba”, él sube, y cuando le dicen “Baje”, él baja, y esta vez le tocó bajar. Tanto, que ya ni petiso es. Tanto, que lo enterraron. Porque de un petiso podrá decirse cualquier maldad menos una: que no ocupa algún espacio en la realidad, que un cacho del ser no le pertenece, por menguado que sea. Al Gran Tramposo, en cambio, nada, tanto lo bajaron que ya no se lo ve. Y creo que somos muchos los que queremos que siga así: ausente de la realidad durante algún tiempo. De aquí a la eternidad, digamos.

Volvemos al Flaco. Que, la sinceridad ante todo, no se había lucido durante la campaña electoral. Le decían mucho lo de Chirolita. Que Duhalde lo chiroleaba. Que era el Chirolita de Duhalde. Cosas así. Y el Flaco hablaba aquí, hablaba allá, hablaba donde podía, pero no lo escuchaban mucho. Para qué lo voy a escuchar al Flaco –pensaban todos–, si abre la boca y habla Duhalde, para eso lo escucho a Duhalde, que, por suerte, habla poco, ya que la juega de Prócer Prescindente o de Presidente en Tránsito. Y uno no escuchaba a nadie, ni a Duhalde ni al Flaco. Sin embargo, el Flaco lo necesitaba a Duhalde (y seguramente lo sigue necesitando, pero ésta es otra cuestión) porque el Gran Jefe Bonaerense tenía lo único que restaba de un país que se llamaba Argentina, tan hecho polvo, tan amainado que sólo le restaba un aparato, el duhaldista. Y ahí se montó el Flaco, ahí puso el pie, encontró un pedazo de la realidad. Lo menos que se le puede pedir a la realidad –se dijo– es que exista, y aquí ya no existe nada. Están los piqueteros y los asambleístas, de acuerdo. Pero los asambleístas existen porque les dejaron de existir los ahorros, no bien vuelvan los ahorros se van los asambleístas. Y los piqueteros existen pero como pura negación, existen como expulsión, marginación, desechos de un podrido sistema que no puede integrarlos. Hacen lo que pueden y lo hacen bien, pero yo, piensa el Flaco, quiero ser Presidente y ver si desde ahí puedo hacer algo por traerlos de nuevo a ese viejo y venerable circuito que ya no existe, el de la producción. De modo que el Flaco se pregunta qué tiene y tiene dos cosas: el frío patagónico y el aparato de Duhalde. Llega con esas dos cosas. Se banca lo de Chirolita y empuja. Por fin, gana. Pero por descarte. Gana porque el Otro, el Gran Embaucador, se va. O sea, el Flaco, que llegó como Chirolita, que llegó por medio de Otro, del Gran Caudillo Bonaerense, gana por defección de Otro, del Gran Embaucador. No soy yo, se dice. Soy un resultado. Llegué por Otro y gané por Otro. Llegué porque Otro me hizo llegar y gané porque Otro decidió perder. Entonces, en esta feroz encrucijada, el Flaco toma la decisión de su vida. Decide inventarse. Sabe, como el hombre sartreano, que es nada. Pero sabe que esa nada le abre el infinito, la tarea vertiginosa de ser sus posibilidades, de elegirse, de darse el ser. El Flaco, entonces, inventa al Flaco. (Que nadie crea, en este punto, que la referencia a la ontología de Sartre es casual, que surgió porque sí. No, el Flaco es sartreano. Lo es, ante todo, porque tiene que inventarse, elegir, y, eligiéndose, darse el ser. Y también es, el Flaco, sartreano, porque como el Gran Virola francés, el Flaco es el Gran Virola argentino. Se le pianta un ojo. El mismo que al autor de la Crítica de la razón dialéctica, el derecho. Suele creerse que esto es un defecto, una carencia. Pero no, el Virola ve más que el pobre tipo que tiene los dos ojos para el mismo lado. El Virola, con un ojo, ve el Todo. Y con el Otro ve lo que el Todo tiene al Costado. O sea, ve el Todo y su Costado. Que alguien diga si puede ver tanto. Privilegio de pocos ver todo eso, ver el Todo y el Costado. Privilegio de grandes. Como Sartre. Como el Flaco.)

¿En qué momento empieza a inventarse, a crearse, a darse el ser el Flaco? Cuando el Gran Embaucador renuncia. Ahí se pone frente a un micrófono y dice: “Sólo este rostro nos faltaba conocerle: el de la cobardía”. Caramba, qué frase. Algo así no sale del aparato duhaldista. Los aparatos dan muchas cosas. Poder, por ejemplo. Pero no inteligencia, que es, siempre, más que el poder, ya que es su creación y no su mera acumulación burocrática. Después el Flaco va al programa de la Señora que Almuerza. Y la Señora que Almuerza le dice eso tan feo, lo del zurdaje que se viene. Y el Flaco le dice “Señora, por esa frase, murieron treinta mil personas en este país”. Y todos empiezan a decir El Flaco es Zurdo, qué Zurdo es el Flaco, qué Zurdaje se viene, cuánta razón tiene la Señora. Pero el Flaco sigue. Es posible conjeturar, aquí, que el Flaco está acostumbrado a que le digan zurdo.

Ahora es el 25. Y el Flaco hizo venir a cada gente, vea. Gente que, pongamos por caso, si ganaba López Murphy, no venía. Pero ganó el Flaco y vinieron. Fidel, Chávez, Lula, un horror. Una verdadera acumulación de zurdaje. Pero el Flaco los quería tener porque es afecto a los buenos recuerdos y dijo, después, en el discurso, que tenía algunos, algunos buenos recuerdos, el de la plaza del 25 de mayo de 1973, por ejemplo, la de Cámpora, Allende y Dorticós. Y dijo pertenezco a una generación diezmada. Y ahí –los que todavía no se habían dado cuenta, se dieron cuenta para siempre– ¡el Flaco es un Flaco de la Jotapé! El Flaco es un Flaco del setenta. Un Flaco de la izquierda peronista. Y si no, vean esa foto que aparece en los diarios: el Flaco, más flaco que ahora, como declinando en una silla, los brazos cruzados, escucha a dos o tres barbudos, circa 1972, en Río Gallegos, y los dos o tres barbudos son la imagen de la “subversión”, son perucas de izquierda de los más bravos, y por ahí el único que queda de esa foto es el Flaco, que los mira y aprende, y cree que del peronismo puede salir algo así como el socialismo, mirá vos las cosas en que creía el Flaco, si habrá sido joven, si habrá sido gil, creer eso, creer eso en lo que creyó la generación más revolucionaria de la historia de este país, la más castigada, la diezmada, como dijo el Flaco. Creer eso, creer que de un movimiento político con un general nazi a su frente podía salir la lucha de clases y la liberación nacional. Pero hay que comprender: el Flaco, en esos años, no leía a Uki Goñi sino a Fanon, a Cooke, a Jauretche, a Hernández Arregui. Y hasta, me juego, el Flaco leía la revista Envido, la única revista teórica que hizo la izquierda peronista, escrita, desde adentro, por flacos de la misma edad que el flaco, que eran, en ese entonces, tan flacos como él, y tan jóvenes y tan apasionados. Que eran, sin más, la izquierda peronista. Reducida después –por el canallismo ideológico de tantos canallas– a la mera historia de los Montoneros, y luego a la mera historia de Firmenich y Galimberti. Y luego al desprestigio y a la despolitización. Porque todos lloran por los desaparecidos pero olvidan en qué creyeron y por qué.

Y por fin, el domingo, el Flaco gana por goleada. Se come la cancha. Se mete a la gente en el bolsillo. Se hace querer. Se crea sí mismo. Es un flaco como cualquier otro. Cruza hacia el Congreso. Un periodista lo hiere. El Flaco llega al Congreso medio ensangrentado. Jura. Juega con el bastón. Tiene el saco desabrochado. Y ahí está Lula. Y Castro. Y Chávez. Y el Flaco está feliz. Y con un ojo los mira a todos. Y con el otro, con el sartreano, de costadito la mira a Cristina.

Fuente: Página12


Jueves, 21 Julio 2011 17:47

La conversación en la sala de gabinete

Página 12 - 3 de abril de 2011

La conversación en la sala de gabinete

Los pormenores de la particular relación que el filósofo, escritor y columnista de Página/12 describe en su nuevo libro se iniciaron en 2003, tras la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia, y se extendieron hasta 2006, cuando un mail le puso ¿fin? El libro que esta semana llega a las librerías muestra un perfil hasta ahora totalmente desconocido del ex presidente.

Otra vez la voz del vocero presidencial en el teléfono:

–El Presi quiere verte. Tarde, como a vos te gusta. A las 8 de la noche. ¿Está bien?

Tomo un taxi.

–A la Casa Rosada.

–¿No va a cualquier lado usted, eh?

–Soy contador. Sumo y resto. Lo mío son los números, no la política.

Ese día iba mejor vestido. Llevaba corbata y un traje oscuro.

–Ajá, los números y no la política. ¿Le creo?

–Oiga, ¿cómo no me va a creer?

–No sé, usted tiene voz de político. De dar discursos.

–No di un discurso en mi vida. Una vez, en un reencuentro con compañeros del secundario. Estábamos todos en pedo.

–¿Qué le parece este Presidente?

–Hasta ahora no mató a nadie. Mírelo a De la Rúa. Con esa cara de Luis XXXII y se fue dejando más de treinta cadáveres.

–¿Luis XXXII?

–Dos veces más boludo que Luis XVI.

–Qué bueno. ¿Y cree que..?

–Dígame, ¿a ustedes les pagan por hablar con los pasajeros?

Llego a la Rosada. Ahora estoy en la sala de espera. Me avisan que el Presidente me va a recibir en seguida. Aparece Omar Bravo. Lo conozco de los tiempos de la revista Medios y Comunicación, que salía por 1981 y tenía bastantes huevos. La dirigía Raúl Barreiros, colaborábamos Sasturain y yo y algunos otros.

(...)

–¿A qué viniste? ¿A ver al Flaco?

Así lo nombró Omar: El Flaco. Le dije que sí. Después, no lo vi más. Hubo algo que no cerró y se fue, supongo. Pero desde el 2004 es profesor de Política Internacional en TEA. Y le va muy bien. Lo sé porque me mandó un mail: “Sé que estás escribiendo un libro sobre el Flaco: acordate que el que te recibió en la puerta fui yo. Y cuando el Flaco andaba a los gritos pidiendo tu número de teléfono también se lo di yo, que lo tenía desde los tiempos de Medios y Comunicación”. Lo notable es que yo lo había puesto antes de que llegara su mail.

Pasé a la sala de gabinete. Primero hay que atravesar el universo de las secretarias. Saludan, sonríen. Se las ve radiantes.

Entro en la sala de gabinete. Kirchner está lejos. Mira por una ventana. La Plaza de Mayo, seguro. Sin saludarme, gira y dice:

–¿Ves estas coberturas doradas? ¿Son una mierda, no? Las puso Lanusse. Si las sacás, se ve la Plaza. Pero la Plaza te ve a vos. La seguridad aconseja dejarlas. Cubrir esas ventanas, así la Plaza no te ve a vos y vos no ves a la Plaza. Pero yo, a la Plaza, quiero verla. Quiero estar cerca de la gente. Total, ¿qué va a pasar? Es muy pronto para que me peguen un tiro. Vení, sentate. El se sienta en la cabecera. Me indica el asiento de la derecha. Los asientos son de cuero gris. O lo eran ese día. (...)

Néstor siguió hablando. Ninguna formalidad había tenido lugar. Entré y él ya estaba hablando. No hubo saludos de ninguna clase. Qué tal. Cómo andás. Cómo te va, Presidente. Leí una nota tuya este domingo. ¿Vas a ir con Filmus a Santa Fe? ¿Cómo está Cristina? Nada. Ahora estábamos en la mesa de gabinete. Y él seguía hablando. Era como un monólogo interno. Había empezado antes de que yo llegara y ahora continuaba. Pero en voz alta y dirigido a mí. Esa continuidad era lo esencial. Porque esa continuidad decía quién era Néstor Kirchner: alguien que no se detenía. No paraba. Pronto vamos a estar en la Quinta Presidencial, van a ser las 4.30 de la mañana, él va a tener que volar a las 6.15 para Córdoba y sigue hablando. Somos pocos. Alguien –Alberto Fernández– le dirá: “Néstor, tenés que salir para Córdoba en menos de dos horas”. El estaba metido en un rompecabezas político, lo venía delineando desde hacía diez minutos. Con algún fastidio por la interrupción, dirá: “No importa. A mí me gusta esto”. Hará un gesto con las manos, abarcándonos. Significaba: “Esto”. Y esto era la política. Su obsesión, lo que le impedía detenerse. Vamos, vamos por todo.

Esa frase lo define mejor que ninguna otra. Sería erróneo enfocarla desde la mira de la ambición. ¡Claro que era ambicioso! Un político tiene que ser ambicioso. La política es el juego del poder. De desear, de amar el poder, de ambicionarlo. Un político que no ame el poder es un perdedor antes de largarse a los conflictos, a los antagonismos y a los consensos. Pero el vamos por todo de Néstor era más que eso. Era su fuerza interior, una certeza profunda acerca de la realidad y sus resistencias: todas podían ser vencidas, derrotadas. No hay caída de la que uno no se levante. De toda derrota se sale. Estaba animado por la pasión de la voluntad. La voluntad era un ariete contra el muro de lo imposible. No creía, como Perón, que la única verdad es la realidad. (Aunque, si le venía bien, podía decirla. De hecho me la dirá en la carta que habrá de enviarme en junio de 2006, al analizar nuestras diferencias ¿irresolubles?) Creía que toda realidad puede ser creada, si la creamos nosotros como fruto de nuestro triunfo. Y que toda realidad, si es adversa, puede ser vencida, porque nuestra pasión, nuestra voluntad de vencerla es más fuerte que ella. Al fin y al cabo, ¿qué es la realidad? Algo ya constituido, ya hecho, un bloque en sí, que remite a sí, cuya fuerza es no cambiar, es ser lo que es para siempre, la realidad es un cascote en el camino invencible de la voluntad. (...)

Sigue Néstor:

–Yo no voy a andar con medias tintas. Ojo: soy un gradualista. Pero el país está por el piso y cuando uno encuentra un país así no se puede dar el lujo de ser gradualista.

–Hay mucha pobreza, Néstor. Hay hambre. En algunas escuelitas de provincia los pibes se desmayan en el aula. ¿De qué? De hambre. Ese pibe está condenado. Entre tanto, un pendejo del Liceo Francés, rico, bien alimentado, desarrolla sus neuronas. Ese es un triunfador. El otro, no. El otro está condenado. Tiene una existencia...

–Una existencia-destino.

–Gracias por leerme.

–Hace rato que te leo. Mis hijos también. Contame bien eso de la existencia-destino.

–Sartre se equivocó cuando dijo que la existencia precede a la esencia. Desde nuestro pensamiento situado se equivocó. Hablaba desde un país del Primer Mundo. Deteriorado por la guerra, pero sin hambre. Aquí, la esencia precede a la existencia. Porque la esencia de un pibe de una escuela rural no es la misma que la de un pibe de un colegio privado. La esencia es lo que cada uno trae al mundo. Al nacer ya tengo un pasado. Tengo padres, tengo una casa (si la tengo), tengo un lugar al que llegué, puede ser Jujuy, Yahvi o la calle Arroyo, tengo comida, mucha, poca o ni una mierda. Eso me condiciona. Condiciona mi vida. Construye mi destino. Si no me alimento bien de pibe, si no recibo amor de mis padres, no voy a saber dar amor, no voy a saber querer. En la escuela rural la maestra es una piba llena de generosidad que hace lo mejor que puede. Pero en una privada de San Isidro una maestra tiene una formación privilegiada que es la que trasmite a los pibes que van a ser la derecha de mañana. Casi siempre es así. A veces, no. Rebeldes nunca faltan. Pibes que rompen con su clase social. O sea, prioridad número uno: cero hambre.

–Eso lo anda diciendo Lula. Pero “hambre cero” implica el tema del poder. Decime, ¿qué pensás del poder? ¿Quién lo tiene? ¿Nosotros?

–No.

–De acuerdo: nosotros tenemos que pelearle el poder al poder. Sacárselo en la medida en que podamos. Pero no va a ser fácil. Ahora la derecha está tranquila. Se asustó con el “Que se vayan todos” y los despelotes del 2001 y el 2002. Pero no saben retroceder. Ya me dieron un pliego de condiciones.

–¡Qué hijos de puta! ¿Te dieron un pliego de condiciones?

–Sí.

(No me dijo quién. Fue José Claudio Escribano, el de La Nación. Ese tipo, durante la dictadura, era un ideólogo de primer nivel. Bajaba línea desde su “democrático” diario, que apoyó todos los golpes de Estado.) (...)

–¿Conocés la respuesta que le dio Perón a Braden cuando le llevó su pliego de condiciones?

Larga una carcajada.

–Sí, pero yo al hijo de puta que me trajo el pliego de condiciones no le podía haber dicho: “No quiero ser bien mirado en su país al precio de ser un hijo de puta en el mío”. Porque los dos tenemos el mismo país. El quiere una cosa. Yo quiero otra.

–Esa es la historia de la humanidad: unos quieren una cosa, otros quieren otra. No tiene arreglo. (...)

–Pero, ¿tan fuertes se creen como para traerte un pliego de condiciones? ¿O te creen tan débil?

–Lo segundo. No olvidés algo: soy el Presidente que asumió con sólo el 22 por ciento de los votos. Nadie, nunca, en la puta vida, asumió con menos votos la presidencia del país. ¿Cómo querés que no me vean débil?

–Entonces, la cuestión es: cómo hacer para que te vean fuerte. O mejor: cómo hacer para que sepan que sos fuerte, que no les tenés miedo y que el 22 por ciento te lo pasás por el culo. (...) La pregunta es la de siempre: ¿cómo se crea poder?, ¿cómo se construye poder? Yo siempre dije una frase. La dije desde pendejo. Cuando se hablaba de “tomar el poder”. Todo el tiempo todo el mundo hablaba de tomar el poder. Y yo decía: el poder no se toma, se crea. Quería decir: para tomar el poder hay que tener un poder superior al del poder. Ese poder, ¿de dónde sale? El poder para tomar el poder, ¿cómo se construye?

–Eso era en los setenta. Se creía que tomar el poder era asaltar la Casa Rosada. Como lo hicimos el 25 de mayo del ’73. Con Cámpora en los balcones y nosotros dominando la plaza. Pero hoy, ¿dónde está el poder? No creo que hoy –hoy, eh– construir poder sea algo posible de reducir al ámbito nacional. Y con esto vamos a la cuestión de América latina. Acá ya nadie se libera solo.

–No hay liberación nacional.

–Eso está muerto. O la cosa es continental o no va.

(...)

–¿Se le puede creer a un tipo que llegó a presidente de la República?

–Otra vez: ésos son prejuicios de intelectuales. –Se levanta y vuelve a caminar por la sala. Se pone las manos en los bolsillos. Le gusta hablar como si mirara alguna lejanía–. Sin embargo, es cierto: no es fácil creerle a un Presidente. Más aquí. Más en este país. Tantas veces nos metieron el dedo en el culo...

–Escribí una nota con ese título: El dedo en el culo.

–Cómo era.

–¿Te acordás cuando De la Rúa, casi al final, ya boqueando, lo llama a Menem a la quinta de Olivos?

–Sí, hasta me acuerdo de la foto. Daba asco verlos a los dos juntos.

–Precisamente. De la Rúa ya era un dedo en el culo. Ahora lo llamaba a Menem. Otro dedo en el culo. ¿Para qué lo llamó? Porque quería una segunda opinión. Está basado en un chiste muy bueno. Un famoso urólogo en lugar de un dedo te metía dos. Quería una segunda opinión.

Ni bola le dio al chiste. Me sentí medio pelotudo. Siguió dando algunos giros por la sala. Las manos, las dos manos en los bolsillos del pantalón. Estaba en mangas de camisa. El saco andaba por ahí, tirado en algún sillón, la corbata también. Dice:

–Pero es cierto. Un Presidente ya no tiene credibilidad. Me la tengo que ganar. Hago cada cosa. No te imaginás. A la mañana hablo por teléfono a cualquiera. A cualquiera, eh. Agarro, marco un número y espero. Alguien atiende y le digo: “Buenos días, disculpe que lo moleste. Quería hablar con usted”. “¿Quién habla?” “El Presidente.” “¿Quién?” “El Presidente, Néstor Kirchner. Quiero preguntarle si está de acuerdo con lo que estoy haciendo.” Algunos me reconocen la voz. Esos, aunque no lo pueden creer, me creen. “Qué honor, señor Presidente”, me dicen. Yo les digo que el honor es mío. Y que me diga qué le parece lo que estoy haciendo y qué haría él en mi lugar. Es genial, genial. De lo que estoy haciendo hablan poco. Ahora, de lo que harían en mi lugar... ¡mamita! Tengo que cortarles. O les digo que me disculpen. Que los vuelvo a llamar mañana.

No sé cómo, pero –lo recuerdo bien– ahora estaba Miguel Núñez. Que se reía y tenía un montón de papeles que sostenía como un tesoro o como la prueba irrefutable de algo. Sí, era esto: la prueba irrefutable de algo. Dice:

–Néstor, contale lo que te pasa con los que no te creen. (...)

–Uy, sí. Algunos no me creen. Los llamo a la mañana, ¿no? Como a todos. “Hola, qué tal. Cómo anda.” “¿Quién habla?”, dice el tipo. “Néstor Kirchner, el Presidente. Quería saber...” “¿Quién?” “Néstor Kirchner.” Y el tipo se encula y me grita: “¡Andá a cagar, Carlitos! ¿A vos te parece andar jodiendo a esta hora? Ni el mate me preparé, boludo”.

(...)

Se pone a mirar algo. Uno no sabe qué. Por ahí, nada. No mira nada. Se mira adentro. Busca. De pronto, el ejercicio se acaba y te mira de golpe:

–¿Cuántos poderes hay en la Argentina? –pregunta.

–En cualquier lugar del mundo hay muchos poderes.

–No, no, esas boludeces ya las conozco. La multiplicidad de poderes. Todo se multiplicó en los últimos años. Sin embargo, la globalización es una. Que no jodan. Es una. Son ellos los que nos globalizan. Nosotros, de boludos, nos dejamos globalizar.

–Hay dos poderes en la Argentina. Los dos que Menem armonizó: el establishment y el peronismo. Menem sometió el peronismo al establishment.

–Entones no los armonizó.

–Fue una armonía, pero desigual. Menem convenció al peronismo de que el gran negocio, en los noventa, con la URSS hecha pelota, era seguir al establishment, al neoliberalismo. Nadie dijo que no. Total, todo se había ido a la mierda. Era la hora de ser socios de los triunfadores, de ser parte de la gran cosecha, de afanarse el país con ellos. Esos dos poderes siguen siendo los de hoy.

–¿Y vos proponés que yo me abra de los dos?

–No, que crees uno nuevo.

–¿Y mientras tanto en qué me apoyo?

–Ni el peronismo ni el establishment te pueden atacar por lo menos durante un año y medio. Si abrís un nuevo espacio, muchos te van a seguir. De todos lados. Peronistas que están hartos del aparato, gente de la izquierda, de los derechos humanos, empresarios podridos de los carcamanes del peronismo, hasta Estados Unidos. En serio, puede interesarles una fuerza nueva, democrática, lúcida, limpia, más que la mafia del aparato duhaldista.

–A mí me interesa eso. Y lo voy a intentar. Sobre la marcha se verá cómo viene la mano. Para hacerlo voy a tener que hablar con todos. La política es eso, eh. La política es no hacerle asco a nada. (...)

–¿Eso y no otra cosa? –pregunto.

–Eso y no otra cosa –insiste Néstor–. No hacerle asco a nada.

–Es lo que dice Perón en Conducción política: “A algunos les quiero dar una patada y les doy un abrazo”.

–Eso se lo debe haber dicho Maquiavelo al príncipe.

–Puede ser. Pero seguro no le dijo: “Cuando se negocia hay que ceder el 50 por ciento. Pero quedarse con el 50 por ciento más importante”. En fin, mirá de lo que le sirvió con la Jotapé. Negoció cagándolos a tiros.

Otra vez se queda en silencio. Pero poco. Hace en seguida una de sus transiciones bruscas. Néstor Kirchner es capaz de tomar decisiones impulsado por una fuerza interior que casi no le cabe en el cuerpo. Son tan veloces que uno no sabe si las pensó, si las había pensado o si no las pensó ni por joda, se largó a la pileta nomás. Es algo tan suyo, tan personal como cuando alguien le dice una idea, él no tiene ganas de darle pelota y, moviendo la mano de un lado a otro, con los tres dedos unidos y en punta como si fueran una lapicera, le dice:

–Anotalo. En serio, anotalo. Después me lo das.

Eso y “metetelo en el culo” es lo mismo.

–¿Vos conocés la pobreza? ¿Le viste la cara a la pobreza?

–No mucho en los últimos tiempos. Les vi la cara a los obreros cuando tenía una fábrica con mi hermano. Entre 1965 y 1982. Vino Martínez de Hoz, mi hermano se puso un negocio de Puerto Libre, hizo guita a patadas y yo tuve que negociar la quiebra. Me quedé en pelotas.

–La cara de los obreros no es la cara de la pobreza. Los obreros de la época que mencionás tenían laburo, salario, casa, familia, dignidad. La pobreza es indigna. Menem humilló a los obreros. Los transformó en mendigos. Pero, ¿recorriste el conurbano?

–Lo siento, no. Casi no salgo de mi casa. Escribo como un poseído.

–Le ves la cara a la pobreza y no te olvidás más. ¿Vos peleás por los pobres?

–Peleo para que todo sea menos brutal. No creo que pueda cambiar este sistema de mierda. Además, no tengo ninguna receta. No sé por qué lo cambiaría. Aumentaría la participación de los marginados en la renta nacional. Haría un plan de viviendas. Crearía industrias para que tengan trabajo. Pero ya no creo en el socialismo de Marx ni de Lenin. Hay que hacer otra cosa.

–¿Cuál?

–No sé. O sólo algo sé, apenas algo: nada de dictadura del proletariado.

–Insisto: vos peleás por los pobres. ¿Cuando decís que peleás para que todo sea menos brutal pensás en ellos?

–Sí.

–¿Y cómo no les vas a ver la cara?

–Se la veo en Buenos Aires, Néstor. Los veo revolviendo los tachos de basura. Estoy comiendo en Lalo y desde la ventana veo a los pibes revolviendo la basura. Después, como con una culpa que me perfora el estómago.

–Es el precio que pagás para tener la conciencia tranquila.

–La tengo tranquila. No puedo hacer más de lo que hago. No puedo pirarme como Simone Weil. No puedo ir a laburar a la Renault. Que, además, se rajó de aquí.

–Podés venir conmigo a Tucumán.

Otra faceta de Néstor. Los viajes sorpresivos: “Te venís conmigo”. Sigue:

–Estuve ahí. Fui en tren. Para ver bien todo. Para no dejar de ver la miseria. Cuando el pobrerío se agolpaba junto al tren me tiré sobre ellos. Quería tocarlos, que me tocaran. Tenía un ramo de flores. Ellos sabían para qué había ido. Había una gran fosa. Los milicos habían enterrado ahí doscientos cadáveres. ¿Pocos, no? Total, estamos acostumbrados a cifras peores. ¿No son una mierda las cifras? Te dicen doscientos, quinientos, diez mil, treinta mil y no ves ni una cara. Te muestran la foto de un pibe, de una piba y te querés morir. Te ponés a llorar. “Hijos de puta”, decís. “¿Cómo pudieron matar a esta piba, a este pibe?”. Me llevaron hasta la fosa y ahí tiré el ramo de flores. Después volví al tren y me fui. Oíme bien, la próxima vez que vaya a Tucumán te venís conmigo. Te agarro de un brazo y nos tiramos juntos sobre la gente. Ahí le vas a conocer la cara a la pobreza.

No supe qué contestarle.

Entonces apareció Cristina. Venía contenta, cargaba con un libro de dimensiones temibles. Camina pisando fuerte, siempre decidida, siempre sabe a dónde va. Todo piso que pretenda tolerar esa pisadas deberá ser fuerte. Si no, se agrieta. Si se agrieta, ella no se hunde. Da un pequeño salto y sigue por otro carril. Hasta donde yo sé –no es mucho lo que sé, pero creo conocerla–, Cristina se fija una meta y la meta no se le escapa. Apunta hacia y hacia ahí va. (...) Ahora pone el enorme libro sobre la mesa de gabinete. Es un libro sobre los glaciares.

–Hola, José Pablo. –Y sin pausa alguna– Miren esto. ¿No es hermoso?

Néstor lo mira minuciosamente. (¡Cuánto hace que no meto este adverbio! Claro: apesta a prosa borgeana.) Del modo que sea, el adverbio ya está. Sigamos con él. Si Néstor mira minuciosamente, ¿con qué ojo lo hace? Se supone que con el que no se le piantó para un costado. ¿Cuál es? No es fácil la cosa.

Cuando hablo con él no sé bien dónde mirarlo. Porque uno no demora en descubrir el ojo correcto. Sin embargo, ¿hay que mirarlo siempre ahí? ¿No es remarcar su carencia (esa desviación es una carencia: la carencia de un ojo bien centrado) mirarle solamente el ojo sano? No hacerlo, me pone mal. ¿Por qué no mirarle los dos ojos? Tiene dos ojos. Uno, desviado. Pero no es menos suyo que el otro. Y los dos deben haber tenido la misma importancia en su vida. Y hasta acaso más la tuvo el desviado. Porque era el problema a superar. ¿Cómo superar que uno tiene un ojo para otro lado? ¿Qué cargadas habrá tenido que aguantar de pibe? ¿Cuántas veces se habrá tenido que agarrar a las piñas? Los pibes son muy crueles con esas cosas. (“¡Virola! ¡Bizcacho! ¡Se te piantó un ojo, boludo!”) ¿Acaso en esa frase admirativa de sus compañeros cuando conquistó el corazón de Cristina, la envidia no estaba aumentada por la cuestión del ojo?

–¿Vieron la mina que se levantó Lupín?

Podría significar:

–¿No es increíble que el virola éste, con ese ojo que se le fue a la mierda, se haya levantado esa mina?

Cuando me mira de frente trato de mirarle los dos ojos. Darles la misma jerarquía. Y, cuando no puedo, le miro el entrecejo. De esto debe estar más que apiolado porque lo deben hacer muchos. Es la más fácil. “Le miro el entrecejo y zafo.” Porque hay otro problema: no es tan fácil descubrir en todo momento cuál es el ojo al que hay que mirar. A veces se le mezclan a uno. Y se encuentra mirando el que no quería, el que se había vedado. La clave –creo– es no vedarse ninguno. Mirarlo a los ojos como suele decirse. Si uno lo mira así (a los ojos) lo mira indiferentemente a uno y a otro. Se libera del problema del ojo privilegiado. Total, a él ya le debe importar poco a dónde lo miran. Creo que delegó el problema en el otro. Con el tiempo encontrará una solución fantástica. Los grandes actores norteamericanos, los rudos, los que hacen películas de cowboys o de guerra y tienen que andar mucho bajo el sol, siempre entrecierran los ojos. Clint Eastwood tiene los ojos como dos rayitas. (...) El ceño siempre fruncido, siempre malhumorado, y la boca la ladeaba hacia la izquierda o hacia la derecha. Cuando lo hacía mostraba los dientes y cerraba ese ojo, el otro lo dejaba totalmente abierto. La excusa era el sol. Alguien (¡qué lástima que no fui yo!) le dio a Néstor estos datos. O él lo descubrió solo al asunto ese de cómo cerrar un ojo y quedar como un cowboy bravío. La cuestión es que empezó a hacerlo y le quedó bárbaro. Clint Kirchner reemplazó al pibe del ojo virado de la primaria, de la secundaria, de la facultad, de la militancia. Se acabó: ahora era el Marshall de la República, era Clint Kirchner y tenía, como siempre, a la chica más linda del pueblo.

La chica más linda del pueblo dice:

–¿No es hermoso?

–Son los glaciares –dice Néstor.

–Sí, ya sé, bobo. Pero el libro me lo regaló Joseph Stiglitz. Hace dos horas que estoy hablando con él y tiene un montón de ideas para ayudarnos.

Joseph Stiglitz es Premio Nobel de Economía. Suerte que Cristina no agregó: “Vos, en cambio, hace dos horas que estás con este nabo con el que no vas a ir a ningún lado”. Pero yo lo pensé. “Cristina debiera decirle eso.” Jamás lo habría hecho. Sin embargo, si así me pareció, tal vez fue porque algo de eso flotó en el ambiente. ¿O era yo el que lo sentí, era yo el que se sentía un intruso en la Casa de Gobierno, el que no tenía un Premio Nobel ni Saramago le había dicho cómo ganarlo? Stiglitz siempre fue importante para el gobierno de Néstor y Cristina y sigue ahora cerca de ella. Desde luego, está contra la libertad de mercado, a favor del intervencionismo estatal y el Mercosur. Para el establishment y sus periodistas, una pesadilla. Un enemigo mortal.

Cristina dice:

–Hasta luego –y desaparece tras la puerta.

–¿No querés ir con Stiglitz? –le pregunto a Néstor–. Debe tener cosas más importantes que yo para decirte.

Néstor sonríe sonoramente.

–No te creo que digas eso en serio. Para vos, un economista, aunque sea Stiglitz, es un tipo que sabe sumar y restar, pero de política nada.

–Conocés la frase: la política es algo muy importante para dejársela a los economistas.

–¡Claro! Miralo a Menem. Les dejó el país a los economistas. Lo hicieron mierda. Pero hay otra cosa.

–¿Otra cosa?

–Otra cosa por la que no te creo que digas en serio que me vaya con Stiglitz y te deje. Entre Stiglitz y vos, te parece mucho más importante que esté con vos.

–Bueno, con Stiglitz está Cristina. Es posible que ya sea suficiente.

–Tampoco es por eso. Mirá, José Pablo, vos tenés muchas buenas cualidades. Pero creo –creo, eh– que la modestia no figura entre ellas.

–¿La modestia es una buena cualidad? ¿No es una cualidad medio pelotuda? ¿De qué te sirve la modestia? (...) ¿Vos sos modesto? Si me decís que sí tampoco te creo.

–No sé si soy o no modesto. Pero soy bravo, peleador. Voy a tratar de armar un gran quilombo antes de que me saquen de aquí. ¿Y sabés cómo me sacan de aquí?

Se inclinó hacia mí y me miró fijo. No supe con cuál de los dos ojos, pero sin duda con el mejor. Y con una certeza que sostenía existencialmente todo su edificio político, dijo:

–De aquí me sacan con los pies para adelante. Solamente así.

Me encargó una misión que ya comentaré. Pero nuestra conversación en la sala de gabinete había terminado. Terminó con esa confesión de hierro. Esa confesión que implicaba la aceptación del riesgo de la vida y la decisión de entregarla si era necesario. Creo que también agregó:

–Yo, de aquí, no me voy en helicóptero.

Ese encuentro –el primero– había durado una hora y 45 minutos.

 

Fuente: Página 12

 

Jueves, 21 Julio 2011 17:41

Nota de Feinmann en C5N -VIDEO

Nota de Feinmann en C5N

Presentación "El Flaco" en el Programa de Maximiliano Montenegro

 

Presentación de "El Flaco"

Presentación en la Feria del Libro junto a Horacio González



 

Fragmento de Libro


" Llega – porque todo llega: lo bueno, lo malo y lo peor – el martes, averiguo la dirección de la SIDE y hacia allí voy. Me siento rarísimo- ¿Cómo es posible que yo vaya a la SIDE? Siempre temí lo contrario: que la SIDE viniera a mí. Durante la dictadura, algunos, para calmarte, o no sé que, decían: 

– Todo depende de que tu legajo no aparezca sobre algún escritorio de la SIDE. 
– ¿Y uno que puede hacer para que eso no pase? 
– Nada, boludo. ¿Qué vas a hacer? Si pasa, te jodes. Si no pasa, te salvas. 
– ¿Y cuanto tiempo habrá que estar esperando eso? 
– Siempre. Si te rajas, te rajas y dejas de esperar. Hacé eso, rájate. 
– Tengo cáncer. 
– ¿Cáncer? ¿Estas en pedo? ¿Justo ahora se te ocurre agarrarte cáncer? 

El que tuvo ese dialogo conmigo fue luego diputado menemista, afanó a lo loco, después paso a la Alianza, siempre andaba hablando de Perón y de Oesterheld, entró en el duhaldismo y cuando seguro se preparaba para ser kirchnerista de la primera hora, se murió. De Cáncer. 

Llegé a la SIDE. Me hice anunciar. Sí, señor, lo están esperando. Aquí lo van a acompañar. Sígame señor, por favor. Entramos en un ascensor. Lo miro al tipo que va conmigo. Ni David Niven luciría más elegante. Se abren las puertas del ascensor. El tipo se aparta. Adelante, señor. Salgo, doy unos pasos y una puerta muy grande se abre y, con una sonrisa invencible, aparece el Chango Ucazuriaga. Y le dijo. Le dijo esa frase monumental: hoy entras a la SIDE, pero vas a salir. 

La charla fue veloz porque él es así. Hablaba rápido, sonríe, le gustan los chistes. Me dice que se leyó todos mis libros. 

– Gracias a vos soy peronista 
– ¿En serio? Perdoname. 

Se ríe. Pide los correspondientes cafés. Y entonces – ya en serio, bien enserio – pregunta: 

– ¿Cómo lo ves a Néstor? 
– Mira, Chango, hay dos caminos. Lo nuevo o lo viejo. Lo nuevo es salir del peronismo. Es dejar de lado para siempre el modo peronista de hacer política. Que no es solo de aquí. El PRI también se mueve de ese modo. Y los yankis, ¡Ni hablar! Son los campeones de mezclar la política con la guita, los sobornos, la droga, la violencia, el aparatismo, la mafia, la concepción de la vida como escalera: Una carrera de negocios. Ahí está la guita fuerte. Ganate un buen puesto de poder. Sé puro durante un tiempo, ganate la confianza de muchos, y trepás por que creen en vos y seguís trepando por que te siguen y siguen creyendo en vos. Y un buen día los cagas a todos y te ponés en venta. Ahí, como nucleaste mucho poder, sos caro. Te pagan un fangote, y chau, te borras. O te dedicas a levantar torres en Puerto Madero. A manejar dólares de inversores extranjero. A fumar puros. A emborracharte con Chivas o algo mejor. Si te empezas a dar con drogas, sonaste. Pero si fuiste tan piola como para saber llegar ahí, no te vas a suicidar ¿no? Si tenés una vida fabulosa… Cada vez que vienen tus inversores lo llamás a Pancho Albuquerque y le pedís material del más caro de sus books. Y hacés una gran fiesta en el penthouse de tu torre. Y van llegando las modelos más celebres. Las imposibles para la gilada. Para ese pueblo por el que tantas veces juraste. Al que tantas veces le hablaste. Por el que prometiste hasta dar la vida. Ma sí, que se jodan. Vida hay una sola y es ésta, hermano. Ése es un camino. El conocido. El que nos tiene hartos a todos. El que nos llevo a la ruina. El que Barrionuevo batió cuando dijo “Si dejamos de chorear dos año, el país se salva”. O cuando dijo “Aquí, la verdadera guita, no se hace trabajando”. Por supuesto, se hace con la política. 

– ¿Le largaste todo ese rollo a Néstor? 
– Si, no me acuerdo cuando. Pero sí. Claro: es la visión menemista del mundo. Néstor vino para crear otra. Para desmenemizar el país. 

– Mirá José Pablo, no es fácil. Tené en cuenta que la clase política sigue siendo la misma. Los sindicalistas, los mismos. Los intendentes del conurbano, los mismos. La policía de la provincia de Buenos Aires, no cambió. Ni va a cambiar. Los comisarios tampoco. O sea, va a seguir la prostitución y el trafico de drogas ¿Sabes qué es eso? Mirá quien te lo va a decir. Eso es el aparato, José Pablo. Y hasta te diría: es el aparato Duhaldista. ¿Cómo dice Gieco de la guerra? Un monstruo grande que pisa fuerte… ¿Algo así, no? Bueno, peor. 

– Hay que hacer otra cosa. Algo nuevo. Que tenga bases nuevas. 
– ¿Cuáles serian? 

Le dije muchas veces las cosas que le había dicho a Néstor. Recuerdo esperar el espíritu de lucha de los asambleístas y también a ellos. Recrear la mística militante de los jóvenes. Darles consignas de futuro que los movilicen. Que Néstor no asuma como presidente del PJ. Que se abra incluso del peronismo. Armar algo aparte, no ser el PRI. 

Mientras en mi exposición una tenue sonrisa de piedad empezaba a delinearse suavemente e la cara del Chango. De pronto, como si no tolerara seguir escuchando dislates alejados por completo de la realidad, estiró sus dos manos, como para contenerme, y dijo: 

– Pará, José Pablo, pará. Estás meando fuera del tarro, hermano. Todo eso que decís, si alguna vez viene, será porque es posible. Por ahora, ni ahí. Los asambleístas volvieron a sus casas y no los vas a sacar de nuevo. Los jóvenes todavía cargan con el cagazo de correr la misma suerte de los que los precedieron. Nosotros. En este país, sin el peronismo no se puede hacer política. Armas algo aparte y Duhalde, que se quedó con el aparato, te liquida. ¡Te liquida, José Pablo! Te lo juro. ¿Para qué crees que es el aparato? Para apretar a los gobiernos, para condicionarlos. El aparato es poder, hermano. Grabátelo. No sé si esta forma de poder está en Maquiavelo. De algún modo, debe estar. Ese poder se formó, lo formó el país, la pobreza, el hambre, la exclusión, la fiesta de los noventa, el uno a uno. Menem, Cavallo y todo el partido Justicialista y los sindicalistas que apoyaron al Turco. Nosotros no tenemos la culpa. Es una obra maestra de construcción de poder ¿Sabés que es un aparato mafioso? Una maquina de violencia. Mete miedo hermano. Ahora lo tiene Duhalde. Tanto lo tiene, que hasta lleva su nombre. 

– El aparato Duhaldista. 
– Tal cual ¿y vos querés que Néstor se lo deje? ¿Vos crees que Néstor no sabe que para gobernar tiene que limpiarlo a Duhalde? No, José Pablo. Oíme bien. Néstor va por Duhalde. 
– Néstor va por Duhalde. 

Digo: 

– Supongamos que la cosa es así. Te pregunto: 

Se ríe con ganas. 

– ¡Dale, interrógame! Mirá qué original: ser el capo de la SIDE y que te interroguen. 
– Pará, no me asustes. ¿Te puedo hacer unas preguntas, no? 
– Pero si era una joda, hermano. Una joda. Te lo dije, hoy vas a salir de aquí. 
– ¿Seguro? 
– A seguro se lo llevaron preso. Lo tengo por ahí. En una celda en el sótano 
– Chango, sos un jodon de mierda. 
– ¿Y qué querés que haga? ¡Con este pueblo! Dale, preguntá lo que quieras. Salis, salis. 
– Supongamos que Néstor va por Duhalde. 
– Ponele la firma. 

– Se la pongo. Va por Duhalde. Le gana. Se queda con todo el aparato duhaldista. ¿Sabés cuál es el resultado? Néstor ya no es Néstor. Es Duhalde. ¿Cómo va a seguir siendo el mismo tipo si ahora estás al frente de un ejército de escorpiones? Te digo la respuesta: No va a seguir siendo el mismo tipo. Va a ser un escorpión mas. Es como si yo te dijera, Chango, andá por Himmler. Quedate con la SS. Me hacés caso, vas por Himmler, lo haces mierda y te quedás con la SS ¿En quién te convertiste? En Himmler. ¿O la SS se va a dejar conducir por un alma pura? 

Termina su café frio de un sorbo. Me mira fijo. Venia ágil la conversación. Pero llegó a un punto que duele. Hay siempre un punto que duele. Duele porque ahí, en ese punto, no convencés a nadie. 

– Puta, que son jodidos los intelectuales, che. 
– Mirá, no quiero ponerme solemne. Pero me atrevería a decir que ésa, la de ser jodidos, es casi la tarea de los intelectuales. Si por jodidos entendemos mostrar las cosas que no son fáciles, que nadie puede hacer sin volverse lo que no es o no quiere ser. O sea, una mierda como todo lo que odio hasta este momento. 
Silencio. 

El Chango pregunta: 

– ¿ A qué momento te referís? 
– Al terrible momento en que empezás a justificarte. A decirte: todo el aparato que tiene Duhalde es una mierda. Pero con el poder de esa mierda me va a tirar. Si no se la saco, perdí. Para sacárselo me tengo que convertir en lo que él es., pelear con sus armas, con sus métodos, ser una mierda. Pero cuando lo raje vuelvo a ser el que era. Un político honesto, sano. Y transformo la mierda en dulce de leche. ¿Y si la mierda no quiere? ¿Si la mierda solo se puede conducir siendo una mierda? Bueno, entonces será así. No habrá más remedio. Es la política. Es el país. Es el precio del poder: ser una mierda para conquistarlo, para retenerlo y para usarlo. 

– Te hago una apuesta. 
– Dale. 
– Hace muchos años que lo conozco a Néstor. Si él pensara que le va a pasar eso, no va a por Duhalde. 
– Deja que Duhalde lo tire? 
– No, pero inventa otra. 
– ¿Hay otra? 
– Buen pregunta. No hay otra. 
– ¿Entonces? 
– Confía en Néstor. Va a conducir a la mierda. Va a seguir siendo el mismo tipo de siempre. Y de a poco, no en seguida, eh, de a poco, digo, el dulce de leche le va a ir ganando a la mierda. 

Nos damos un gran abrazo. Después, se aparta y vuelve a mirarme. Lo dije, tiene una sonrisa de buen tipo como pocos. Me llevó del brazo – como si me cuidara – hasta la salida. Ahí me esperaba un automóvil. Le dice al chofer: 

– Llevelo al licenciado… – Me mira, – ¿A dónde vas? 
– A canal 7 
– ¿A qué? 
– ¿Qué te importa? ¿Sos de la SIDE vos? 

Nos damos otro abrazo. El chofer – su voz me llega desde adentro – dice: 

– Venga adelante Licenciado, por favor. 

Entro en el auto. El hombre parece mudo. Ni una palabra durante todo el trayecto. De gusto, le hecho una mirada. Es un morochazo engordado pero sólido, con el bigote negro como el día de la mañana de un condenado a muerte y cara de duro, de tipo para tareas peliagudas, pesadas. Pienso – no puedo evitar hacerlo – que durante la dictadura, si alguien me hubiera venido a buscar, habría sido uno así, calcado. Ahora me lleva a canal 7, pero no me dirige la palabra. "

Agencia Paco Urondo - 19 de abril de 2011

 

Del libro "El Flaco": la respuesta de Feinmann a Néstor K.

Capital Federal (Agencia Paco Urondo)  Hace unas semanas, La Paco Urondo publicó el mail que Néstor Kirchner le enviara en 2006 al filósofo José Pablo Feinmann cuestionando su falta de compromiso. Ahora, compartimos la respuesta del intelectual. Ambos textos integran el libro "El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner" (J. P. Feinmann, Editorial Planeta), recientemente editado.

"Estimado Néstor:

Creo que la mayoría de tus señalamientos se basan en la nota deVeintitrés. Pongamos que es cierto algo que decís: a veces soy brillante, a veces soy opaco; como todos, supongo. Pongamos, entonces, que estuve opaco en esa nota. Pero aclaremos cómo fue hecha: se levantó de un programa de televisión al que concurrí (el de Zloto y Tenembaum). Luego me llamó este último y me dijo que Veintitrés quería publicarlo y que publicarían también mi nota sobre Elsa Oesterheld en el palco del 25. No bien vi ese material tomé una decisión definitiva: jamás voy a aceptar otra vez una nota en un semanario argentino. Tampoco en radio. Ni televisión. Nada. Nada -al menos- de notas políticas. Ellos, siempre, presentan el material de un modo en que te hacen decir lo que ellos quieren. (NOTA: Esto no fue así. Continué aceptando notas. Pero cada vez hubo y hay menos lugares confiables donde hacerlas. Además, al contar con un diario no tengo gran necesidad de notas.)

Yo no soy un individualista. Soy -con algunos otros; con Osvaldo Bayer, sin duda- el más comprometido y jugado de los intelectuales de este país. La mayoría son cobardes que cuidan sus becas del Conicet o ganan la Gugenheim. Asumo, desde siempre, la figura del intelectual sartreano. Estoy, además, encuadrado. Pertenezco a los cuadros periodísticos dePágina/12. Y me honra que eso sea así. Escribo en Página desde hace dieciséis años. Tuve muchas ofertas para emigrar a órganos de la derecha. A La Nación, desde luego, o a Clarín. Tipos como Tomás Eloy Martínez se fueron de Página a La Nación. Yo no pienso moverme de Páginamientras el diario exista. El mismo día de tu carta cenaba con Hugo Soriani. Sólo a él le comenté la cuestión para no sentirme tan sólo y porque confío en su juicio político y humano.

A veces me invitan a dar una conferencia para gente de La Nación (diario que compro y casi no tolero leer: no leo, por ejemplo, esa basura de “la foto que habla”) y voy y vienen a escucharme quinientas personas y doscientas se quedan afuera. Y modera Nelson Castro. Y yo les digo que creo en tu gobierno. Ahora bien, si ahí yo me convierto en un defensor total de tu gestión… no me creen. Me dicen “kirchnerista”. Entonces hago lo siguiente: le pido a tu gestión lo que ellos jamás te pedirían: distribución del ingreso, plan nacional de alfabetización, lucha frontal contra el hambre. Lo mismo hago en mis notas. Querido Néstor: yo no puedo escribir para el público de Página solamente: esos lectores ya están convencidos. Tengo que volverme “creíble” para que la derecha me escuche. Esto lo logro de dos modos: o por prestigio o por exhibir mi independencia de criterio. Aquí, conjeturo, es donde se producen algunas asperezas con vos. Pero si yo soy visualizado como un “kirchnerista”, pierdo credibilidad. No sirvo para nada. No “te” sirvo para nada. A veces tengo que criticarte para meter lo esencial que quiero decir. Que siempre es a favor tuyo. De tu gobierno. Si esta metodología es equivocada la voy a revisar, pero es la misma que utiliza Página que, como yo, pierde credibilidad cuando los tantos cretinos que hay en esta tierra la llaman el Boletín Oficial.

Mi nota sobre Elsa Oesterheld fue una exaltación de tu palco. La nota decía (aunque no lo haya dicho textualmente): “Vean, este Presidente dijo su discurso con El Eternauta en el palco”. Cosa que -luego, en otros contextos- dije ampliamente. ¿Por qué te basás sólo en la nota manipulada de Veintitrés? Para la apertura de la Feria del Libro, por ejemplo, Elvio Vitali, de parte del querido Carlos Zanini, me pidió una parte del discurso: la de la relación del Presidente con los intelectuales. Y yo la escribí. ¿La habría escrito si no te apoyara? ¿Escribiría yo un discurso para cualquier político argentino que no fueras vos? ¡Qué lástima que no me oíste la noche del lunes en el programa de nuestra común amiga Hebe! Prepárese, querido Presidente: con Hebe tenemos planeado pedirte una audiencia para peticionar por la intensificación de la lucha contra el hambre. En serio, eso arreglamos en el programa de ella. Haber hecho de Hebe lo que Hebe es hoy no es el menor de tus méritos.

En cuanto a que sea el pueblo de la Provincia de Buenos Aires el que venció a Duhalde me gustaría hablarlo personalmente. Ante todo, porque me encantaría tomar un café con vos.

Me conmovió que me dijeras que tengo “miedo”. Qué se yo, puede ser. Porque siempre me cuestiono por qué Pepe y Horacio González agarraron cargos y yo me escabullí por la tangente. Les admiro ese riesgo. A mí me ofrecieron la Biblioteca antes que a Horacio y dije que no. Ocurre algo sencillo: ése es mi estilo de vida. No puedo vivir sin escribir. Pero no me escondo en la Torre de Marfil. Acaso -insisto en esto- tenga que revisar algunas estrategias que uso para referirme a tu Gobierno. Pero sólo eso. El día veinticinco -al verla a Elsa en el Palco- estuve feliz y estuve orgulloso de mi presidente. Y sé que vas a meterte con todo en la distribución y en la lucha contra el hambre. “Con todo” significa más allá de lo tolerable para los poderosos. Ese día la derecha va a apretar tanto que lo de ahora va a parecer cosa de niños. Yo te aseguro que en esa encrucijada (con mis compañeros de Página, con Hebe y espero que con muchos más) voy a estar claramente de tu lado.

Con el cariño y la amistad de siempre,

José Pablo Feinmann"

 

Fuente: Agencia Paco Urondo

Tiempo Argentino - 2 de abril de 2011

Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner

 

Perfil desconocido de un presidente que cambió la historia argentina Publicado en TIEMPO ARGENTINO el 2 de Abril de 2011 

Fragmento del Capítulo VII: “Voy a tener que hacer cosas que no te van a gustar”
del libro de Feinmann 

El autor y Kirchner entablaron una relación de respeto y admiración mutua. Este libro testimonia ese intercambio que tuvo como escenarios la Casa Rosada y la Quinta de Olivos, y muestra el costado que nadie ve de un gran político.


No recuerdo dónde fue. No fue en la sala de gabinete. Era un despacho. O el suyo o el de Alberto Fernández, que estaban pegados. Esta vez estaba por poco tiempo. 

Néstor Kirchner : –¿Podés ir armando un grupo de intelectuales?Pensaba proponerle esa idea. Para mí era un alivio. Juntar cinco, seis tipos de la cultura, sólidos, piolas, y decirles que teníamos un Presidente que se interesaba por escuchar a los intelectuales. 

José Feinmann :–Claro. 

N.K. : –Qué hacemos con la deuda? 

J.F.: –¿Qué deuda? No hay deuda. La deuda la tienen ellos con nosotros. Les dieron la guita a los militares. Con esa guita fabricaron metralletas, pistolas y picanas. Son cómplices. Tendríamos que pedir que los metieran presos por violación a los derechos humanos. Yo respondería así. Con algo fuerte, inesperado. 

N.K.: –Inesperado es. Fuerte también. Posible, no sé. 

J.F.: –Tengo más argumentos. Pero dijiste que estabas apurado. Largó una sonora risa. 

N.K.: –No, pará. Para escuchar a un loco siempre tengo tiempo. 

J.F.: –No es ninguna locura. Cuando asumió la dictadura de Videla, la “deuda” era de 7.800 millones de dólares. Cuando asumió Alfonsín llegaba a 43.600. En síntesis, el Fondo Monetario y los otros “organismos financieros internacionales” le entregaron a la Junta argentina la obscena suma de 35.800 millones de dólares. (Nota: La Junta Militar Argentina figura ya entre los genocidios del siglo XX. Nada menos que Primo Levi en Los hundidos y los salvados, la califica como “imitadora” de Auschwitz.) ¡A casi menos de 24 horas de instalada la Junta el Fondo ya le había dado un crédito stand by de 300 millones! 

N.K.: –Me estás diciendo cosas que sé. Decime lo que no sé. Qué proponés. Pero en serio, eh. Locuras no. 

J.F.: –Lo siento. Sólo tengo locuras para decirte. Si no querés ser un títere, si querés hacer historia, vas a tener que hacer muchas locuras. 

N.K.: –Mirá, andá, juntame cuatro o cinco intelectuales más. Porque con vos me voy a la mierda. 

J.F.: –Para, pará, dame un minuto más. Hay que hacer una detallada lista de todos aquellos que entregaron esos 35.800 millones de dólares para la masacre de un pueblo. Son cómplices de esa masacre. ¿No sabían a quiénes les prestaban esa guita? Hay que juzgarlos con el mismo rigor con que se juzga a los asesinos. O sea, no sólo por pagar esos 35.800 millones y sus podridos intereses, sino ir más allá, pasar a la ofensiva. Estamos empeñados en globalizar la Justicia. Es un signo de los tiempos. Así, desde la Argentina, un nuevo Presidente, el Presidente inesperado como te llaman, un Presidente que tiene pelotas, sostiene que tanto violaron los derechos humanos los torturadores de la ESMA como los financistas que dieron el dinero para fortalecer el poder militar. ¿Cómo se atreven a reclamarnos esa “deuda”? Así, a los gritos, indignado, se los decís. Son ustedes los que nos deben a nosotros. Pero no dinero. Algo mucho más grave. Nos deben la explicación de su aberrante complicidad. ¿Ignoraban la masacre argentina? ¿Qué clase de malnacidos fueron quienes dejaron caer alegremente en manos de los verdugos argentinos nada menos que 35.800 millones de dólares? A esos, nada. El Juez Garzón podría ayudar. También los organismos de derechos humanos de nuestro país. Por supuesto. Causa nacional: prisión para los cómplices de la dictadura. 

N.K.: –Decime, pirado, ¿vos sabés quiénes fueron los cómplices de la dictadura? 

J.F.: –Kissinger. 

N.K. –Kissinger no dio guita. 

J.F.: –No importa, los chilenos hace rato que lo corren por todos lados. Escuchame, pero escuchame bien por favor: a principios de esta década los chilenos lo llevaron a juicio a Kissinger por el asesinato de Allende y la masacre del pueblo chileno. Eligieron un 11 de septiembre, por la fecha del golpe. 

N.K.: –Sí, y Kissinger tuvo un pedo único. Era el 11 de septiembre de 2001. Llegaba al Juzgado y se le caían las Torres. Todo el periodismo, en lugar de interrogarlo por el Juicio, le fue a pedir su opinión sobre las Torres. Después Bush lo quiso poner al frente de la investigación. ¿No ves lo que son esos tipos? Son intocables. 

J.F.: –Pero, ¡tuvo suerte nada más! Lo ayudó la Historia o Dios que juegan con la camiseta de ellos. Si no, iba en cana. N.K.: –¿Y a quién querés que le diga a Garzón que meta en cana? 

J.F.: –Dejalo decidir a él. Pero si lo pone a Rockefeller. O a la capo del Chase Manhattan Bank.Me agarró de un brazo. 

N.K.: –Vení, José, picátelas. Tás más loco que yo hoy. 

J.F.: –Si yo estuviera en tu lugar… 

N.K.: –No durás dos días. ¡Ah, me olvidaba! Estoy leyendo una novela tuya. 

J.F.: –¿En serio? Qué honor. 

N.K.: –En mi familia te leen. Mis hijos te leen. Vení, poneme algo aquí. No sé qué le puse. No lo recuerdo para nada. Todavía estaba muy excitado con el asunto de la deuda externa. El libro acababa de salir. Está entre mis más queridas novelas: La crítica de las armas. Nos despedimos. Y ahí, en esa despedida de un martes cualquiera, inesperadamente, apareció el Néstor Kirchner más querible. Me puso una mano en el hombro. Sonrió. Se tomó su tiempo. 

N.K.: –Mirá que sos loco, eh. 
–Volvió a sonreír-. 

N.K. :– Pero…gracias. Me hiciste pasar un buen rato. 

J.F. : –¿Qué, te divertiste? 
Ahora largó una risa franca, fresca. 

N.K.: –No, no, no…Tranquilo. Es otra cosa. Bueno, sí. Un poco divertido estuvo. Aunque, creeme, insisto: es otra cosa. Asomó algo entre lo que dijiste. Me hizo acordar a los tiempos de la Jotapé. Al Hospital de Niños en el Sheraton Hotel, por ejemplo. ¿Lo imposible, no? Pero las ganas de hacerlo. ¿Me entendés? 

J.F.: –La consigna del Hospital de Niños en el Sheraton es la más hermosa de todas las consignas de la Jotapé. No plantea nada violento. Quiere el Sheraton para los pibes. Es un sueño imposible. Una consigna que pide lo que nunca va a ser posible. Pero igual lo pide. Aunque sea un sueño. 

N.K.: –¿Con qué poder se iba a tomar el Sheraton? 

J.F.: –Quedate tranquilo. Nunca te voy a pedir el Sheraton. Pero si estuve a punto de pedírtelo o alguna de las cosas que te dije te hizo recordar esa consigna, la culpa es tuya. Porque, aquí, el que está loco sos vos. –Lo miré con gran seriedad. Advertí que estaba usando una palabra fuerte. Y que (algo que Néstor tenía la virtud de hacerme olvidar) él era el Presidente. Pero no había otra palabra–. Todo lo que me dijiste desde nuestra primera conversación no es normal. Que pierdas el tiempo hablando conmigo, menos. 

N.K.: –No te creo, vos pensás que pierdo el tiempo hablando con vos. Pensás que eso es lo que me hace un gran Presidente. 

J.F.: –Puede ser. Pero la vanidad no me ciega. Sí, eso es lo que te hace un gran Presidente… –Aquí los dos nos largamos a reír. 

J.F.: – Pero un gran Presidente siempre tiene que estar loco. Un poco o bastante. Porque hace lo inesperado, lo que no está escrito en ninguna parte, lo que va a molestar al poder y a las buenas costumbres. Si hasta ya están furiosos porque no te cerrás el saco y usás mocasines. 

N.K.: –Vamos a tratar de molestarlos un poco más, ¿no? Porque si me quedo con lo del saco y los mocasines por ahí implanto una moda, un estilo de vestir desgarbado, con aspiraciones juveniles y hasta algo rebeldes. Pero no paso de ahí. Pienso ir más lejos. 

J.F.: –¿Cuánto? 

N.K.: –Meterles el dedo en el culo. 

J.F.: –¿Ves? Estás loco. Claro que te va a sacar con los pies para adelante. Sólo un loco quiere meterle un dedo en el culo al Poder en la Argentina. Con una clase dominante de asesinos. 
Se quedó callado. Era notable lo que estaba sucediendo: ya nos despedíamos y la conversación recién empezaba. También era así Kirchner: nunca sabías cuándo te ibas. “A mí me gusta mucho esto”, dirá en una cena en Olivos. La política lo volaba a las estrellas, por decirlo de forma un poco pelotuda. Pero, sin embargo, cierta, verdadera. Si “las estrellas” es una expresión transitada y, de tan transitada, kitsch, busquemos otra. Digamos: la política –el simple pero fascinante hecho de hablar sobre política– lo escamoteaba del tiempo real. Eso que suele decirse tan habitualmente: perdió el sentido de la realidad. Aunque esto no expresa lo que quiero decir. De la realidad no se iba nunca. Se iba del tiempo real. Empezaba a hablar de política y entraba en otra temporalidad. Uno no podía atisbar qué duración tendría el diálogo. Él se había ido y había que acompañarlo. Si no, ¿cómo entenderlo, cómo hacerse entender por él? Volver, no se sabía cuándo. Pero –a medida que uno lo conocía– descubría algo: valía la pena acompañarlo en esos viajes. N.K.: –¿Quiénes hicieron eso? –pregunta. 

J.F.: –Qué. 

N.K.: –Eso: meterles el dedo en el culo. 

J.F.: –Tenemos que repasar la historia argentina. 

N.K.: –¿Tenés apuro? J.F.: –Estaba por irme. 

N.K.: –No, vení, dejá, no me jodas. Contestame eso. 

J.F.: –Los caudillos federales en el año 20. Ataron sus cabalgaduras en la Pirámide de Mayo. A eso, nuestros maravillosos libros de historia le dicen: la anarquía del año 20. 

N.K.: –El otro fue Rosas. ¿Por qué se quedó a medias Rosas? 

J.F.: –No, en serio: me estás cargando. Tenemos que hablar tres horas para empezar a contestar eso. 

N.K.: –Vení, sentate. 
Nos sentamos de nuevo. 

N.K.: –Pero Rosas los jodió, eh –dice como satisfecho– . Con ese les fue mal. Se habrá quedado a medias. No hizo el país que podría haber hecho. Pero, mirá: el Poder, en este país tiene una puntería con su odio que no falla nunca. Fue una frase inolvidable. Tuve ganas de copiar su estilo y decirle: “Anotala”. Pero era claro que la sabía de memoria. Que se la tenía bien estudiada. Que la había pensado muchas, demasiadas veces. Que había ido a fondo con esa idea. No le había brotado ahora, así, casualmente. No había surgido “al calor de la conversación”. Era suya. Se la había conquistado a fuerza de trabajarla. 

J.F.: –Por eso conserva lo que tiene y conquista lo que le falta –dije–. Sabe elegir a sus verdaderos enemigos. Sabe con quiénes aliarse. A veces hasta debe descubrirlo, no desde la inteligencia, sino desde la sensibilidad. ¿Por qué no odiamos al POIP? Supongamos que se pregunta eso. 

N.K.: –Qué es el POIP. 

J.F.: –Partido Obrero de la Izquierda Peligrosa. 
Se ríe con ganas. (...) 

Fragmentos del capítulo VII del libro de José Pablo Feinmann "El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner".

 

Fuente: Tiempo Argentino

 

Lunes, 18 Julio 2011 15:34

El Flaco la rompe en la feria

Redacción Rosario - 24 de abril de 2011

 

El Flaco la rompe en la feria

El escrito de José Pablo Feinmann sobre Néstor Kirchner intitulado El Flaco y que reúne los diálogos entre el difunto ex presidente y el filósofo, escritor y guionista, fue lo más vendido en el arranque de la Feria del Libro. 

Feinmann reunió una serie de charlas con el ex presidente Néstor Kirchner, las hiló con maestría y las reprodujo en un libro que presentó en la gran feria, donde arrasó desde el arranque, destiñendo los colores ya por demás opacos de una inauguración tan mediática como aburrida dada la callosa intervención del bergantín neoliberal del peruano Mario, y salpicándola merecidamente, con un poco de vivos tintes populares.

Feinmann y sus diálogos irreverentes con Néstor Kirchner, publicados por la editorial Planeta, fueron la verdadera vedette del inicio de la feria. El mismo José Pablo se sorprendió de que la revista cultural del Clarín, Ñ, admitiera que el suyo era el libro más vendido y estuviera a la cabeza del ranking.

"Clarín en Ñ me puso en el primer puesto", destacó el escritor. "El libro no es fácil, pero hay muchas páginas dialogadas de las charlas que tuve con Néstor”, explicó al iniciar una entrevista radial con Víctor Hugo Morales.

Feinmann señaló que “a partir de 2003 hasta 2005 tuve muchos diálogos y muy largos y a fondo en cuanto a politología” con Néstor Kirchner. Consultado sobre la parte donde el libro trata de su apartamiento del ex presidente, Feinman dijo que de algún modo su libro es “la historia de una separación”. “La parte en la que hablo del distanciamiento nuestro es en realidad una relectura sobre «las manos sucias» de las que hablaba Jean-Paul Sartre en la cual el intelectual y el político se dan cuenta de que transitan distintos caminos”, explicó.

“Yo le dije «salí del peronismo, formá una nueva fuerza con los votantes de centroizquierda –continuó Feinmann–. Cuando le saques el aparato del pejotismo a Duhalde, Duhalde vas a ser vos», le dije. Y cuando me referí a su convocatoria de Barrionuevo, él me mandó un mail brillante sobre nuestras disidencias, que son un poco las típicas del intelectual, que reflexiona desde un cierto purismo, y el político, que, para gobernar, debe hundir las manos en el barro", recordó el novelista.

"Cuando el político dice que no puede gobernar inocentemente, el intelectual debe estar cerca de él para decirle cuándo ese no gobernar inocentemente lo va convirtiendo en lo que el político no quería ser", reflexionó. Asimismo, consideró que el golpe contra Arturo Illia se dio porque "luego de que asumió, se fue haciendo evidente que un demócrata como él tenía intenciones de legalizar paulatinamente al peronismo".

El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner, reproduce en uno de los capítulos un intercambio de correos electrónicos sucedido en 2006, antes de que ambos se distanciaran y que Redaccion Rosario reproduce a continuación:

E-mail de Néstor Kirchner a José Pablo Feinmann

Estimado José Pablo:

Hay veces que me decepcionás y otras que no. Los dos tenés una historia anterior. Cada uno de nosotros sabe cuál es.

Cuando decís que no hemos resuelto la exclusión social sos injusto y cómodo a la vez.

Hemos bajado casi 30 puntos la pobreza, hemos llevado la indigencia a menos de la mitad, y la desocupación ha bajado entre 12 y 14 puntos. Se redujo considerablemente la mortalidad infantil y la deserción escolar.

Triplicamos la jubilación dando ocho aumentos y, por primera vez después de catorce años, otorgamos una suba general para todos los jubilados. Así achicamos la brecha entre los más ricos y los más pobres.

Aumentó el ingreso per cápita y el salario mínimo, vital y móvil se triplicó luego de diez años de estar estancado en la misma cifra.

Hacía cien años que Argentina no tenía una expansión de su economía como la que está viviendo.

No sé si pensar que tus declaraciones son el producto de una noche de insomnio o es esa tendencia de algunos que se dibujan intelectuales y se creen superiores, diferentes a los demás y hasta más inteligentes que el común de los mortales. Pero, y disculpame que recurra a una frase peronista, la única verdad es la realidad.

En tus opiniones también menospreciás la victoria del pueblo de la provincia de Buenos Aires sobre el aparato duhaldista y confundís el voto popular con movimientos de aparatos.

Cuando te quejás de la CGT no podés reconocer que, nos guste o no, son ellos los que hoy representan a los trabajadores.

También caés en el reduccionismo político de equiparar a la CGT con Barrionuevo. Sería como equiparar a los empresarios con Martínez de Hoz.

Dentro del marco de esa realidad que nos toca vivir es que conseguimos una quita histórica de la deuda externa y cancelamos toda nuestra deuda con el Fondo, a pesar de lo cual, seguimos acumulando reservas. Esto, además, nos ha dado un nuevo marco de relacionamiento internacional y de autonomía en las decisiones.

José Pablo, yo no soy Mandrake el Mago. Soy apenas un ser humano que asumió la presidencia de la Nación con el menor porcentaje de votos de la historia argentina, 22 por ciento, y en el momento más difícil de nuestra historia reciente.

Acierto y me equivoco como cualquier ser humano. Vos sos una buena persona. No te voy a quitar méritos. A veces sos un intelectual brillante y otras veces opaco. Pero no olvides que también fuiste un militante político y como tal merecés un análisis más profundo y piadoso, pero siempre con los pies en la tierra.

Ser intelectual no significa mostrarse diferente, tal como ser valiente no implica mirar a los demás desde la cima de la montaña.

Mi compromiso es el de siempre: gobernar, trabajar y administrar. Creo firmemente en mis convicciones y trato de llevarlas adelante con todas mis fuerzas, en el marco de la realidad que nos toca vivir. Los problemas de los argentinos no se resuelven a vendavales, sino gestionando todos los días.

Por eso creo que vos y yo no pensamos tan diferente, sino que tenés miedo. Miedo de que te confundan, porque creés que la individualidad te va a preservar. Pero no te olvides que pertenecemos a una generación que siempre creyó en las construcciones colectivas. La individualidad te pondrá en el firmamento pero sólo la construcción colectiva nos reivindicará frente a la historia. Al fin y al cabo todos somos pasantes de la historia.

Por último, quiero decirte que no hay nada más lindo que comerse unos fideos con la vieja el domingo y por la tarde gritar un gol de Racing, por lo menos, para este humilde argentino.

Atentamente,

Néstor Kirchner

Respuesta de Feinmann

Estimado Néstor:

Creo que la mayoría de tus señalamientos se basan en la nota de Veintitrés. Pongamos que es cierto algo que decís: a veces soy brillante, a veces soy opaco; como todos, supongo. Pongamos, entonces, que estuve opaco en esa nota. Pero aclaremos cómo fue hecha: se levantó de un programa de televisión al que concurrí (el de Zloto y Tenembaum). Luego me llamó este último y me dijo que Veintitrés quería publicarlo y que publicarían también mi nota sobre Elsa Oesterheld en el palco del 25. No bien vi ese material tomé una decisión definitiva: jamás voy a aceptar otra vez una nota en un semanario argentino. Tampoco en radio. Ni televisión. Nada. Nada -al menos- de notas políticas. Ellos, siempre, presentan el material de un modo en que te hacen decir lo que ellos quieren. (NOTA: Esto no fue así. Continué aceptando notas. Pero cada vez hubo y hay menos lugares confiables donde hacerlas. Además, al contar con un diario no tengo gran necesidad de notas.)

Yo no soy un individualista. Soy –con algunos otros; con Osvaldo Bayer, sin duda– el más comprometido y jugado de los intelectuales de este país. La mayoría son cobardes que cuidan sus becas del Conicet o ganan la Gugenheim. Asumo, desde siempre, la figura del intelectual sartreano. Estoy, además, encuadrado. Pertenezco a los cuadros periodísticos de Página/12. Y me honra que eso sea así. Escribo en Página desde hace dieciséis años. Tuve muchas ofertas para emigrar a órganos de la derecha. A La Nación, desde luego, o a Clarín. Tipos como Tomás Eloy Martínez se fueron de Página a La Nación. Yo no pienso moverme de Página mientras el diario exista. El mismo día de tu carta cenaba con Hugo Soriani. Sólo a él le comenté la cuestión para no sentirme tan sólo y porque confío en su juicio político y humano.

A veces me invitan a dar una conferencia para gente de La Nación (diario que compro y casi no tolero leer: no leo, por ejemplo, esa basura de “la foto que habla”) y voy y vienen a escucharme quinientas personas y doscientas se quedan afuera. Y modera Nelson Castro. Y yo les digo que creo en tu gobierno. Ahora bien, si ahí yo me convierto en un defensor total de tu gestión… no me creen. Me dicen “kirchnerista”. Entonces hago lo siguiente: le pido a tu gestión lo que ellos jamás te pedirían: distribución del ingreso, plan nacional de alfabetización, lucha frontal contra el hambre. Lo mismo hago en mis notas. Querido Néstor: yo no puedo escribir para el público de Página solamente: esos lectores ya están convencidos. Tengo que volverme “creíble” para que la derecha me escuche. Esto lo logro de dos modos: o por prestigio o por exhibir mi independencia de criterio. Aquí, conjeturo, es donde se producen algunas asperezas con vos. Pero si yo soy visualizado como un “kirchnerista”, pierdo credibilidad. No sirvo para nada. No “te” sirvo para nada. A veces tengo que criticarte para meter lo esencial que quiero decir. Que siempre es a favor tuyo. De tu gobierno. Si esta metodología es equivocada la voy a revisar, pero es la misma que utiliza Página que, como yo, pierde credibilidad cuando los tantos cretinos que hay en esta tierra la llaman el Boletín Oficial.

Mi nota sobre Elsa Oesterheld fue una exaltación de tu palco. La nota decía (aunque no lo haya dicho textualmente): “Vean, este Presidente dijo su discurso con El Eternauta en el palco”. Cosa que –luego, en otros contextos– dije ampliamente. ¿Por qué te basás sólo en la nota manipulada de Veintitrés? Para la apertura de la Feria del Libro, por ejemplo, Elvio Vitali, de parte del querido Carlos Zanini, me pidió una parte del discurso: la de la relación del Presidente con los intelectuales. Y yo la escribí. ¿La habría escrito si no te apoyara? ¿Escribiría yo un discurso para cualquier político argentino que no fueras vos? ¡Qué lástima que no me oíste la noche del lunes en el programa de nuestra común amiga Hebe! Prepárese, querido Presidente: con Hebe tenemos planeado pedirte una audiencia para peticionar por la intensificación de la lucha contra el hambre. En serio, eso arreglamos en el programa de ella. Haber hecho de Hebe lo que Hebe es hoy no es el menor de tus méritos.

En cuanto a que sea el pueblo de la Provincia de Buenos Aires el que venció a Duhalde me gustaría hablarlo personalmente. Ante todo, porque me encantaría tomar un café con vos.

Me conmovió que me dijeras que tengo “miedo”. Qué se yo, puede ser. Porque siempre me cuestiono por qué Pepe y Horacio González agarraron cargos y yo me escabullí por la tangente. Les admiro ese riesgo. A mí me ofrecieron la Biblioteca antes que a Horacio y dije que no. Ocurre algo sencillo: ése es mi estilo de vida. No puedo vivir sin escribir. Pero no me escondo en la Torre de Marfil. Acaso –insisto en esto– tenga que revisar algunas estrategias que uso para referirme a tu Gobierno. Pero sólo eso. El día veinticinco –al verla a Elsa en el Palco– estuve feliz y estuve orgulloso de mi presidente. Y sé que vas a meterte con todo en la distribución y en la lucha contra el hambre. “Con todo” significa más allá de lo tolerable para los poderosos. Ese día la derecha va a apretar tanto que lo de ahora va a parecer cosa de niños. Yo te aseguro que en esa encrucijada (con mis compañeros de Página, con Hebe y espero que con muchos más) voy a estar claramente de tu lado.

Con el cariño y la amistad de siempre,

José Pablo Feinmann

 

Fuente: Redacción Rosario

El Pais - 16 de mayo de 2011

 

José Pablo Feinmann, autor de El Flaco, analiza la naturaleza política del kirchnerismo

Acaba de editar El Flaco, el libro que refleja los “diálogos irreverentes” que mantuvo con Néstor Kirchner durante los años iniciales del kirchnerismo. En esta entrevista el filósofo y novelista José Pablo Feinmann habla sobre los nudos temáticos de esos encuentros, pero también sobre los contornos del kirchnerismo como movimiento político y de los desafíos por venir. “Si hablase con Cristina, le diría ‘dale, que vas muy bien’”, señala en un momento de la entrevista.

Inmediatamente después de la muerte de Néstor Kirchner se puso en duda la capacidad de Cristina; luego se dijo que no podría suplantar a Néstor en términos de armado político. Ambas cuestiones, hoy, parecen haberse desvanecido como argumento.
De pronto empezaron a elogiar a Néstor, ¿no? Para aniquilar a Cristina, claro. “Con Néstor sí podía gobernar; pero sin Néstor, no”. Eso duró muy poco porque Cristina les demostró que es más inteligente y más agresiva políticamente que Néstor. Y Cristina, por supuesto, habla mucho mejor de lo que hablaba Néstor y razona mejor que lo que razonaba él. Eso es evidente. Pero no sólo que Néstor, sino que la mayoría de los tipos que hablan en este país. Y eso es lo que irrita. Por eso, en las peluquerías es donde peor se habla de Cristina. El espectáculo de escuchar a una mujer inteligente, que habla con la brillantez con la que habla ella, es intolerable para mucha gente. La inteligencia, el talento, son cosas que no se toleran.
¿Considera que se podría reeditar con ella un diálogo como el que tuvo con Kirchner?
No. No sé por qué, pero no. Ponelo y anotalo grande. Desde que Cristina asumió ni un café tomé con ella. Su mamá, una mujer muy agradable, me llamó porque leía mis fascículos sobre el peronismo en Página/12 y cenamos juntos. Fue Miguel Rep, incluso, que dibujaba esos fascículos. Pero con Cristina, niente. No sé por qué.
Supongo que, en un eventual diálogo con ella, tendría otras tantas observaciones, otros tantos intercambios de ideas. ¿Sobre qué le advertiría?
La verdad, le diría “dale Cristina que vas muy bien”. ¿Qué otra cosa le puedo decir? La tiene a Nilda Garré, que es un tanque, a Mercedes Marcó del Pont, que es una economista excepcional, a Juan Manuel Abal Medina y un equipo de gente joven ligada a la buena militancia de los setenta, que si se compara con los tarados que hay enfrente… A Nilda la conozco de los setenta, pero creo que se duplicó su energía, su coraje. En Página la comparé con Esteban Righi, entre otras cosas, para reivindicarlo a él también, a partir de ese discurso notable del que se rieron tanto y que Nilda está poniendo en práctica.
¿Qué va camino a ser el kirchnerismo? Usted lo pensaba como instancia superadora del peronismo. ¿Qué posibilidades podría o tendría que explorar hoy en términos de construcción política, de agenda y de horizonte de sentido? 
Lo de siempre: tratar de hacer política al margen del aparato. Pero lo que pasa es que la oposición mediática que tiene es de una agresividad, de un odio insultante muy grande, que no deja margen para nada. Es una oposición muy incapaz, también. Ahora va a aparecer un libro de Martín Caparrós, un escritor, y será un odio un poco más elaborado… (risas)
Y otro de Beatriz Sarlo.
Habrá que leerlos. Del libro de Caparrós leí un adelanto y está lleno de odio. Muy feo. Acusa a las formaciones juveniles que están surgiendo de ser empresarios… Qué poco que piensan. El odio los ciega. Lo mismo que a Pino Solanas.
Tanto Caparrós como Solanas no son personalidades que vienen de la derecha, precisamente. 
Me sorprendí mucho cuando leí el texto. Creí que Martín iba a estar en esto críticamente, con libertad, pero no que iba a escribir lo que escribe. No sé lo que quiere. Así va a seguir el camino de Jorge Lanata… Uh, se me escapó. Es la primera vez que nombro a Lanata en muchos años. Me prometí no hacerlo.
¿Y Pino?
Ese sí que es un egomaníaco. Es la ambición. Pino quiere ser Napoleón y no le da. Es el complejo napoleónico de Pino.
Beatriz Sarlo decía, en estos días, que el kirchnerismo había ganado una batalla cultural y simbólica sobre la base de audacia y cálculo. Hablaba de la potencia imaginaria que había logrado y de la construcción del mito Kirchner. Es una aceptación, una actitud de diálogo.
A Beatriz le están diciendo el “puente”, en estos momentos.
¿Cómo es eso?
Es el puente entre La Nación y el establishment con Cristina. Y eso se lo escuché a tipos muy serios, eh.
¿Lo sería de hecho o es una gran metáfora?
Quienes lo dicen, sostienen que es de hecho, pero lo dicen con una gran crítica. La gran crítica es: Beatriz va a ser el puente y el Gobierno se va a amigar con la derecha. Es posible que le hayan dicho: “Doña Sarlo, haga un buen puente con el kirchnerismo”. La crítica viene de la izquierda, de tipos muy lúcidos. Según esa versión sería para crear una Argentina burguesa, consolidada, con una JP descafeinada. Concepto peligrosísimo para mí. ¿Qué sería una JP descafeinada?
¿Lo cree posible?
Cristina va a profundizar lo que está haciendo.
Ya que habló de la JP, quería preguntarle si los jóvenes y la militancia fue tema de diálogo con Néstor.
En sí, la temática es posterior. Pero, sí, hablamos de la militancia. Le decía que era el único que podía levantar a la militancia de 2001-2002. Esa militancia había sido rizomática, le decía, en los términos de Gilles Deleuze. Lo rizomático no funciona. Deleuze se equivocó. Siempre hace falta un esquema arborescente, un líder que conduzca a lo rizomático. Las bases también tienen que conducir al líder, vigilándolo, votándolo, renovándolo. Le decía: “vos podés ser la cabeza de todo eso”. ¿Qué significaba eso? Formar cuadros, que los mejores intelectuales argentinos le dieran clases de conducción y formación política a la militancia juvenil. Se lo dije mucho, pero no me dio bola. Para él, en ese momento, era más importante lo mediático y la conducción del aparato.
Aun así, con los años y con los contratiempos, se fue generando una masa crítica con jóvenes militantes.
Pero Kirchner no la empujó mucho. Cuando él murió, surgió con mucha más potencia y se visibiliza lo que ya había. Ahora Cristina está motorizando mucho más todo eso. Y Juan Manuel, también. Y Máximo, el hijo de Néstor. Hay que esperar a Máximo.
¿Lo ve con uñas de guitarrero?
Sí. Hijo ‘e tigre…
Siempre tuve la sensación de que el kirchnerismo había sido más virtuoso en sus momentos de mayor debilidad. Esto es, durante sus años iniciales, cuando nacía con apenas un 22 por ciento de votos, y luego de la derrota de la 125. ¿Es un riesgo esta sensación de triunfo inevitable?
Los aires de triunfalismo son siempre peligrosos. Hay que tener en cuenta que hay sectores que, directamente, manejan la inflación, por ejemplo. Y la inflación es una de las formas de deteriorar a este gobierno, para debilitarlo. Están atacando por ahí. Así que nada de triunfalismo. Algo habrá que hacer con eso. No sé si recuperar las viejas ferias o aceitar los controles para evitar el agio y especulación. No lo sé. Conozco bien a los empresarios. En realidad, fui uno de ellos. El “por las dudas” está siempre presente en la cabeza de los empresarios. Aumentan por las dudas.
En la carta que le envía Néstor y que cierra el libro, él le dice que no es Mandrake para resolver las cuentas pendientes sobre las que usted se detiene para ejercer la crítica. En alguna medida, muchas de esas cuentas pendientes persisten.
Hay un porcentaje de hambre y de pobreza importante. Menor, pero importante. También es cierto que por donde voy me hablan de los avances que se han hecho, de la infraestructura que se está construyendo y de las nuevas escuelas que hay. Se ha avanzado mucho en estos años, aunque falte demasiado. Hay barrios del conurbano que eran una muerte y hoy tienen vida. En una oportunidad, Carlos Zaninni me dijo: “Vos hablás de distribuir como si la cosa pasase por repartir dinero por la calle”. Tiene razón. Se distribuye haciendo casas, asfaltando calles, iluminando las veredas…
Entre los asuntos que tendrían a maltraer a Cristina estaría el día después de un eventual triunfo en octubre: la posibilidad de que se abra, más temprano que tarde, una disputa por la sucesión que ya no controle.
Ahí ella va a tener que formar cuadros. Es la tarea de los años que vienen. Hay un gran cuadro, que es Juan Manuel. Lo único que tiene en contra es que lo van a volver loco con el apellido, como si tuviera que hacerse responsable de lo que hizo o no hizo su tío Fernando como fundador de Montoneros.
¿Le parece?
Espero que no, pero conozco cuán canalla se puede ser en este país con algunas cosas. Sería una lástima, porque Juan Manuel es un tipo brillante y de una gran calidez. Él sería ya, para el próximo mandato, un vicepresidente extraordinario.
¿Hasta qué punto sigue en pie la tensión entre kirchnerismo y peronismo, entre kirchnerismo y pejotismo, según la plantea usted? ¿En qué punto estamos parados?
Lo que se llama kirchnerismo es la izquierda peronista de los setenta. La buena, obvio. La de Esteban Righi, la de Juan Manuel Abal Medina padre, la de Héctor Cámpora, la del peronismo no violento pero socialmente sensible. Por algo la agrupación se llama La Cámpora. No se llama La Perón, ni La Evita. Me parece un gran homenaje a quien fuera un gran tipo. Cámpora fue tan buen tipo que no se animó a dar el golpe de timón necesario después de Ezeiza. Abal Medina se lo había advertido: “Presidente, póngalo preso a López Rega. Ya mismo”. Su lealtad a Perón no se lo permitió.
En su anterior entrevista con Debate usted decía que “la derecha nunca se equivoca con sus odios” y que este odio que sentía contra los Kirchner era “muy profundo”. Hasta aquí, en buena medida, ha resultado ineficaz. ¿Qué es lo que viene?
La derecha tiene todos los grandes medios a su favor y el aval de la embajada de Estados Unidos, pero no tiene candidatos. No tengo pruebas, pero te aseguro que hay una representación de la embajada de los Estados Unidos y de la CIA en uno de los principales diarios de este país.
Tengo que preguntarle en cuál y qué indicios tiene, por lo menos.
Averigualo. Es la investigación en serio que falta en este país.
¿Qué considera que meditan los cuadros orgánicos de la derecha? ¿Un repliegue para resguardar posiciones? ¿La persistencia del ataque?
La persistencia del ataque. Ellos siempre están atacando. No lo pueden tolerar. Esta política los perjudica. Pierden mucho dinero, porque el Estado interviene, porque se transfieren recursos que ellos consideraban como no compartibles con nadie. Además, Cristina va a seguir, mal que les pese, y va avanzar. Y en ese avance va a tener que gravar la venta de acciones, va a tener que emprender una reforma financiera profunda, va a tener que fortalecer aún más el Estado, va a tener que seguir con los juicios de lesa humanidad, va a tener que avanzar en contra de la concentración agraria… Todas cosas que a estos señores les va a caer muy mal.
¿Cree que va a ir por ahí?
Yo, de Cristina, espero cualquier cosa. Cristina no para. Van a intentar pararla, de nuevo. No sé si lo van a lograr o no. Pero Cristina no para.
¿Qué escenario se imagina en octubre?
Gana Cristina. Y si gana por el porcentaje que se espera va a haber una fiesta nacional impresionante. En la Feria del Libro se vivió algo muy lindo con Horacio González. Fueron más de mil personas a la presentación de su libro en señal de respaldo público. Están pasando algunas cosas realmente impensadas hace tiempo. Y eso a la derecha la va a hacer retraer. Un tiempito, claro. Después van a volver. Hace poco hubo un artículo de Nelson Castro que decía: “Se acabó el tiempo de gracia”. Fijate lo que es ese título… Va a seguir el enfrentamiento. Espero que se pueda resolver sin apelar a la política por otros medios, cosa que sería lamentable. Espero que se pueda resolver en términos democráticos.
¿Puede que no suceda así?
La que tiene ganas de quebrar la democracia es la derecha.
¿A quién le asigna posibilidades para octubre entre los opositores?

Son increíblemente pobres. Increíblemente. Así, con ese énfasis. No entiendo cómo no ha surgido un tipo con capacidades medias para abrir el debate. La imitación de Cristina que hizo Ricardo Alfonsín es patética y, en alguna medida, pinta al personaje. Y de Mauricio Macri… Cambió tanto el contexto que hasta los taxistas están mejor. Te subís a un taxi y viajás mejor. Y no porque los medios hayan dejado de lavar cabezas. Pero algo bueno está pasando. 
Uno de los nudos de los intercambios que cuenta El Flaco es el peronismo…
Sí, yo le propuse insistentemente que él saliera del peronismo, que tenía la oportunidad de hacer algo totalmente nuevo, que el peronismo se había convertido en el PRI, que el peronismo era una cosificación de lo que fue el peronismo vital. Mi propuesta era que creara un partido de centroizquierda con las bases de lo que había dejado 2001 y 2002, que estaban todavía latentes, esperando un liderazgo. Todo eso le interesó mucho. Le habrá sonado un poco loco, tal vez. Él opinaba más sobre la tarea difícil que le esperaba, sobre el Mercosur, sobre la Unión Latinoamericana, las relaciones con Lula.
Pero, sobre todo, de la pobreza. Tenía arranques increíbles. Me decía: “te venís conmigo a Tucumán y nos tiramos sobre la gente”.
Usted sugiere “romper” con el peronismo; Kirchner evalúa que lo mejor es “conducirlo”.
Claro. Pero yo le decía “cuando vos saques a Duhalde, vas a ser Duhalde”, porque el aparato no va a cambiar, vas a cambiar vos. Y él estaba seguro de poder cambiar al aparato. Además, estaba convencido de que si no se adueñaba del aparato, el aparato lo tiraba. Y esto es lo que yo le reconozco a esta altura del partido. Lo que yo le ofrecía implicaba dejar de lado al peronismo, y mientras hacía el partido de centroizquierda, podía pasar cualquier cosa.
Y en ese intercambio sobre el peronismo, usted lanza la metáfora ésa de la “cueva de escorpiones”.
Sí, el aparato es una cueva de escorpiones. Es una tarea muy difícil controlarlo, lo es ahora y lo era mucho más difícil entonces. Con este gobierno tengo la ventaja de que muchos de sus funcionarios o fueron alumnos míos o me leyeron. Y con muchos tengo amistad. Por ejemplo, Juan Manuel Abal Medina, un tipo bárbaro y muy inteligente. O el “Chango” Héctor Icazuriaga. Un día me invita a la SIDE. Me quería morir. ¿A la SIDE? Me dice: “Sí, vení tranquilo. Ahora salís”. Y es Icazuriaga quien me dice que no le proponga a Néstor cosas que no va a hacer, que Néstor iba por Duhalde. Pero para ir por Duhalde se tiene que asociar con una serie de tipos indeseables... Eso es la política.
Ahí es cuando le dice que tenía que hacer cosas que no le iban a gustar.
Sí. A mí me llama mucho la atención ciertas intervenciones. En estos días salió una crítica de Jorge Fernández Díaz que se horroriza cuando describo cómo Kirchner y Alberto Fernández están planeando el mapa del conurbano. Cuento que en un lugar determinado no tienen a nadie y tienen que comprar a alguien y dicen que el de Luis Patti es el más barato. Fernández Díaz dice que eso es un pragmatismo salvaje. Que quede claro: esto no lo inventó Kirchner. Yo lo escuché de boca de radicales, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Pragmatismo salvaje dicen ahora, como si Kirchner lo hubiera inventado. Qué mala fe. Nos guste o no, la política es guita y poder. Y el que no la entiende mira otra realidad. El tema es qué hacer con eso. Kirchner lo tenía muy claro. Comprendo que Fernández Díaz, que es un amigo, tenga que poner eso en La Nación para analizar mi libro, porque, si no, no lo dejarían analizarlo, pero bueno…
La idea que subyace en sus apreciaciones es la de un peronismo agotado como proyecto de cambio, pero también agotado como dador de sentido. Este proceso político, ¿le cambió la mirada?
Este proceso político lo que hizo, para mí, fue recuperar las ideas que teníamos en los setenta. La izquierda peronista fue lo menos conocido de esos años, por la mala fe que abunda. Primero, la engloban en Montoneros. Pero hubo mucha militancia que se abrió de Montoneros. Yo, por ejemplo, fui muy crítico de Montoneros en un momento en el cual era peligroso, porque te mataba la Triple A para echarle la culpa a los Montoneros, como sucedió con Carlos Mujica en vida de Perón.
En algún momento, también, usted ensaya una especie de comparación con Perón, que lo deja mejor parado a Kirchner. Dice que nunca jugó al penduleo y los dobles mensajes, pero también que fue más sincero y más apasionado. Y lo emparenta más con Evita.
Tampoco sé si es muy lineal ese trazado con Evita. Pero, ojo, reivindico y mucho al primer Perón, ése que llevó la participación obrera al 53 por ciento de la renta nacional. Por eso lo odiaron. Pero Kirchner era más fresco, más franco. Perón te guiñaba un ojo y no sabías qué significaba. Con Kirchner estaba claro. Una de las primeras cosas que me dice es “yo no le voy a pegar a nadie”. Y eso me gustó muchísimo. Me quedó grabada la frase. Lo dijo de un modo original. No dijo que no iba a reprimir, sino que no le iba a pegar a nadie. Y sé de muy buena fuente que a Kirchner lo había matado el asesinato de Mariano Ferreyra. Lo mismo me dijo el psiquiatra Julio Moisesovich, quien hizo un análisis psicológico de Néstor. Como Kirchner había arreglado con los ferroviarios, le tiran el muerto, y eso le duele mucho. Y, en alguna medida, esto me da la razón, cuando le digo que no se meta con el aparato. Néstor llegó a dominarlo en buena medida, pero nunca se domina del todo. Revista Debate.

Fuente: Informe Urbano

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