Página12 - 26 de junio de 2005

 

El terror nuclear

Por José Pablo Feinmann

 

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Algunos voceros de Washington declararon –con total sinceridad– que hoy el mundo es menos seguro de lo que era antes de la caída del Muro de Berlín. Todo era tan sencillo entonces. Dos bloques poderosos, armados hasta los dientes, ladrándose todo el tiempo, nunca mordiéndose. Las mordidas, los tarascones de la muerte sucedían en los territorios del Tercer Mundo: Vietnam, Cambodia y las “guerras mundiales” asumidas por las dictaduras latinoamericanas. En nuestro país esa “guerra” (que los militares llamaron “tercera”) desató una masacre inédita e inaudita sobre cuyos culpables (asesinos, en rigor) acaba de caer la mala noticia de la derogación de las leyes que les daban impunidad: las de punto final y obediencia debida.


¿Qué es lo que ha tornado tan inseguro al mundo? El descontrol, la irracionalidad, el desmadre del factor nuclear. Durante el conflicto bipolar de la Guerra Fría las potencias nucleares eran dos y sólo dos, ya sabemos cuáles. Las guerras que se libraban en la periferia no corrían el riesgo de ser nucleares. Eran crueles y cruentas, pero no había bombas de átomos. Hoy el mundo presenta el mapa de un desquicio del cual (digámoslo ya) el más temible de sus protagonistas es el que asume para sí la misión de anunciar el peligro: Estados Unidos.
Son, en verdad, los norteamericanos quienes previenen contra el peligro de la catástrofe nuclear. Son ideológicamente torpes o ingenuos o creen hablar con seres cuya bobería no tiene límites. Es cierto: le hablan a su propio pueblo, al que manipulan por medio del miedo. A la administración Bush no le importa (centralmente, al menos) que le crean los países del planeta, a los que desprecia y a los que –lo sabe– su pueblo desconoce por un provincianismo ya incurable. No: quiere que le crea ese pueblo, el suyo. El que se lleva la mano al corazón cuando suena el himno y ondea la bandera de las barras y las estrellas. Con decirle a esa gente que en menos de diez años estallará un conflicto nuclear incontrolable, la tarea está cumplida. Poco les importa si nosotros (el patio trasero latinoamericano y el delantero, con rosas, alelíes y coquetos enanitos de jardín, europeo) les creemos. No les creemos, pero les da lo mismo. Desean buscar la creencia en las cabezas deterioradas por la cerveza y la liviandad de la música country de los red necks del Medio Oeste. Si esos hombres ásperos, racistas, fascistas, llenos de furia y de miedo (de la furia que da el miedo) les creen, el infundio habrá triunfado. Gobernar por medio del Miedo ha sido la gran estrategia de la administración Bush desde el 11 de septiembre, desde esa injuriosa herida en el corazón de un imperio que se ha lanzado a una retaliación que, buscando reordenar el mundo, acaso lo destruya.
Estados Unidos (en tanto en Afganistán, por un mero bombardeo casi rutinario, deja 76 muertos y seis coches bomba de la insurgencia iraquí se cargan con treinta muertos del orden y la democracia, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿hablan en serio quienes dicen que EE.UU. ha reimplantado la “democracia” en Oriente Medio?) señala con bélica y hasta teológica claridad (no es fácil desgajar lo bélico de lo religioso en lo que hoy es el país del Norte) que el riesgo nuclear es cierto y cercano, ya que se producirá en menos de diez años (hay un 70 por ciento de posibilidades de que tal hecho ocurra, lo que es casi decir: ocurrirá). Conviene preguntarles a los más de ochenta especialistas en ataques nucleares consultados por el Congreso “americano” dónde reside centralmente ese riesgo acaso final. Cualquier espectador imparcial tendría su respuesta. Pongamos un ejemplo: en los años cincuenta se estrenó un film titulado El día que paralizaron la Tierra. Una joya de la ciencia ficción. Quien la vio de niño no la olvida. Quien la ve hoy se asombra de su actualidad. ¿Qué dice ese formidable film de Robert Wise? Llega un marciano a la Tierra para advertir que se detenga al armamentismo nuclear, ya que la Tierra, si se destruye en una guerra atómica, alterará seriamente el orden excelso (siempre atribuido a Dios y siempre en riesgo mortal por la praxis del hombre) del Universo y todo será un caos sin retorno. El buen marciano se llama Klaatú. ¿Por qué Klaatú aterriza su nave en EE.UU.? Porque ahí está el mayor arsenal atómico de la Tierra. Ergo: ahí está el mayor de los peligros. Bush disiente con Klaatú. O habría, sin duda, de polemizar en caso de que pudiéramos asistir al espectáculo formidable de enfrentarlos. (Alguien dirá: “pan con pan”, apelando a la condición “marciana” de Bush. Pero Bush, indudable marciano pero de los apocalípticos, no viene, como Klaatú, a salvar el mundo, sino a reestrenar La Guerra de los mundos, joya de los cincuenta, de George Pal, y de la que no casualmente estamos a punto de asistir al estreno de su remake.) Bush le espetaría a Klaatú que el descomedido arsenal atómico de Estado Unidos, lejos de amenazar al mundo, lo protege, dado que se arrojará sobre los países del Eje del Mal. Klaatú raramente entenderá ese lenguaje y preguntará por qué salvar al mundo aniquilando nuclearmente países enteros. Bush (y todos los suyos, y Rumsfeld y Condoleezza y los duros del Medio Oeste con sus cuellos gruesos y rojos de odio) le dirán que hay bombas nucleares del Bien y bombas nucleares del Mal. Klaatú entendería, retornaría a su planeta y recomendaría protegerse de los próximos acontecimientos que la Tierra deparará al Universo.
Hemos llegado a este punto: si hay, por un lado, “la” Democracia Occidental y por el otro “el” Eje del Mal, la cuestión es simple: hay bombas buenas y bombas malas. De aquí que EE.UU. ni tome en serio a quienes le dicen que el principal peligro nuclear radica en su propio arsenal. No: ellos son el Bien, la Democracia, ellos tienen de su lado a Dios, que, recordemos siempre, no es neutral en esta lucha. En suma, “su” arsenal está en manos racionales y cristianas. Esto asegura su confiabilidad. El “otro” arsenal. El de Irán, Corea del Norte, Libia, Sudán y Siria. (O cualquier otro que pueda sumarse: Venezuela, es, para la seguridad yanqui, un punto de terror.) Ese está en manos del “Eje del Mal”. Hay, así, bombas del Bien y bombas del Mal. Si EE.UU. asume el derecho y hasta el deber de tener el arsenal nuclear más poderoso (infinitamente más poderoso) del planeta es porque ese arsenal es el del Bien y está destinado a detener las fuerzas del Mal. Sería inútil decirles que les tememos más a ellos (o tanto, al menos) como a los otros (digo “tanto” porque ninguno de los otros países convoca mis anhelos de racionalidad y supervivencia históricas, ni siquiera Venezuela, pese a que Chávez me guste más, mucho más, que Bush y los norcoreanos). Sería inútil decirles que no confiamos (nosotros: el resto del mundo) en la racionalidad y el buen sentido o en la carencia de furia tanática que expresan Bush y Condoleezza y los embriagados por la cerveza y, sobre todo, por el miedo de los hondos parajes del Sur.
No hay bombas buenas ni bombas malas. No hay cruzados de la cristiandad y ejes del Mal. Hay hombres, hombres concretos, falibles, ambiciosos, estragados por una voluntad de poder mortal. Si me preguntara (alguno de los 85 expertos que vaticinan una catástrofe nuclear para dentro de diez años) quién lanzará la primera bomba, uno sabría de inmediato (por conocer su ideología y sus intereses) que eliminan a Estados Unidos de esa pregunta y la centralizan, absolutamente, en el Eje del Mal. Creo quepodríamos sorprender a ese “científico” interrogador. Creo que, desde aquí, desde América latina, que “aún” no forma parte del Eje del Mal, que Occidente quiere, por el contrario, comprometerla en su Cruzada Medieval Nuclearizada, desde aquí lo sorprenderíamos con nuestra respuesta. Es tan sencilla. Cualquiera puede verla, menos los enceguecidos por el odio. La primera bomba nuclear grave, devastadora, superior a las de Hiroshima y Nagasaki, la arrojará el país que más miedo tenga y más terror, cotidiana y sistemáticamente, meta en el alma patriotera de su población. Todos sabemos cuál es.