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Timote

"Vamos a rezar por la salvación de su alma"

"Aramburu los mira entrar. Ahí están: vienen a matarlo. Se aca­baron las palabras. Cada uno sa­be dónde está el otro. Qué pien­sa. Qué quiere hacer. Sobre todo –en su caso– qué hizo. ¿Pensará Aramburu en Valle? Difícil. No me matan por lo de Valle. Soy un símbolo. El tipo que lo tiró a Perón. Uno sabe los riesgos que toma. Debió prever esto. Pero nunca imaginó que podrían apa­recer pibes así. Revolucionarios y peronistas, vengativos, irrespon­sables o valientes, lo mismo da. Pero con cojones. Carajo, quién lo hubiera dicho.

Le quitan las ataduras de las ma­nos. Aramburu se restriega las muñecas. Las tiene hinchadas, hay algo de sangre.
–Sentimos mucho eso, general –dice Fernando–. De haber po­dido, lo habríamos evitado.
–Está dentro de las reglas –con­cede Aramburu–. Siempre se amarra a los prisioneros. Prisio­nero que se escapa deja de ser­lo. Secuestrador sin prisionero, también.
–Somos mucho más que sus se­cuestradores –dice Firmenich.
–¿Por qué?
–Somos sus jueces. Lo juzgamos y decidimos que era culpable.
–Y ahora van a ejecutarme.
–Exactamente.
–¿Puedo pedirle algo, juez?
–¿Dice eso con ironía?
–¿Hubo ironía en mi voz?
–No me pareció.
–Porque no la hubo.
–¿Que quería pedirme, gene­ral?
–Una tontería. Pero no querría caminar hacia la muerte con el riesgo de cometer una torpeza que me ponga en ridículo. ¿Me comprende, verdad?
–Por completo, general. ¿De qué se trata?
–Ateme los cordones de los zapa­tos.
–Disculpe. No lo había notado.
Firmenich apoya una rodilla en tierra y ata los cordones de Aram­buru. Se pone en pie. Lo mira. Aramburu no dice nada.
–Tenemos que atarle las manos a la espalda –dice Fernando.
–¿Otra vez atarme las manos? Vieron mis muñecas. Están a la miseria.
–No tanto, general –dice Fernan­do–. Sólo a tono con las circuns­tancias. Así son las cosas. Los que enfrentan a un pelotón de fusila­miento lo hacen siempre con las manos atadas a la espalda.
–¿Me espera un pelotón de fusi­lamiento?
–No haga preguntas cuya respues­ta conoce.
–No por completo. Sé que no ha­brá pelotón. ¿Cómo me van a ma­tar entonces?
–Falta poco para que lo sepa –Fer­nando mira a sus compañeros. Con su habitual parquedad, con aspereza, con ese tono acerado con que sabe dar órdenes, dice: –Al sótano.
–Un momento –se resiste Aram­buru–. ¿Así nomás? ¿Ni afeitarme puedo?
–¿Para qué afeitarse? –dice, en­crespado, Ramus–. Nadie lo va a ver.
–Yo me voy a ver. Nunca pensé morir sucio. Tendrían que permi­tir que me bañara al menos.
–General –dice, con voz potente y algo irritada, Fernando–, basta de vueltas. Dios lo va a recibir en sus brazos llegue como llegue hasta El.
–Siempre pensé llegar limpio.
–A nuestro Señor sólo le impor­ta la limpieza del alma. Piense si eso es lo que le ofrece. Si cree que lo pensó, piénselo de nuevo. Por las dudas.
–Ni San Agustín le ofreció eso.
–San Agustín era un pecador atormentado –asevera Fernan­do–. Sólo su gran dolor lavó sus pecados. No veo en usted un gran dolor.
–Tampoco lo veo en ustedes y van a cometer un pecado supre­mo.
–Puede ser. Pero si nos arrepen­timos no va a ser hoy. Tenemos tiempo. –Fernando se pone muy serio. Su entrecejo se frunce y dos rayas verticales, muy marca­das, se dibujan entre sus cejas. –Le prometemos algo. Vamos a rezar por la salvación de su alma. Hoy mismo, general.
–Quiero un sacerdote –exige Aramburu.
–No podemos –dice Firmenich–. No juegue con nosotros. Usa trampas hasta el último instante. ¿Cómo quiere que traigamos un sacerdote aquí? Todas las rutas están vigiladas. Lo seguirían. Nos encontrarían. Todo habría sido inútil.
–¿Cómo? –dice Aramburu, incrédulo– ¿No tienen un sa­cerdote? ¿No se ocuparon de traer uno? ¿O de tenerlo aquí, esperándonos? ¿Qué clase de católicos son ustedes? Yo no les hubiera negado un sacerdote. De haber tenido que fusilarlos, lo primero habría sido reservarles uno. Valle lo tuvo, sépanlo (...)".


(Timote, paginas 227-230)

 

Revista Ñ - 7 de Marzo de 2009