Sabor a Freud

Sabor a Freud Por Vicky López Zanuso

Por Vicky López Zanuso

Sabor a Freud
Quienes siguen a de JPF en las entregas semanales de Página 12, estarán al tanto de su ritmo, sagacidad y poesía. También lo estarán, quienes hayan leído alguno de sus libros publicados. Pero, probablemente, muchos se sorprenderán al ver que el autor también se luce sobre las tablas, al pasar de la prosa al guión.

Feinmann convoca
El mismo Feinmann que periódicamente firma las contratapas de Página 12, el que convierte sus líneas en ovillos de barriletes que juegan en viajes de alto vuelo por filosóficos recorridos, esta vez pone la firma al guión de “Sabor a Freud”, una obra que puede verse en el espacio Boedo XXI.
Así es que entre los murmuros previos a comenzar la función de una sala llena, se escuchó la voz de un joven que observó: “Feinmann convoca”.

Y Feinmann convoca y sorprende: en esta faceta dramática, el autor se despega de los temas políticos y de actualidad, para acercarse a un “yo” que muestra, en un sinfín de parodias y ridiculizaciones de la vida posmoderna, un particular día en el consultorio de un psicólogo.

Será un día de obsesión, sensualidad, divas, divanes, entierros metafóricos y reales y boleros, capaces de generar en el público una complicidad comprobada en las risas que se escuchan de principio a fin.

En “Sabor a Freud”, el ingenio y calidad no sólo toma cuerpo en los actores, sino también en el guión, la puesta en escena y los recursos que entran y salen literalmente de la sala. Para empezar, la obra arranca de forma inesperada, cuando el protagonista pronuncia sus primeras líneas desde el público. Allí se descubre que quien parecía ser simplemente un espectador es el mismísmo Dr. Kovacs. Desde entonces, otros recursos amplían el espacio: las puertas se abren, las luces danzan y otras imágenes se proyectan en escena, producto del trabajo de Soledad Gonzáles –a cargo de la dirección de arte y escenografía- y de Jorge Vigetti, director de la obra.

Experto en salpimentar de ironía y astucia la narrativa sus textos, en este caso, Feinmann fue más audaz, y agregó a la composición con un condimento musical.
Como en tantos otros, en el consultorio del Dr. Kovacs, las agujas del reloj tienen prohibido ser complacientes con las consultas y extenderse más allá del tiempo que los honorarios indican. Pero esta tan arraigada filosofía del doctor, se verá quebrantada con la presencia de una de sus pacientes. Ella, esquizofrénica, lo seducirá hasta llevarlo al diván y desnudarlo de prejuicios y miedos. Así, se invertirán los roles: el psicólogo pasa a paciente y la paciente a decir los clásicos “mj” hasta llegar al más profundo de los deseos del doctor: cantar boleros.


Arráncame la vida
Entre notas de color y de boleros, brotan las ideas de filósofos, como las de Pascal, ó Heráclito... todas tejidas por la mano de Feinmann; del devenir de la vida posmoderna y cotidiana llega la parodia de los lugares comunes del psicoanálisis, una parodia que nos aleja de los sueños inducidos por el Prozac y nos presenta a un Feinmann con sabor a Freud, con un guión -que aún siendo más Feinmanneano que freudiano- apela al sueño, no para sumergirse en él, sino para despertarlo con una obra divertida llena de verdades reveladas en excelentes actuaciones, que permiten un cocktail atractivo: pensar y reir, ambas verdaderamente y en justas medidas, a la vez.


  Fuente: Leedor el 22-05-2009