Feinmann, la comicidad negra de la tragedia

Feinmann, la comicidad negra de la tragedia

Por Pilar Roca
Universidade Federal da Paraíba

En el documental apenas se muestran contrastes entre los ambientes privados y públicos de la vida intelectual de Feinmann. Casi no aparecen exteriores, ni se escenifica el diálogo que Feinmann dice haber tenido con los acontecimientos históricos más recientes de la vida argentina contemporáneos, fuera de trechos de la película sobre Evita de la cual fue guionista. Los diálogos de la película que acompañan su comprensión de la historia reciente, centrada en el peronismo, se caracterizan por estar preparados, tajantes y bien sabidos aunque sus derrotas, su interpretación de su enfermedad y la propia historia lo desmienta. La poca presencia de exteriores es una muestra de la decisión de irse a casa, tomada cuando se revelan simultáneas la agonía del peronismo y la constatación de sus límites como intelectual.

El  fútbol y el cine, que comienzan siendo un entretenimiento de una niñez feliz e ingenua, acaba por ser el apoyo para su lectura social de la Argentina contemporánea, aunque confiese no entenderla. Durante los minutos iniciales abundan los primeros planos mientras recuerda una niñez convencional a través de las fotos de su familia, con costumbres compartidas por muchas  familias argentinas de clase media. Vacaciones en la playa, mezclas desordenadas de diferentes prácticas religiosas celebradas sin una clara  significación que le defina frente al mundo –sus tías judías acompañaban a su madre a la misa del gallo y en su casa se celebraban tanto las fiestas judías como las católicas-. Todo ello se rubrica con la rendición patea ante el avance del peronismo más irracional. Es la descripción de una familia enmudecida por el pánico ante un peronismo que evolucionaba imparable hacia la autarquía.

Por ello es comprensible que las conversaciones del documental se desarrollen en interiores, en casa, a excepción de algún trecho en el cementerio, coherente con su compleja narración necrológica que resume el fin de una forma de vivir y de pensar, de una historia personal y social que se agotó antes de poder formularse en un proyecto político viable. Las razones para ello sean tal vez que el proyecto viable ya estaba hacía  años en las manos de Perón porque él tenía la confianza de la clase obrera que ningún partido de izquierdas había conseguido de manera tan rotunda. Es precisamente la ausencia de exteriores, paliada por alguna conversación en un café o frente al panteón de Evita, la que viene a reconocer aquella derrota intelectual que le llevó a  irse a casa ante la locura, el desorden ideológico y moral que se esparce por la Buenos Aires de los años setenta y de la cual se declara coautor culposo.

El relato de su enfermedad, diagnosticada durante los primeros momentos del golpe de estado de 1976 y  paralela en su desarrollo,  da título al documental convirtiéndolo en un cuento de terror que se proyecta en el desastre del momento histórico. Feinmann no lo hubiera narrado nunca si no hubiese pasado por la experiencia simultánea de una amenaza intea e extea que venía a probar la imposibilidad del proyecto social de una izquierda confusa, fragmentada, incomprensible de la que él mismo había sido orientador intelectual. La realidad que se instaura en el escritor es la enfermedad que se manifiesta paralela a la social de la cual se reconoce coautor. Su metáfora de la célula fugitiva que da título al documental representa el dilema íntimo de tener que quedarse en Argentina durante una época en la que cada día desaparece alguien, incluido el propio analista que Feinmann acusa de haber elegido como método curativo el discurso calmante, a semejanza de un analgésico. El analista actuaba de manera parecida a la de los intelectuales de izquierda, entre los que se encuentra el propio Feinmann, operando en la retira del síntoma en vez de recorrerlo en un camino inverso para llegar a la curación.

Sin apenas fondo musical, las propias palabras de Feinmann van analizando las células muertas que vienen a cuestionar la eficacia de los intelectuales en Argentina. Reconoce sin ambages que  lo único que cabía hacer frente a la victoria de Perón era correr para darle una estructura ideológica que sin embargo nunca había necesitado para amalgamar y liderar la clase obrera, esa clase que  ningún partido de izquierda pudo captar precisamente por hundirse en inútiles intentos adoctrinadores. ¿Cuál es la función del intelectual en una sociedad que conseguía estructurarse mejor en too al mito que en too a ideologías?