Página12 - 30 de octubre de 2005

 

Cómo construir poder

Por José Pablo Feinmann

 

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Si tuviera una fórmula para los días presentes, sería uno de los individuos más codiciados del mundo. Pero se tratará aquí de ubicarnos en una coyuntura y verificar cómo se construyó, en ella, poder. Cómo lo construyó quien por fin se quedó con él. Con esa bestia codiciada que se construye, se atrapa y se defiende.
Si –como tradicionalmente se hace– señalamos al poder como la finalidad de la política, elegiremos una situación nacional estructurada y trataremos de ver quién se equivocó, quién no, y quién por fin se quedó con la parte del león. La coyuntura es una de las más ricas. El ’45. Se sabe que el ganador de esa contienda fue Perón. Aquí no se trata de ver una competencia entre buenos y malos. Esto significa dejar de lado la vieja antinomia (siempre recreada por la estrechez intelectual de quienes se mueven con los ojos en la nuca) peronismo-antiperonismo y buscar una mirada acaso técnica que indague los secretos internos de política. Por último: analizar la creación de poder en el ’45 deberá entregarnos el conocimiento de cómo crear hoy poder.
Qué diferencias hay con esa encrucijada y qué semejanzas. Como punto de partida analizaremos las características centrales que definieron a los sujetos políticos de la encrucijada. Señalar sus características nos llevará a ver en qué acertaron y en qué –internamente– estaban destinados a fracasar por no poder ver hechos que –para la creación de poder– eran sustanciales.
La izquierda miraba hacia afuera. Es decir, hacia la guerra llamada mundial. Creer que la guerra era mundial llevaba a la izquierda (representada por el Partido Comunista) a sostener un apoyo y una obediencia de militantes fieles a las directivas de Moscú. El estalinismo la constituía. Y pensaba, de buena fe, que así debía ser. En Europa se impulsaba una lucha contra el fascismo y la Unión Soviética era líder en ella. Esto se había manifestado desde la entrada de la URSS en la contienda. Había que ganar esa guerra, que era mundial, era de todos, y el país que conducía Stalin se desangraba en batallas gloriosas contra las hordas nazis. El nazismo, a su vez, tenía sus garras hundidas en la Argentina. Eran los militares del golpe del ’43 y más tarde el heredero de ese golpe: ese coronel Perón, sonriente y manipulador. ¿Cuál era la centralidad de esta política? La centralidad estaba afuera, no en el país. Pensar que la guerra, por ser mundial, desplazaba el eje problemático del país fuera de él era una convicción de los comunistas de esa hora. Todo por la gloriosa lucha de la Unión Soviética contra el nazismo, ésta era su convicción. Y si miraban adentro era para detectar quiénes eran los nacional-socialistas autóctonos.

La oligarquía era el grupo tradicional de la política argentina. Siempre cerrado sobre sí, siempre temiendo que le roben el país. “Los argentinos somos cada vez menos. Cerremos el círculo y velemos sobre él”, había dicho Miguel Cané en conocido texto. Antes del golpe del ’43 tenían listo al hombre que deseaban fuera presidente. Su candidatura se había decidido en la Cámara de Comercio Británica y su nombre era paradigmático: Robustiano Patrón Costas. Hacendado del interior del país era –como lo señala su nombre– 1) robusto, es decir, fuerte, 2) Patrón y, por último, 3) Costasseñalaba los costos de producción primaria, algo que el hombre debía saber reducir para que los negocios (su margen de ganancia) crecieran como el trigo de la pampa. Como sea, que se llamara Patrón lo decidía todo.
Eran los aliadófilos. Los campeones de la democracia. Veían así la cuestión: las democracias occidentales guerreaban en Europa contra el totalitarismo nazifascista. Cuando cae París realizan un acto en la Plaza San Martín. Uno de ellos, brillante escritor, dice: “Por primera vez sentí que una emoción colectiva no era indigna”. Era Borges. Luego lanzaría otras frases. Sería condecorado por Pinochet y diría: “Me honra esta condecoración porque Chile tiene la forma de una espada”. Sugiero mirar a Borges como nuestro Heidegger. Genial, pero fatalmente equivocado. Es sólo una sugerencia.
Los militares del ’43 dan el golpe en junio de ese año. ¿Cuál es su horizonte? ¿Qué ven? Sueñan con la industria pesada. La siderurgia, los altos hornos. Simpatizan con Alemania. Se han formado al calor de los textos de sus grandes ideólogos militares: Clausewitz, Colmar von der Goltz. La industria pesada no necesita muchos trabajadores. Con pocos y especializados se puede llevar adelante. Se agrupan en el GOU: Grupo de Oficiales Unidos o ¡Gobierno! ¡Orden¡ ¡Unidad!
El coronel Perón forma parte del GOU. Pero se va abriendo porque ve algo que los demás no ven. Por haberlo visto se adueña, primero, de la Secretaría de Trabajo y, luego, del ministerio.
Fruto del proceso de sustitución de importaciones que se venía realizando desde la década del treinta, los migrantes internos llegan a la Capital Federal. La Capital no está preparada para recibirlos a todos. Se crean las primeras villas miseria. Son la negritud. El pelo abundante y negro. La cara del mestizaje. La soledad y el deseo de tener un lugar en la gran urbe. Se les dice “cabecitas negras”.
Eran (y aquí está la base del éxito del triunfador de esta coyuntura) lo nuevo. Estos migrantes eran lo único que antes no existía. Todo estaba menos ellos. Eran una materialidad no cubierta por ninguna fuerza política.
Quien los ve –como base de sustentación de una política– es ese coronel del GOU, Perón. Es paradigmático su triunfo sobre José Peter, dirigente del gremio de la carne. Hay huelga de los obreros de ese sindicato. Peter les pide levantarla: se necesita carne en Europa para los ejércitos de la democracia. Perón les autoriza la huelga. Y se los gana. Neutralista como lo fueron los hombres de Forja (“los argentinos queremos morir aquí”), se acerca a los migrantes y se constituye en su líder político. En suma, el único que vio lo nuevo en esa coyuntura fue Perón. Lo nuevo era la base real para crear poder. El lo tuvo porque él la convocó.
¿Cómo crear hoy poder? Los poderes están creados y no hay sujeto nuevo. No lo hay porque todos lo son. Acaso el único sujeto nuevo sea aquel que no tienda hacia la destrucción, la catástrofe. Porque la multipolaridad reinante es negativa. La peste aviaria era lo único que faltaba para completar el cartón apocalíptico de este presente. La peste (sida, pandemia aviaria). La guerra (Irak). El hambre (11 millones de niños mueren por año). La muerte (omnipresente). Los cuatro jinetes del Apocalipsis galopan a lo largo y ancho del planeta. En cuanto a nosotros: ¿hay sujeto nuevo? ¿Alguien juega el papel que jugó Perón en su exitosa tarea del ’45? ¿Cómo apartarnos de la negatividad multipolar? Bush es el imperio dislocado, bélico y prepotente. El terrorismo sólo sabe destruir y no crear. Son las opciones extremas. Tal vez América latina pueda aportar lo nuevo. Una nueva alternativa, una nueva racionalidad, una negación del Apocalipsis. Esa opción se juega hoy en la Cumbre en que Bush, a los golpes, brutalmente, busca meter el ALCA y destrozar el Mercosur, que, para nosotros, es una cara de lo nuevo. Ya que lo nuevo, la fuente de nuestro poder es, para nosotros, latinoamericanos, la unidad.