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María José Punte

El escritor y su obra: José Pablo Feinmann

Por Dr. María José Punte


I
Esquema biográfico

José Pablo Feinmann nació en 1943 en la ciudad de Buenos Aires. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), en donde estudió desde 1962 hasta 1969. Hacia fines de 1969 formó parte de un grupo de pensamiento argentino, en el que también participaba entre otros Amelia Podetti. El grupo surgió ante la inquietud de ahondar en esta materia que en la UBA se daba como optativa. En 1973 fue fundador del Centro de Estudios del Pensamiento Latinoamericano, en el Departamento de Filosofía de la UBA. Se desempeñó como profesor en la universidad durante los primeros años de la década de los setenta, hasta el 1974. Trabajó como colaborador en diversos medios periodísticos. Actualmente escribe en Página/12 columnas de actualidad política, literatura y cine. Parte de su trabajo novelístico ha contribuido a afirmar una tradición de género policial y negro en la literatura argentina. Algunas de sus novelas han sido traducidas al francés, italiano y alemán. Está casado por segunda vez con María Julia Bertotto, escenógrafa, vestuarista y diseñadora. Se conocieron en 1980. En ese entonces ella había descubierto su novela Últimos días de la víctima y pensaba en escribir el guión, pero él ya estaba trabajando en eso con José Martínez Suárez. Se casaron en 1988. Comparten la pasión por el cine y la música clásica. Juntos escribieron una obra de teatro, Sabor a Freud, que combina los boleros con el psicoanálisis.

Con respecto a su obra, el autor cuenta que escribió Últimos días de la víctima en plena dictadura, en 1978. Su libro Filosofía y nación se encontraba terminado, pero no era posible publicarlo. Ya habían salido a la luz los Estudios sobre peronismo. Aclara que no se exilió y que pasó en blanco los años 1976 y 1977. Durante ese lapso, al pavor provocado por la dictadura militar, se sumó un cáncer. Este dato, que él suministra en el prólogo a Pasiones de celuloide, le servirá como eje argumental de su novela La astucia de la razón y a su continuación La crítica de las armas. Para sobrellevar este período de aislamiento y terror, se refugió en la música. Tocaba el piano. Su otro refugio era el cine, pasión que ha dado como fruto una intensa labor como guionista. Por sus guiones ganó dos veces el premio de la Asociación de Críticos Cinematográficos de la Argentina y premios en los Festivales de Boston, Católica y Mar del Plata. Recibió en 2001 el Premio Kónex de platino al mejor guionista de la década de los noventa.

Cuando se le pregunta la razón de por qué estudió Filosofía, afirma que eligió esta carrera para darle contenido a una escritura que él ya practicaba desde niño. Este razonamiento lo hizo optar en favor de Filosofía en lugar de Letras, porque temía confinarse a un estudio de estilo. Cuando se lanzó a escribir Últimos días de la víctima, tenía en mente escribir una novela filosófica. La idea base la había pensado a los veintidós años. Se trataba de un asesino profesional que al matar, iba muriéndose. Quería reflejar un “agotamiento metafísico”, es decir, una existencia que se consumía al asesinar. Al escribir, afirma, hubo diversas influencias que se fueron filtrando: el cine de Huston, el de Kubrick, el cine negro, Crimen y castigo, la prosa de Hammet, y el Borges del cuento “La espera”. Escribió sin expectativas, sólo por la necesidad de sentirse vivo, de retornar a su identidad. A la novela Ni el tiro del final dice que la escribió en 1980, en medio de tragedias económicas y personales, y que le dio grandes satisfacciones. Por ejemplo, que fuera filmada por Juan José Campanella en 1996. Se estrenó con el título Play murder for me y actúan Aitana Sánchez Gijón y Terence Stamp. En esta novela hay varios componentes autobiográficos, dice el autor. Se da una mayor incursión en los cuentos y en el cine de terror, por ejemplo las películas de Darío Argento. Su siguiente novela, El ejército de ceniza, fue escrita en 1996 en un contexto nuevo, el de la plena democracia, y en un período personal de mayor holganza económica. Luego escribe La astucia de la razón, que le llevó un año y le costó una fuerte depresión posterior. En esta obra, un elemento central es el estilo. Su idea consiste en “reconstruir una prosa patológica”. Pero también una “prosa hegeliana”, mediante la cual el discurso nace, se despliega y vuelve a iniciar otro desarrollo (tesis, antítesis, síntesis). Por un lado es una novela que narra las ideas, en particular las de la generación de los años sesenta. Pero también despliega la metáfora de la castración sufrida por el mencionado grupo generacional, que implica tanto la pérdida física como la intelectual.

Al parecer, la idea germen de la novela El mandato, surge en 1982. Aflora en un cuento que Feinmann publica en la revista Superhumor, luego incluido por Norman Di Giovanni en una antología. Feinmann retoma el proyecto en 1996. Esta novela lo aleja del policial, género al cual parece haber sido confinado con cierta injusticia por la crítica. Parte de esa injusticia es la que lo rotula como un escritor “populista” y que genera un cierto alejamiento por parte del mundo académico. Este equívoco tiene mucho que ver con otro, el que lo identifica persistentemente como “intelectual peronista”. Feinmann renunció al Partido Justicialista en 1985. Pero de hecho nunca fue “peronista” en el sentido clásico de la palabra, sino “militante de un peronismo anti-imperialista” (Link). Feinmann es muy consciente del rol que jugó el “entrismo” en su trayectoria intelectual, y lo recuerda a menudo. Se trataba de la infiltración que la izquierda intentó llevar a cabo en el pueblo peronista. Feinmann pertenecía a los grupos de jóvenes que andaban tras la búsqueda del sujeto de la revolución. Sabía, como sabía todo buen lector de Marx, que la revolución socialista pasaba a través de las masas. Las masas en Argentina eran peronistas. Por ende, había que hacerse peronista. Era una lectura del peronismo desde Hegel, Marx, Sartre y Fanon, autores a los que siempre retorna. Esta cuestión está largamente desarrollada en La astucia de la razón.

Volviendo a El mandato, una vez más se encuentra presente la intención de inscribir la escritura en un “proyecto racional” (Link). Así como en Últimos días de la víctima apuntaba a hacer una crítica a la criminalidad fascista, en esta novela se analiza el fondo fascista que radica en el fracaso de la Argentina. El “mandato” al que se refiere el título remite a la historia privada, es decir, al periplo de la familia Graeff. Sin embargo, se está hablando de la historia nacional, el otro carril por el que discurre el argumento. No por casualidad la trama se ubica durante los meses previos a un hecho crucial en la historia argentina del siglo XX: el primer derrocamiento militar a cargo del general Uriburu. Este golpe acaba con el gobierno democrático de Yrigoyen e inaugura una actitud de profunda desvalorización del sistema democrático, que luego tendrá graves consecuencias en la historia posterior. Los juegos intertextuales de esta obra giran alrededor del género del folletín y de la novela de Leopoldo Lugones, así como de la versión cinematográfica del Frankenstein de 1931. También se respira el aire rulfiano de Pedro Páramo en la figura de Pedro Graeff, el patriarca del pueblo El ciervo dorado. La trama gira alrededor de un drama pueblerino que evoca la atmósfera de los folletines. Pedro Graeff impone a su hijo un mandato inapelable: que le dé un nieto. El éxito pasa por la fertilidad, la fertilidad por la hombría. La garantía de ser hombre es la continuidad genética. Al no poder cumplir con ese mandato, Leandro se encara con el fracaso. La infertilidad aparece también identificada con la dimensión (en el sentido literal de tamaño) del aparato reproductor, es decir, uno de los prejuicios machistas de mayor arraigo en la cultura argentina. Trasladado a la historia, es la hombría la que sirve como medida. Por lo tanto, la dimensión de las armas, su potencia, y su capacidad para empuñarlas.

Hay una línea de gran coherencia en la trayectoria de Feinmann, sobre todo en lo que respecta a lo que puede ser considerado el núcleo de sus ideas filosóficas. Su adhesión al peronismo es más la expresión de un momento político concreto, que una militancia partidaria. Él se define como “un escritor de izquierda, ligado a los derechos humanos” (Sáez & Rimondino, 70). En la misma entrevista aclara que del “joven peronista” que era, quedan los ideales. Pero en la actualidad prima la certeza de que no es el peronismo el medio por el cual habrán de ser canalizados. Lo que demarca una continuidad es su inclusión en un frente progresista, en el que se reconocen las ideas que dieron forma en diversos momentos a corrientes de un nacionalismo de izquierda, una línea nacional y popular. Las publicaciones que aparecen bajo la forma de artículos se encuadran en un periodismo que el mismo describe como reflexivo o ensayístico. Apuntan a un lector capaz de asumir “un compromiso en el terreno de las ideas” (Ignotos y famosos, 7). La relación con el cine, que es la manifestación actual por excelencia de la cultura popular, es inseparable de su tarea de escritor. Él mismo cuenta que fue su deseo de expresar lo que el cine le provocaba, lo que lo impulsó a narrar, vocación que comienza ya a los once o doce años. En los momentos de mayor terror, en el ‘76 y el ‘77, el cine lo ayudó a sobrevivir (Pasiones de celuloide, 13). Pero, por sobre todo, él se define como “escritor político”. Sus textos se proponen contribuir a alimentar la certeza de que el poder político es algo que se crea, que está en la potencia de los ciudadanos. De lo que se trata es de colocar nuevamente en el centro de la escena al sujeto, en tanto que voluntad de realizar la historia humana.

 

II
José Pablo Feinmann. O acerca de cómo la Filosofía y la Revolución
andan entreveradas en las tertulias secretas

1 La filosofía, esa aventura

1.1 Una pasión argentina

La palabra “pasión” debe ser uno de los vocablos que de manera más reiterada aparece a lo largo de los múltiples y variados textos de José Pablo Feinmann. Salta a la vista de cualquier lector desprevenido con demasiada frecuencia y recorre la amplia obra de este escritor nacido en Buenos Aires en 1943. Ecléctica, pero a la vez consecuente y sólida, su obra encuentra cauce principalmente en dos géneros, ensayo y ficción, que se confrontan con tenaz persistencia en un diálogo fructífero. No es casualidad porque esto deriva de la concepción que Feinmann tiene de la historia: “Nuestra historia surge enmascarada, surge como ficción” (La sangre derramada, 163). La pasión de Feinmann, sin embargo, se sustenta sobre una base más vasta que incluye además de la historia y la filosofía, el cine. El corpus de su obra consta de ensayos, novelas, guiones cinematográficos, obras de teatro y colaboraciones periodísticas. Varias de sus novelas fueron llevadas al cine, lo que tal vez lo haya hecho trascender a un público amplio. Por otra parte, uno de los aspectos más atractivos y profundos de su producción es su trabajo como ensayista. La presencia de varios títulos confirma la importancia que la confrontación con el Peronismo ha tenido en el pensamiento de Feinmann. A eso se suman un film sobre la vida de Eva Perón y una obra de teatro cuyo protagonista es Ernesto Che Guevara.

La producción novelística abarca siete obras que oscilan entre elecciones estéticas algo diferenciadas. Su primera novela, Últimos días de la víctima (1979), se ordena dentro del género policial negro, al igual que Ni el tiro del final (1982) y El cadáver imposible (1992). Dentro de este rubro podría colocarse también a Los crímenes de Van Gogh (1994), aunque esta novela tiene intenciones paródicas que la alejan un poco del policial y que apuntan a una crítica de la política argentina de los años ’90, desde un registro cercano a lo carnavalesco. Muy diferente es la tesitura de El ejército de ceniza (1986) o El mandato (2000), textos sobrios, cuyas temáticas abrevan en la historia argentina y están atravesados de un pathos más trágico que cómico. Su novela más compleja e interesante es La astucia de la razón (1990), porque como analizaremos con más detalle, en ella se lleva a cabo un cruce de discursos que de alguna manera traduce el dinamismo del pensamiento de Feinmann. Se lo puede caracterizar a partir de las categorías del nomadismo y la hibridez, tal como las utiliza la crítica postcolonial. Ambas categorías apuntan a resaltar la relación entre discursos procedentes de diversos campos, tales como la historia o la ficción. Existe nomadismo porque se da el cruce entre ellos. Punto de partida es la consideración de la igualdad de derechos de ambos tipos de discursos. Con respecto a la hibridez en tanto que principio cultural, se hace aquí la referencia al posicionamiento en un lugar de enunciación particular que iremos recorriendo. Es la visión que se coloca en los “márgenes” y desde allí analiza su relación con el sistema hegemónico de ideas, es decir, con el “centro”.

El núcleo de este pensamiento aparece desplegado en dos textos tan ambiciosos como logrados: Filosofía y Nación (1982) y La sangre derramada (1998). Del primero dice el autor que “quizás demoré toda mi vida en hacerlo, porque es el exacto resultado de mi formación, de mis estudios y convicciones” (Filosofía y nación, 11). Son siete estudios que fueron preparados entre 1970 y la fecha de publicación. No fueron publicados en los 70 debido a razones políticas, es decir, a la dictadura militar de 1976-1983. Como bien aclara el autor, eran años en los que el pensamiento estaba bajo sospecha. Y una de las premisas de todos sus textos es recordar el poder subversivo que posee la filosofía.

Feinmann desarrolla a lo largo de estos estudios el concepto del valor hermenéutico de la historia. Para él, la historia es interpretación del pasado que sirve para hacer una lectura del presente de quien interpreta. Esto se hace en vistas a orientar la acción, por lo tanto, apuntando al futuro. Por lo que, afirma, “hay tantas interpretaciones de nuestro pasado histórico como proyectos políticos en vigencia coexisten en nuestro presente” (Filosofía y nación, 14). Cada corriente historiográfica implica la elección de un lugar desde donde se mira. A través suyo se ilumina uno de los rostros del presente. El autor sostiene que el presente está en juego en cada interpretación. En el rostro elegido, radica su verdad.

1.2 Siglo XIX: un cocktail de Iluminismo y terror

En Filosofía y Nación hace una recorrida de la historia argentina del siglo XIX a partir de varios personajes que no sólo han sido actores políticos sino también figuras decisivas del pensamiento. Observa que la filosofía no se encuentra divorciada de la política. Muy por el contrario, es el motor de las acciones que van a ir conformando el rostro de una nación:

El hecho de que los hombres del pensamiento argentino hayan sido también hombres de acción (políticos, estadistas, militares), obliga al estudioso del tema a establecer una relación que, si bien nunca conviene evitar, aquí se torna inevitable: la del pensamiento con la historia. Nuestros hombres de ideas se plantearon el tema de la construcción de una nación, subordinando al mismo todas sus preocupaciones teóricas y prácticas (Filosofía y nación, 43).

Feinmann denuncia la convivencia a menudo soterrada de la filosofía con la ideología. Su crítica más radical se concentra en la cuestión de la gravitación que tuvieron las corrientes filosóficas europeas en la formación del pensamiento argentino. Se refiere al eurocentrismo que está en la raíz de la construcción de la nación argentina, cuya intervención aparejó una serie de ventajas pero sobre todo de desventajas. Dicha denuncia del colonialismo estaba muy acorde con las discusiones ideológicas de comienzos de los ‘70. Sin embargo los textos de Feinmann no sólo no han envejecido ni suenan anacrónicos. Mantienen una feroz actualidad, cosa que será confirmada por el ensayo La sangre derramada, publicado dieciséis años después. Sus planteos son actuales porque muchas de esas relaciones de dependencia ideológica se mantienen vigentes. Y también porque el diálogo intercultural continúa y debe continuar. Se trata de la confrontación permanente entre América y Europa y de la discusión acerca del lugar que ocupa cada una de estas conformaciones culturales.

El autor va transitando las vertientes ideológicas del pensamiento argentino. Su periplo genera hilos de discusión con las diversas corrientes historiográficas que se extienden desde el espectro liberal hasta el marxista y que han dado versiones canonizadas de esta historia. Por su parte Feinmann prefiere echar una mirada “insolente” (otro vocablo al que recurre con gusto) hacia las figuras eminentes del pensamiento argentino (Moreno, Alberdi, Sarmiento). La premisa que moviliza dicha insolencia parte de un reconocimiento: “Sabemos que la historia de la filosofía no es una aventura inocente, sino que es expresión de la necesidad de las comunidades nacionales de pensar el mundo en función de sus proyectos históricos” (Filosofía y nación, 75). De esa manera demuestra que tras la revolución independentista americana se encubre un tipo de pensamiento de origen europeo, cuyas fuentes no sólo son Rousseau, Jovellanos, Quesnay, y Say, sino también Adam Smith, Hegel y Marx. Feinmann devela las enormes insuficiencias de la historia del pensamiento nacional. La nación fue concebida teniendo como base el pensamiento de Europa, por lo que se la construyó como versión periférica y subalterna. Sus secuelas superan el plano filosófico para incluir el político. El proyecto histórico que se desprendió de ese pensar fue el de una nación dependiente del orden económico mundial, orden regido por la idea del librecambio, que constituía en el siglo XIX la panacea del desarrollo económico. Para la Argentina esto significó en realidad la dominación hegemónica de las provincias por parte de Buenos Aires, ciudad capital y portuaria, a cargo de los grupos que se beneficiaban con ese sistema (los latifundistas agrícolas de la Pampa húmeda, los comerciantes de Buenos Aires y el litoral, los Británicos que asentaron sus intereses comerciales en las ex-colonias hispánicas). Feinmann afirma que hubo una batalla ideológica entre dos corrientes preponderantes. La filosofía sirvió a ese debate cada vez que fue necesario justificar con una determinada lógica algo que se concebía como un proyecto político, por lo tanto de dominación. La imagen de Buenos Aires que vuelve una y otra vez, es la de una ciudad soberbia que define sus proyectos a partir de un grupo ilustrado, pero sin acceder nunca a la negociación o al reconocimiento del resto del país. Éste es el drama que atraviesa todo el siglo XIX y que se condensa en la formulación convertida por Sarmiento en paradigmática: civilización y barbarie. La línea ideológica que Feinmann va siguiendo a través de las figuras mencionadas es la de un vanguardismo intelectual y político, orientado a Europa y sus ideas. Su característica fundamental era la desconfianza hacia las masas y hacia la posibilidad de incluir a las mayorías en las decisiones políticas. Esta posición elitista se sumaba también a una confianza en la razón, la dadora de sentido a la historia. El autor se encarga de remarcar uno de los errores de estas vanguardias: no haber tenido en cuenta el nivel de conciencia alcanzado por los pueblos. Mariano Moreno ilustra bien este conflicto. Él sostenía que la historia sólo era revolucionaria en la medida en que la razón le daba una teleología. Una posición de este tipo, tornada absoluta, no admitía bajo ningún concepto todo aquello que no coincidiera con sus postulados. El resultado desembocaba en políticas de represión y de exclusión.

Las consideraciones de Feinmann retoman luego a una de las figuras centrales del pensamiento nacional, Juan Bautista Alberdi. Es el primero en notar la necesidad de un pensamiento nacional. Para él conquistar la nacionalidad consistía en acceder a la conciencia de sí. Alberdi, imbuido del Romanticismo, pensaba que además del orden racional del mundo de las ideas y las leyes, existía también lo individual, la adecuación a lo particular. La razón era algo inmanente a la historia. Para Feinmann las ideas de Alberdi siguen una evolución que es de alguna manera refleja del pensamiento europeo del siglo XIX. Se da en él un pasaje de un idealismo objetivo hegeliano a un materialismo histórico marxista, o lo que Feinmann define como un pasaje de la Idea a la Economía. Y para Feinmann, el historicismo romántico al que adhiere en un primer momento Alberdi, en el fondo expresa la necesidad de una organización planetaria y de la expansión de la burguesía industrial surgida en el siglo XVII. En consecuencia, el pensamiento alberdiano queda atrapado dentro de lo que él llama el “espíritu del Siglo”. Constituye la “expresión filosófica de la unidad política que las naciones imperiales imponen al curso de la historia” (Filosofía y nación, 74). Esa lógica imperial se encuentra en el pensamiento dependiente. Es ni más ni menos “el sistema de ideas que las grandes potencias hegemónicas han instaurado para justificar, expresar e impulsar sus proyectos expansionistas” (Filosofía y nación, 83). Esto alcanza su punto culminante con la filosofía hegeliana. El pensamiento de Hegel representa para Feinmann la expresión de una cultura, Europa, y de una clase, la burguesía, que se postula a través de ese pensamiento como una clase universal.

1.3 El siglo XX y el fin de los buenos modales

Todas estas interpretaciones referidas al siglo XIX serán luego pertinentes al siglo XX. En La sangre derramada se continúa con esta línea de reflexión hasta llegar al presente. Actualmente se discuten en diversas áreas los efectos de la así llamada globalización. Este ensayo de extrema lucidez no deja pasar la oportunidad de anudar el panorama de una Argentina que fue consecuente con cierta ideología, a la dirección que esa misma ideología le imprime ahora a todo el planeta. La sangre derramada lleva a cabo una gnoseología de la violencia, porque el autor la considera el meridiano alrededor del cual se jugaron los hechos más relevantes de la historia argentina. La violencia ha trazado en varias instancias el antes y el después de la vida del país. No se encuentra lejos la violencia de la última dictadura militar, hecho que demarca los límites de lo que una sociedad llegó a ser y fue capaz de hacer. Lo sintetiza de la siguiente manera: “Es simple y terrible: que se haya llegado a tales extremos de horror pone en cuestión la identidad de un país. No éramos lo que creíamos ser. Y jamás volveremos a serlo” (La sangre derramada, 102). Entender esa violencia remite otra vez al siglo XIX, con su cadena ininterrumpida de asesinatos reivindicatorios. Todo gira alrededor de la urgencia por dilucidar uno de los nuevos rostros de la violencia, el de la exclusión social. Este fenómeno también puede ser percibido en el ámbito global. Es una consecuencia del movimiento de expansión que dio en identificarse con la modernidad.

El tema central de este ensayo es la violencia política en la Argentina, tal como indica el título La sangre derramada, que remite a una frase acuñada en la década del ‘70. Se refería a la intolerancia radical que se le debía al opositor político, al que se veía antes que nada como al enemigo. La frase completa dice “la sangre derramada no será negociada”. Quiere significar que frente a la respuesta violenta sólo queda como posibilidad la venganza y una respuesta aún más violenta. Feinmann ve en esta espiral de violencia la antítesis de la política. Implica entender la política bajo los términos de la guerra. Su resultado es la instalación de una ideología que privilegia la aniquilación del Otro. La premisa de análisis parte de la historia nacional para entender algo que va más allá:

Como vemos, uno de los carriles centrales a través de los que se ha desarrollado nuestra historia es el de la sangre derramada. Es decir, el de la violencia. En los pasajes violentos de nuestra historia es donde hemos encontrado los núcleos de incomprensión absoluta. Deberíamos definir este concepto. Digámoslo así: la incomprensión absoluta es el rechazo integral de las razones del Otro. (La sangre derramada, 244. La cursiva corresponde al original)

Esta situación que puede describir muy bien la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX, en realidad ha sido característica del siglo XX en general. Su máxima expresión está dada en las dos guerras mundiales. Provocó uno de los holocaustos más vergonzosos de la historia de la humanidad. Por eso esta temática también resulta pertinente para Europa, ya que según el autor no ha quedado cerrado el ciclo generado por el marco ideológico que dio lugar a esa contienda. Ese marco ideológico es el que proclama la “muerte de las ideologías”. Es el mismo que gusta considerar al capitalismo como opuesto al nazifascismo, en cuanto al sistema democrático liberal, y se ve como una superación del marxismo, en cuanto al sistema económico. El discurso del libremercado se presenta a sí mismo como opuesto a la ideología, a la que se identifica con los sistemas totalitarios. Ésa es la razón por la que se ve como el único reasegurador de la democracia. Feinmann demuestra que la oposición capitalismo/ nazifascismo es falsa, porque éste último constituyó una forma no democrática del capitalismo. Con lo que está afirmando que el capitalismo también contiene tendencias autoritarias y que no es sinónimo inmediato de democracia, como cierta ideología quiere hacer creer. Especialmente no lo es si genera un sistema de exclusión que para sostenerse tiene que recurrir a la represión del excluido, fenómeno que está empezando a tomar cuerpo real incluso en muchos lugares del Primer Mundo. Lo que preocupa al autor es la deconstrucción de este discurso que parece querer imponerse con la rapidez que le permite el desarrollo de los medios de comunicación, auxiliado por otro fenómeno que es el de la banalización de la cultura.

La propuesta de Feinmann no puede ser otra que filosófica. Al menos éste es el terreno en donde él cree que se puede lograr una transformación de la sociedad, el lugar desde el cual él elige hablar. Esa filosofía tiene que ser necesariamente crítica, concepto que para él hace referencia a una forma de conocimiento. Así lo entendía también Kant, para quien la Crítica de la razón pura es el esfuerzo por conocer sus fuentes, alcances y límites. También adquiere el sentido de ser desenmascaramiento, dado por Marx en su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Para llegar a esta instancia se hace necesario el distanciamiento, uno de los aspectos que Feinmann ve como deficitarios de la cultura mediática actual. Y vuelve a una de sus frases preferidas, proveniente de Marx: “La crítica no es una pasión de la cabeza sino la cabeza de la pasión. (...) La crítica no se presenta ya como un fin en sí, sino únicamente como un medio. Su pathos esencial es la indignación, su labor esencial es la denuncia” (citado en La sangre derramada, 14).

El autor opina que en la situación presente no hay conciencia de la opresión porque no hay crítica. Y no hay crítica porque falta ese distanciamiento, ahogado por la pluralidad engañosa de los medios de comunicación. El orden que avanza imponiendo toda una serie de injusticias es violento, es una de las formas de la violencia. Por eso él quiere intentar desentrañar en qué consiste la violencia. Lo hace desde una perspectiva que le hace rechazar la clasificación de una violencia legítima y una ilegítima. Aquí radica la novedad del planteo en relación con los años ‘70, porque después de la violencia experimentada en las décadas recientes ya no es posible argumentar con Fanon y Sartre que la violencia del oprimido es liberadora. El autor quiere remarcar la idea de que el crimen político en esencia remite siempre a la intolerancia y al desdén por la vida humana. Por lo tanto bajo ninguna circunstancia puede convertirse en la base de un sistema de gobierno. El tema de la exclusión social en tanto que forma de opresión, deberá resolverse de otra manera. Eso no implica adoptar una posición conformista sino utilizar las armas de la crítica. Esta posición aparece nuevamente discutida en la obra de teatro Cuestiones con Ernesto Che Guevara (1999). El texto confronta en un diálogo ficcional a un Che Guevara que está a punto de ser asesinado en La Higuera con un historiador que habla desde su presente del año 2000. El diálogo, al igual que el ensayo La sangre derramada, permanece abierto. No hay una respuesta definitiva para resolver el tema del conflicto en lo social, lo cual supondría en última instancia dar una respuesta a la cuestión del mal. Sin embargo, queda claro el rechazo a la violencia como medio. El autor concluye que “Es el deseo de dominación el que abre la posibilidad de la guerra, de la violencia, de la sangre derramada” (La sangre derramada, 193). En consecuencia el objetivo debería ser cortar con esa cadena, porque una vez que se instaura la lógica de la guerra, no es posible apartarse de ese esquema binario de oposiciones. Y esa lógica dice que para que uno gane, debe perder el otro, sin importar que ese otro también sea un ser humano digno de respeto.

2. Relatos desde el sub(otro)desarrollo

“¿Se producen, en la Argentina, los más creativos intentos de la filosofía a través de la narrativa? Arriesguemos una respuesta: sí.” (Ignotos y famosos, 219). Esta afirmación tan contundente, aparece, sin embargo, en un margen. Está algo escondida bajo la forma de nota al pie de página (la número 13) en un artículo publicado en Ignotos y famosos (1994). El artículo se titula “La novela como crisis de la totalidad y el sentido”. En él aparecen cuestionadas dos posturas antagónicas con respecto al género, oposición que el autor intenta de alguna manera superar por considerar inadecuada. Eso le da pie para exponer su propia concepción de la novela. Él rechaza la posición que declara la muerte de la novela en tanto que relato capaz de expresar una totalidad de sentido. También lo hace con aquella que defiende la concepción “moderna” del género, es decir, la novela como forma pura de la narratividad. Feinmann concuerda con que la novela hoy es expresión de la descomposición de la cultura burguesa. La crisis de la Modernidad, constata el autor, se revela en la pérdida de muchas certezas. Esto puede expresarse en el discurso de diversas maneras: la descentralización del sujeto, la fragmentación de lo real, la divergencia de las temporalidades. El sujeto centrado, la unidad temporal y espacial, eran todos aspectos que constituían la estructura de la novela como género expresión del mundo burgués, la así llamada decimonónica. Sin embargo, para él, la ruptura de las mencionadas categorías actúa como elemento renovador en la literatura y bajo ningún aspecto como signo de su clausura. Estas facetas de la crisis que en otros planos resultan desestabilizadoras, en la novela son parte de lo que hay en ella de experimental. Son manifestación de su extrema vitalidad, lo que la convierte en “una legítima expresión de la condición humana, de sus crisis y sus certezas” (Ignotos y famosos, 218).

Una preocupación similar se halla en otro artículo aparecido en El mito del eterno fracaso (1985), que se titula “Soltemos a la marquesa” (El mito del eterno fracaso, 19-27). Frente a quienes, por miedo al fenómeno del bestsellerismo, rechazan todo aquello que de narrativo tiene la novela, Feinmann defiende lo novelesco. Implica lo marginal del relato: el azar, la aventura, el riesgo. Lo marginal está para él en la esencia de lo novelesco: “De algún modo (de algún esencial modo), lo marginal puede caracterizarse como lo extraordinario. Si existe una temática que se desarrolla en el centro de lo real, a plena luz, transparentemente, existe asimismo otra que se da en los suburbios, en la periferia” (El mito del eterno fracaso, 22). Esto explica sus elecciones estéticas a la hora de escribir ficción ya que, nos dice, “Una novela es una estructura formada por el nivel narrativo y el lingüístico. Ambos se condicionan mutuamente. Importa más su relación que su especificidad. El relato exige su lenguaje. Y el lenguaje crece, se desarrolla como forma expresiva del relato.” (El mito del eterno fracaso, 21).

Los dos ejemplos de consideraciones acerca de su labor estética son casos aislados. En general Feinmann tiende más a teorizar sobre la historia y la filosofía que sobre la ficción. Por otra parte, en la ficción aparecen muchas de las cuestiones teóricas que lo desvelan. Para él “la filosofía es, ante todo, una aventura y una pasión” (Filosofía y nación, 10). No es de extrañar entonces que la novela se convierta en terreno fértil para la reflexión filosófica. Una muestra de esto es su novela La astucia de la razón. Esta obra difiere en gran medida de sus otras novelas. Presenta una estructura compleja y finamente urdida. Feinmann reconoce que aquel había sido un proyecto muy ambicioso (Ranieri). Lo que el autor opina de su obra remite a lo discutido en los dos artículos antes mencionados. Aparece por un lado la cuestión de la descentración del sujeto, por el otro la imbricación de lenguaje y estructura narrativa:

Fundamentalmente lo que La astucia... tiene es un estilo narrativo muy marcado que consiste en una escritura que acentúa constantemente al sujeto de la oración, esto no fue muy bien considerado por la crítica, salvo algunas excepciones. El estilo tiene que ver con la concepción de la obra. La astucia... es una novela del sujeto, de la conciencia. De la crisis y la quebradura de la conciencia del individuo, interpretada como la crisis de la cultura de nuestro tiempo (Ranieri).

Los niveles de interpretación de la obra exceden, como suele suceder, esta rápida descripción. En ella aparecen sintetizadas muchas de las preocupaciones, obsesiones, en fin, pasiones de José Pablo Feinmann. Pero, vayamos a la novela.

3. La astucia de la razón

3.1 Good Fellas

El relato expone a lo largo de once capítulos el discurso neurótico de un filósofo, Pablo Epstein. Lo hace mediante la estructuración de dos líneas narrativas, una que abarca los capítulos pares y otra los impares. El presente de la línea de los capítulos impares se ubica a comienzos de los años 80. Da forma narrativa a la terapia psicoanalítica del protagonista, quien padece de lo que él define como una “disgregación de la conciencia”. En términos menos filosóficos, una “enfermedad mental”. El objetivo de este tratamiento es obtener un sentido para superar esa disgregación y la metodología, la conformación de un relato. Su interlocutor es el psicoanalista Norman Backhauss, cuya voz interviene con algunas líneas. Éstas van a servir para dirigir la digresión y nos van a ir dando la pauta de los temas a tratar. El discurso del psicoanálisis aparece en parte parodiado. Sin embargo, las conclusiones que surgen de allí alimentan una de las posibles vertientes de interpretación en la obra. No hay que olvidar que el psicoanálisis es una pasión argentina y que pertenece al conjunto de creencias que conforman la identidad de esta cultura.

La segunda línea narrativa se despliega en los capítulos pares, a través de una alternancia que va marcando un cierto ritmo. Transcurre en el pasado, en una noche de noviembre de 1965. En su transcurso, un grupo de jóvenes estudiantes intenta definir el sentido final de la filosofía mediante la búsqueda de una frase que la resuma. Esos jóvenes son Pablo y sus tres amigos Ismael Navarro, Pedro Epstein y Hugo Hernández. Cada uno de ellos representa una posición diferente, aunque no necesariamente opuesta. Hay algo que a todos los une: la atmósfera marxista de ese momento. La toma de posición con respecto al sentido final de la filosofía constituye el lugar de enunciación de cada personaje y va a estar ligada, además, a una elección vital. Va a implicar el sentido final de sus vidas. Esta línea da cuerpo a otros dos niveles de discurso que son el de la historia y el de la filosofía. La confrontación entre ambos responde a la concepción de que la marcha de la historia no es independiente del mundo de las ideas, sino que éstas determinan parte de su avance. Como vimos, es lo que Feinmann desarrolla en los ensayos de Filosofía y nación. En la novela se apunta a la necesidad de desenmascarar los mecanismos ideológicos que la filosofía introduce en la historia y que actúan como causa de los hechos. El personaje que más claramente representa esta postura es Hugo Hernández, a quien la voz narrativa (Pablo) define como el “personaje demorado”. Aquí se da una de las tantas referencias a la iconografía filosófica que sirven como materia del relato. Y es Hegel, quien considera a la filosofía como una demora, en el sentido de aquello que llega después de la historia. Por eso la describe con la imagen del ave de Minerva, el búho, que levanta vuelo recién al atardecer. Parte del juego de la novela radica en que Hugo sostiene la posición opuesta. Él cree que la filosofía debe adelantarse, debe luchar contra la injusticia, ya que es una instancia transformadora de la realidad.

3.2 El sentido final de la filosofía

El leit motiv de la discusión es la frase de Marx tomada de la tesis undécima de las Tesis de Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Los cuatro amigos parecen estar de acuerdo con ese lema. Era parte del clima espiritual de su generación. Sin embargo, cada uno tiene una idea distinta de lo que eso significa. Pedro Bernstein va a comenzar su exposición adoptando de manera fiel esa frase de Marx. Elige a un Marx joven, el exiliado en Bruselas durante la primavera de 1845, un Marx humanista, al que los posteriores marxistas ortodoxos van a tratar de soslayar. Pedro opina que esta frase será la que ponga en pie de guerra a la filosofía. En segundo lugar habla Ismael Navarro, a quien el narrador tiene en poca estima. Ismael es considerado por Pablo mucho más superficial. Es también más vital y relajado. Ismael adscribe a las ideas de Merleu-Ponty y su Fenomenología de la percepción, también en boga en ese momento. Exalta el valor cognoscitivo de la corporalidad. Este tema genera un hondo rechazo por parte del protagonista, quien desprecia el cuerpo y se refugia en el terreno del espíritu. Una muestra de la insustancialidad de Ismael es que opta por citarse a sí mismo. Ismael concluye que la filosofía siempre es subversiva ya que los filósofos transforman el mundo al interpretarlo. En su opinión esta creencia no resulta atribuible como innovación de Marx porque es una realidad que viene sucediendo desde Sócrates, quien había muerto por defender sus ideas.

Pablo, por su parte, tiene una conciencia clara de su vocación filosófica, al menos en ese remoto y todavía alegre año de 1965. Se trata de Hegel, por quien siente devoción. Para Pablo, Hegel tiene la primera y la última palabra en filosofía. Su sistema no necesita confrontación porque se encuentra totalmente acabado. Incluso se atreve a ser insolente afirmando que el mismo Marx está contenido en Hegel. La gran aspiración de su vida es convertirse en un filósofo hegeliano, escribiendo siempre en los márgenes que Hegel ha dejado libres. Y como Marx está contenido en Hegel, la frase que resume el sentido final de la filosofía sólo podrá proceder de éste último. La toma del Prefacio a la Fenomenología del Espíritu: “Según mi modo de ver que deberá justificarse solamente mediante la exposición del sistema mismo, todo depende de que lo verdadero no se aprehenda y se exprese como sustancia, sino también y en la misma medida como sujeto” (La astucia de la razón, 108). Pablo elige esta frase porque opina que Hegel, al articular el pensamiento con la historia, la postulación del sujeto-objeto idénticos, introduce una racionalidad en ella. Por ende instaura la posibilidad de la existencia misma de una historia humana. Desde el punto de vista existencial, Pablo encuentra en Hegel la justificación personal. El filósofo alemán le ofrece a través de un orden inmanente a la historia, un mundo organizado como totalidad por la razón. Esto quiere decir un mundo manejable, una historia que es posible entender y dominar.

Al final de ese “banquete filosófico” (los jóvenes acaban de comer un clásico asado), que tiene lugar junto al mar de la costa de Buenos Aires bajo un cielo de “estrellas kantianas”, le toca hablar al “personaje demorado”, que introducirá (y por eso es colocado al final) a un “comensal inesperado”. Para que esto suceda, va a ser necesario que este personaje rompa con Hegel, quien en su sistema no admite lo inesperado. Hugo, el “personaje demorado”, no sólo rompe con Hegel sino también con Marx. Es el portavoz de una perspectiva marginal, nueva, que elige colocarse en la periferia de la filosofía. Lo que sigue en la obra es la exposición de su “Teorema Latinoamericano”. La forma que adopta para presentar sus ideas también se sitúa en el margen, ya que lo va a hacer a través de un recurso ficcional. Hugo narra dos historias en donde se entrelazan lo anecdótico y lo ficticio. La primera de ellas es una experiencia personal, su encuentro en la provincia de Córdoba con el ideólogo y militante de la revolución nacional latinoamericana John William Cooke, quien fuera líder de la resistencia peronista hasta 1959. Este encuentro marca el comienzo de una certeza para Hugo. La revolución que él está buscando, al igual que muchos jóvenes de su generación, pasa por aceptar el estado de conciencia de las masas (idea que pertenece a Marx). En Argentina eso significa que esa lucha deberá identificarse con un Peronismo revolucionario como el que propone Cooke. La filosofía adquiere entonces para él un rostro político definido. La política se convierte en el “comensal inesperado” de esa noche.

El segundo momento de su reflexión es presentado a través de una fábula que contiene una determinada interpretación histórica. Hugo narra un encuentro fantástico entre Marx y Felipe Varela, un caudillo federal argentino del siglo XIX, representante de las provincias del interior. Al momento del relato, Varela se encuentra luchando contra las fuerzas unitarias, defensoras de los intereses de Buenos Aires. Marx le viene a ofrecer su propia visión de la historia. Si bien va a perder la batalla contra las fuerzas unitarias, en virtud de la dialéctica el triunfo del proletariado es inevitable. Varela lo escucha. Sin embargo, no acepta sus argumentos por una cuestión de urgencia histórica: “Si usted no puede decirme cuándo, eso para mí es nunca. Y yo tengo que pelear ahora” (La astucia de la razón, 242). El caudillo del interior se ubica en su presente, el de un enfrentamiento entre quienes desean imponer un sistema hegemónico centralizado en Buenos Aires y una concepción federalista del país. Varela se opone al proyecto de una nación periférica dependiente. En resumen, la idea subyacente al relato de Hugo es que la filosofía europea no le ofrece a los países de la periferia soluciones para su situación concreta. No sólo eso, sino que instaura a través de un sistema de ideas una relación de subalternidad con respecto al sistema hegemónico mundial. La frase que para Hugo resume el sentido de la filosofía en consecuencia, no puede proceder de un contexto ajeno a la realidad en la que él se sitúa. Prefiere elegir una frase de John William Cooke: “Porque el Peronismo, pibe, es el hecho maldito del país burgués” (La astucia de la razón, 164). Ese “hecho maldito” hace referencia a aquello que resulta inintegrable al poder hegemónico. La filosofía para Hugo es subversiva en la medida en que busca lo que no ha sido absorbido por el sistema y desde allí plantea la transformación. Hugo critica de Hegel que su filosofía no haya dejado espacio para América Latina. Opina que el pensamiento de Hegel es la culminación y más acabado exponente de la filosofía europea y que su sistema se justifica en sí mismo. Según Hugo, esa concepción sienta las bases para la extensión del poderío europeo sobre el resto del planeta. No hay un espacio para filosofar a partir de Hegel como pretende Pablo. La única manera de incluirse dentro de este proyecto es desde el espacio del colonizado. Y lo mismo sucede con la dialéctica de Marx: si las categorías europeas no sirven para interpretar la realidad latinoamericana (tal como demuestra la anécdota de Felipe Varela), tampoco sirven para transformarla. Hugo, al tomar una posición contraria a Marx y a Hegel, ha elegido “otro espacio ontológico”. Ese espacio es el “ser latinoamericano”, lo que no expresa algún tipo de esencialismo telúrico sino la elección de un punto de vista situado. O mejor dicho, un espacio desde el cual la reflexión filosófica va a partir del propio contexto. Esta posición también es la de Feinmann, especialmente en Filosofía y nación, libro en el que es expuesta en términos casi idénticos a la novela. Esas ideas están desparramadas también en sus otros ensayos. Por ejemplo en “Espacio y tiempo de la filosofía nacional” (El mito del eterno fracaso, 73-83), en donde dice:

Para nosotros, en efecto, la descolonización de la periferia y la irrupción histórica de los países nuevos implican un suceso inaugural que requiere una conceptualización nueva, que irá, justamente, surgiendo a través de su mismo desarrollo. Pensamos desde una perspectiva ontológica distinta a la que dio origen y fundamento al marxismo (El mito del eterno fracaso, 76).

Lo cual no implica negarlo, ya que Feinmann se encuentra en permanente diálogo con Marx, Hegel y todo el amplio espectro de la filosofía europea. Pero es un diálogo que reconoce su lugar de enunciación y que parte de allí.

3.3 ¿Qué tiene Hegel que no tenga yo?

Uno de los objetivos del autor con respecto a la obra aparece mencionado en una entrevista. En ella dice que su proyecto era “narrar los años 60 desde las ideas” (Ferrero). Se trataba de narrar a una generación que creía en las utopías como motor de la historia, ya que entendía a la historia desde una racionalidad que le era intrínseca, esto que al parecer cae en los ‘90. Tiene que ver con ese asunto hegeliano de la concepción de la historia. Por eso la cuestión de la “razón” es uno de los núcleos semánticos centrales sobre el que se construye todo el relato. Aparece en el título mismo y en el prefacio. Es una frase sacada de un texto de Hegel, como no podía ser de otra manera. Citamos la frase completa a continuación, porque en ella son mencionados muchos de los temas que luego se verán corporizados en la obra:

Por lo que se ve, la realización de lo universal lleva como inseparable el interés particular de la pasión, pues de lo particular y determinado y de la negación de ello resulta lo universal. Es lo particular lo que se halla empeñado en la lucha y lo que, en parte, queda destruido. No es la Idea general la que se entrega a la lucha y oposición y se expone al peligro; ella se mantiene en la retaguardia, puesta a salvo e incólume. Debe llamarse astucia de la razón al hecho de que ella haga actuar en lugar suyo a las pasiones (...) Lo particular es, casi siempre, demasiado pequeño frente a lo universal; es así como los individuos quedan sacrificados y abandonados. La Idea paga el tributo de la existencia y de la caducidad no por sí misma, sino mediante las pasiones de los sujetos.

En primer lugar, este texto del filósofo europeo que realizó de manera más acabada la concepción de una filosofía como universal, parecería justificar que en la lucha sean sacrificados los individuos en favor de una idea. Este tema tiene serias connotaciones políticas dentro del contexto de la historia argentina. Feinmann trabaja en la obra la idea de que la generación de Pablo resultó una generación “castrada”. Se refleja en la situación del protagonista que tiene cáncer y pierde uno de sus testículos. El avance de la historia, parece decir el texto de Hegel, deberá necesariamente sacrificar vidas de individuos que son lo particular, la pasión. Ésa es “la astucia de la razón”, que permanece a salvo mientras que los individuos mueren. Es un llamado sacrificial que se basa en otra frase famosa: “el fin justifica los medios”. Contra esta premisa es que Feinmann escribirá luego La sangre derramada y Cuestiones con el Che Guevara.

El texto de Hegel juega, además, con una serie de simetrías y oposiciones binarias. Por un lado enfrenta el individuo a lo universal. Se genera una polaridad que sólo podrá ser superada mediante la anulación de uno de los términos, ya que de la “negación” de lo particular resulta lo universal. Al colocarlos como opuestos antagónicos, queda soslayada toda posibilidad de integración. Lo particular termina destruido. La otra polaridad es la que existe entre la Idea y la pasión, la primera existiendo a través de la segunda. Este esquema binario constituye el esqueleto de la novela también personificado en Pablo Epstein. La crisis del protagonista se produce porque cae una de sus mayores certezas, a saber que la historia tiene una “linealidad racional”. Pablo se ha refugiado en el reino de la espiritualidad y de la razón, buscando escapar de la contingencia, del mundo ciego de la naturaleza, la corrupción y la muerte. Sus elecciones han estado orientadas de modo permanente en ese sentido, lo que se ve muy claro sobre todo en sus estudios de filosofía y la pasión por Hegel. Este trauma viene desde una situación de origen, de ahí la inserción en la obra del discurso psicoanalítico. Se genera en su infancia y tiene que ver con una relación no resuelta con su padre. A través de la terapia es posible observar que Pablo no ha podido crecer en varios planos por el miedo a morir. Él mismo interpreta su vida como un intento de evadir todo aquello que provoque la disgregación y la incertidumbre. Por eso describe sus experiencias a partir de lo que él llama su “esquema de interpretación” y que consiste, una vez más, en un sistema de categorías antagónicas. Pablo opone dos esferas, el “patio de baldosas” y el “patio de tierra”. El primero se caracteriza por ser el ámbito del orden, lo racional, la seguridad, los buenos modales. El segundo, en cambio, es donde reina el caos, el desorden, la violencia y la irracionalidad. A partir de este esquema se realiza una serie de interpretaciones. No sólo sirve para referirse a la historia argentina mediante la ya bien conocida fórmula sarmientina de civilización y barbarie. Esto incluye también la posición de la Argentina en tanto que país periférico de Europa y su manifestación en la dependencia cultural a través de la aceptación acrítica de la filosofía europea. La razón y el mundo del espíritu se encuentran en Europa, tal como opinaba Hegel. A América se la coloca en el mundo de la naturaleza y, por ende, de la barbarie. Mediante este juego de reflexiones va siendo desmenuzada la situación argentina desde el siglo XIX hasta el presente, en tanto que historia de oposiciones. En el siglo XIX eran los unitarios versus los federales. En el siglo XX fueron peronistas y antiperonistas. Estos antagonismos irreductibles condujeron a una violencia que no se deja explicar sólo por la barbarie, sino cuyas causas es posible identificar. A través de un análisis de lo que fue la dictadura militar en Argentina, se concluye que todo sistema totalitario utiliza estas dicotomías para justificar la destrucción del otro.

Pablo es un “desplazado” en todos los sentidos. Esta referencia espacial no es fortuita. Forma parte de la red de significaciones que traman el relato. Ha rechazado vivir en el “patio de tierra” y se ha refugiado en el mundo del espíritu. Por eso no ha podido situarse más allá de este sistema dicotómico. Al colocarse en uno de los términos, abre la posibilidad de ser destruido. No ha encontrado un lugar en la historia porque vive en un país que lo expulsa, como a muchos que han tenido que irse al exilio. Pablo vive una forma del exilio interior, ya que por razones de salud (su cáncer de testículo) no puede abandonar el país. Pero no por eso deja de ser un exiliado. Sabe que lo espera una forma de la muerte, la interna (el cáncer) o la externa (la dictadura). No ha encontrado tampoco un lugar ideológico o teórico, ya que como vimos, Hegel, el filósofo del Estado Prusiano, no ha dejado márgenes para filosofar desde América. Por esa razón el protagonista se identifica más bien con el destino de Walter Benjamin, un filósofo con menos fortuna, que muere en la frontera escapando de la persecución nazi. Pablo deja de habitar el paraíso de la infancia desde el momento en que descubre que existe la muerte y aprende a temer la muerte de su padre. Hay tres planos que forman la trama. La historia personal, que se despliega en la sesión psicoanalítica. La historia nacional, que aparece en las fábulas y en la cuestión del Peronismo. La filosofía, expuesta en la discusión de los cuatro amigos. Los tres se entrelazan de manera de generar una interpretación que es ya una forma de la crítica. Y esa crítica resulta indispensable a la hora de enfrentar los desafíos del presente.

4. De la ficción y su ménage à trois

La novela de Feinmann confronta mediante esa larga digresión de la conciencia neurótica de Pablo Epstein tres discursos. Sus planteos pueden ser considerados en principio como diferenciados. A través del nivel de la terapia psicoanalítica se está hablando de un país que no asume su adultez. En consecuencia se deja dominar por un padre autoritario, el régimen militar, que asume la patriótica tarea de “curar” al cuerpo social enfermo. El cáncer constituye la metáfora que parafrasea un discurso real. La dictadura argentina de 1976-1983, hizo uso de esta imagen para referirse a su visión de la realidad nacional y para elaborar de ese modo una justificación de su accionar violento. Según este discurso la subversión era el “cáncer” de la sociedad argentina que debía ser extirpado. El resultado en la novela es que Pablo queda castrado, cercenado e indefenso frente a la agresión del régimen.

En el plano de la historia argentina, se analiza la cuestión de las divisiones que generaron la violencia del presente del relato. Se lleva a cabo una revisión de esa historia para encontrar los núcleos de significación que están detrás de las versiones de la historiografía. Básicamente se hace referencia al antagonismo civilización/ barbarie, que fue el gran productor de exclusiones en diferentes momentos de esa historia. Sirvió para justificar el exterminio indígena en el siglo XIX. Respaldó la persecución política en diversas instancias del XX, cada vez que algún movimiento se opuso al poder hegemónico. Pero sobre todo significó la negación a integrar a los sectores mayoritarios a la participación democrática. El tema del Peronismo hace referencia a este asunto, porque Feinmann busca rescatar aquello de “inintegrable” que existe en él. Quiere reivindicar un Peronismo de corte revolucionario, como lo demuestra su cálida rememoración de la figura de John William Cooke. Evocar esto en la década del ‘90 resulta sugestivo en una coyuntura en la que parecen prevalecer los valores opuestos. La ficción cumple en esa esfera del relato, la función de mantener la memoria. Concretamente la de un protagonista algo inconveniente del Peronismo que la hagiografía política prefiere dejar al margen.

En tercer lugar, a través del discurso filosófico se busca poner en duda la creencia en la unidad de la filosofía. La toma de posición desde un lugar de enunciación situado, abre una perspectiva alternativa que bajo ningún concepto pretende negar lo caminado hasta el presente. Reivindica la existencia de “otro espacio ontológico” a tener en cuenta para el diálogo intercultural. Ésta es una voz que nunca está de más escuchar, sobre todo por la facilidad con que se pierde una perspectiva múltiple en el espectro actual de lo global. La mención de una Filosofía Latinoamericana sirve para deconstruir una vez más un territorio configurado desde el centro del pensamiento mundial. El eurocentrismo subyacente a una visión única de la filosofía genera una y otra vez toda clase de exclusiones.