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Rita de Grandis

Retrato de Feinmann, el procaz

RITA DE GRANDIS, AUTORA DE UN LIBRO SOBRE EL ESCRITOR, FILOSOFO Y PERIODISTA

 

En Reciclaje cultural y memoria revolucionaria, que se presenta hoy, la autora analiza los textos de José Pablo Feinmann, “una de las más importantes figuras intelectuales de la Argentina actual”.

Por Silvina Friera


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De Grandis presenta su libro sobre Feinmann hoy a las 20,
en el auditorio de Humahuaca 3640.
 

Sus ideas acerca de la historia, la realidad argentina y su literatura lo pusieron frecuentemente en el centro de intensas polémicas. Dentro del mundo académico y de la crítica literaria, la mención de su nombre evoca antagonismos y antipatías viscerales que él contribuyó a crear y fomentar al reivindicarse como un intelectual peronista, cuando tenía muy mala prensa –equivalía a ser una suerte de paria de “la primavera democrática alfonsinista”– asumir esa herencia. En Reciclaje cultural y memoria revolucionaria. La práctica polémica de José Pablo Feinmann (Biblos), Rita De Grandis analiza la obra del escritor, filósofo y periodista en tanto intelectual de la nueva esfera pública que combina política y literatura, y que se formó y emergió de las culturas políticas e ideológicas de los ’70. Como señala Ernesto Laclau en la contratapa del libro –que se presenta hoy a las 20 en el Auditorio Humahuaca, Humahuaca 3640–, este trabajo no sólo despliega “una narración completa y precisa de la trayectoria de una de las más importantes figuras intelectuales de la Argentina contemporánea” sino que también describe de modo exhaustivo los cambios culturales que el país experimentó en los últimos treinta años.

De Grandis nació en la Argentina, pero desde 1977 reside en Canadá. Titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de la Columbia Británica (Vancouver, Canadá), cuenta que hace años que reflexiona sobre la relación entre la literatura, la modernidad y la posmodernidad. Le interesa especialmente la forma en que la cultura de los medios se apropia de la literatura y cómo difumina los límites entre la “alta” y la “baja” cultura. “El caso Feinmann es único por la elaboración y la utilización de todo un patrimonio cultural y también generacional”, subraya la autora. De la producción de Feinmann, De Grandis recupera las formas retóricas y el revisionismo nacionalista de los ensayos de Filosofía y Nación (1982), Estudios sobre el peronismo (1984) y La sangre derramada (1998). Pero además se concentra en la novela La astucia de la razón (1990), porque trata específicamente de la experiencia del peronismo revolucionario y “demuestra el autobiografismo individual y colectivo que se confunde y entreteje con su nacionalismo”, y en el guión Eva Perón (1996), filmado por Juan Carlos Desanzo.

La autora observa, por ejemplo, que sirviéndose de Moreno, Feinmann polemiza con los revisionistas liberales, “por haber omitido El plan de operaciones y por haber descripto las contradicciones de Moreno sobre la base de su individualidad”, y también con los sectores de la vanguardia peronista, “por su accionar que los fue alejando de las masas que decían representar”. Y además, advierte que en la interpretación de Feinmann “el desencuentro entre Rosas y Alberdi es el resultado de dos filosofías de lo nacional, de dos concepciones de civilización enfrentadas, según el esquema hegeliano de la historia”. De Grandis admite que siempre trabajó sobre la argumentación polémica: “Las contratapas de Feinmann en Página/12 son en sí mismas pequeñas joyas retóricas en las que polemiza de política desde la literatura”.

–¿La escritura de Feinmann aspira a ser más literaria que periodística?

–Lo periodístico y lo literario se nutren mutuamente y por eso sus textos son una especie de nuevas “aguafuertes”. Hay una interdependencia relacionada con toda una tradición cultural argentina, que tal vez provenga de la educación y que hace que el habitante medio argentino tenga un capital cultural en el cual la literatura es un elemento mayor, si lo comparamos con México, Chile o Perú, donde los grupos letrados son más restringidos. En la Argentina hay un sustrato cultural más arraigado, que se sigue recuperando y reinventando.

–Cuando afirma que los ensayos de Feinmann son “literatura de combate, textos polémicos llenos de ironía y pasión”, ¿piensa en el conjunto o sólo en una zona?

–Como es muy prolífico, me concentro en textos de combate como Filosofía y Nación, Estudios sobre el peronismo y La sangre derramada. El texto más polémico es Filosofía y Nación y también, por el contexto en que se dio –una época de gran producción ideológica y de posturas encontradas, furibundas–, Estudios sobre el peronismo. En estos textos discute con distintos sectores de la izquierda nacional, peronista y no peronista. Feinmann lee al peronismo en clave de socialismo nacional y a través de los movimientos tercermundistas, promoviendo un debate en torno de cómo interpretar el peronismo. Esos textos, por la naturaleza misma del contexto de enunciación, eran fundamentalmente polémicos, mientras que en La sangre... incorpora la lucha fratricida de los ’70 al relato fundacional de la nación. Es típico de la argumentación polémica la construcción del otro como un enemigo, atribuyéndole cosas que no necesariamente la otra persona dijo o sostiene, pero creando un elemento de tensión para poder tomar una posición.

–¿Qué le sucede como lectora de La sangre derramada? ¿Usted también polemiza con Feinmann?

–Sí, pero como lectora distanciada porque no vivo aquí. Me divertí mucho con la actitud procaz de Feinmann frente a la literatura, a la cultura establecida, a los intelectuales, y su irreverencia me llevaba a preguntarme qué pasaba fuera de los marcos de grupos intelectuales tan consolidados como el que se nucleó en torno de la revista Punto de vista, con una alta producción teórica, pero muy cerrados. Y cómo se informa el lector medio y cómo se tamizan las grandes corrientes de pensamiento, no en clave de producción teórica sino en grandes públicos. Eso fue lo que me llevó al reciclaje cultural y al estatuto de la literatura dentro de una cultura fuertemente marcada por los medios, y a analizar cómo esas líneas de pensamiento eran mediatizadas y devueltas a los lectores en clave de los consensos políticos locales.

–¿El estilo de polémica que propician los textos de Feinmann está inscripto más en la modernidad que en la posmodernidad?

–Aunque los textos en los que trabaja con el reciclaje cultural se corresponderían más con la posmodernidad que la modernidad, su concepción de intelectual polémico, con una función y responsabilidad pública, se corresponde a un modelo más moderno que posmoderno. También sería un modelo “residual”, en el sentido de que es un modelo de intelectual militante-ideológico de la década del ’70, que fue tan masivo, y de intelectual comprometido, ideologemas que formaron a toda una generación de intelectuales que no son los profesionales de la literatura de las últimas décadas del siglo XX, pero que siguen siendo, como dice Raymond Williams, tremendamente activos.

–¿Por qué define a Feinmann como un ensayista “anacrónico”?

–La recuperación democrática marcó un borramiento de lo que fue el ensayismo nacional, y Feinmann publicó sus ensayos Filosofía y Nación y Estudios sobre el peronismo en ese período, cuando el campo de lectura se diversifica. Es anacrónico porque en un momento en que el ensayismo nacional está en retaguardia, por el fracaso de la experiencia nacional de izquierda en los ’70, él continuó siendo un ensayista de combate, y se decía peronista cuando era un pecado decirlo. Feinmann hacía un ensayismo de combate en una época en la que ese tipo de ensayo no tenía buena prensa. Hasta en eso fue irreverente y fue consecuente consigo mismo en épocas de muchos reacomodos. Recupera esa tradición del revisionismo histórico nacional, pero los términos culturales son diferentes; los resignifica usando las mismas figuras retóricas respecto de temas candentes del momento. La espina dorsal de sus ensayos es el peronismo, y eso es lo interesante para mí, sobre todo en un país todavía dividido por esta cuestión. El peronismo es una constante en los escritos de Feinmann, un tema al que vuelve, que reinventa en sus contratapas y no lo esconde.

–¿Qué tipo de pacto de lectura establecen los textos de Feinmann para su generación y para las nuevas?

–Busca la identificación y la complicidad con mi generación, pero ese pacto de lectura para las nuevas generaciones propone una continuidad. Feinmann aparece con un arsenal cultural de toda una época hablando de las coyunturas políticas actuales, siempre a partir de la analogía, el paralelismo y la comparación de lo que fueron los ’70. Me hace acordar a la dialéctica de la que habla Benedict Anderson entre Jules Michelet y Ernest Renan. Uno proclama la urgencia de recordar y el otro la necesidad del olvido para poder continuar imaginando la comunidad nacional. La literatura de Feinmann, tan centrada en el peronismo de los ’70, es un intento de seguir imaginando la nación finisecular, que sólo es posible seguir imaginándola siempre y cuando se recuerde lo que ocurrió en los ’70.

–¿Por qué La astucia de la razón no tuvo repercusión crítica en los medios cuando salió publicada?

–No creo que Feinmann sea valorado por la crítica literaria. Argentina sigue estando marcada por una concepción muy elitista de la literatura. En otras literaturas, como la hispanoamericana, los corpus son más abiertos, eclécticos, menos canónicos y menos apegados a las grandes obras de la literatura universal. En departamentos literarios de universidades de Estados Unidos y de Canadá, que es lo que conozco, se puede ser más ecléctico y menos marcado por la “alta” literatura. El primer estudio de Ricardo Piglia en Canadá fue mi tesis. Me gusta trabajar con autores que plantean grandes contrastes y que ponen en cortocircuito la crítica literaria local.

página12 - 3 de abril de 2007