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Timote

Pasiones argentinas

Por Jorge Urien Berri

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Foto: FACUNDO BASAVILBASO

No puede negarse que José Pablo Feinmann es un buen novelista y Timote , basada en el secuestro y asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu a manos de los cabecillas de los Montoneros, lo confirma al sortear casi indemne varios sabotajes del Feinmann profesor, pensador y filósofo que se entromete, opina, discursea, apostrofa, protesta e increpa a lo largo del texto. Pero en esos momentos, cuando el intruso Feinmann coloca al lector al borde del hartazgo, reaparece el oficio de novelista y la narración prevalece.

Lo poco que se sabe del secuestro que en 1970 marcó el debut político y militar de los Montoneros y el inicio del desbarranque hacia el horror de la última dictadura lo ha contado Mario Firmenich, protagonista poco fiable y único sobreviviente. Este vacío le

otorga a Feinmann una inmensa libertad para moldear a los dos personajes centrales: Aramburu y Fernando Abal Medina, antecesor de Firmenich en la conducción montonera. Y de los dos -otra acertada elección del novelista-, es Aramburu el que exhibe mayor espesor y complejidad porque Feinmann plantea la novela, y así lo dice -fiel a su estilo, lo dice más de una vez-, como una tragedia o lucha que no se libra entre buenos y malos sino entre justos y justos.

El Aramburu asesinado en una estancia del pueblo bonaerense de Timote es el del fusilamiento del general Valle, el del ocultamiento del cadáver de Evita en Italia, el que prohibió la palabra peronismo. Pero el Aramburu de Feinmann también es el que en 1970 buscaba en la Argentina de Onganía un retorno a la democracia con un Perón reincorporado al sistema, un Perón domado. De ahí la necesidad de los montoneros de eliminarlo no sólo para hacer justicia sino para preservar al Perón que ellos transformarían en el mascarón de proa de una revolución.

Durante la parodia de juicio al que lo someten durante su secuestro, Aramburu intenta despertarlos del delirio y mostrarles un Perón fascista, tan militar y amante del orden como él. Les anticipa que su muerte despertará lo peor del Ejército y les cuestiona que se arroguen la representación del pueblo. Son quizá los mejores tramos de una novela que no llega a ser un thriller y que, si bien arrastra lastres que recuerdan La astucia de la razón , por suerte también tiene bastante de Ultimos días de la víctima , Ni el tiro del final y El ejército de ceniza .

En cuanto a las intromisiones del autor, incluso las interesantes y valiosas, obran como puntos de fuga innecesarios. En otro escritor se podría pensar en la necesidad de llenar páginas, pero no en Feinmann, quien seguramente jamás sufrió el pánico a la hoja en blanco. Hay, además, intromisiones inútiles, como los largos rezos que Abal Medina eleva a Dios, y otras imperdonables, como cuando Feinmann descarga su ira contra Timote por ser un pueblo chato e ínfimo que jamás habría trascendido de no ser por el asesinato de Aramburu.

Feinmann es una portentosa máquina de escribir, con más de veinte libros publicados -ficción, ensayo, filosofía, cine-, más sus artículos periodísticos y sus clases de filosofía y cine en televisión. Sus dos últimos libros, Timote y las 800 páginas de La filosofía y el barro de la historia , figuran en las listas de más vendidos en ficción y no ficción. Como le ha dicho un editor, compite consigo mismo. Es un escritor pasional que, por esto mismo, se encuentra siempre en peligro del desborde, el exceso, el maniqueísmo y la ingenuidad política. En medio de la plácida gelidez que priva en la ficción y el ensayo de la Argentina de hoy, su pasión es saludable hasta en sus excesos.

La Nación - 25 de abril de 2009