Los usos de Feinmann - Recepción de su obra

Indice del artículo
Los usos de Feinmann
La Obra
Subjetividad y Creatividad
Obra Ensayística
Los Artificios Feinmannianos
El uso del horror
Recepción de su obra
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Recepción de su obra

Cierta interpretación de la obra de Feinmann tiende a circunscribirla como una creación literaria peronista/revisionista, asumiendo que tiene un costado mayoritariamente panfletario, que no goza de asertividad, que los escritos filosóficos son pura vulgata simplona estructurada en clivajes y cuyo único objetivo embozado es la polémica sin base académica.

Así, Feinmann no sería más que el último historiador revisionista, mejorado por sus lecturas hegelianas, o un militante peronista con ínfulas intelectuales, o un periodista que salta los bordes del artículo clásico con pretensiones de profundidad o un escritor que no fue bendecido por el canon académico argentino y circula por fuera del mapa de la literatura recomendable.

Esa mirada de la obra de JPF se funda en varios estereotipos. Algunos generacionales, otros estilísticos y otros ideológicos.  Varios de los críticos acérrimos de Feinmann (Beatriz Sarlo, Oscar Terán, Juan Carlos Altamirano, Tomás Abraham) consideran que su obra filosófica no es valiosa por falta de seriedad académica y que su literatura padece de un registro antiguo.

En esa perspectiva, Feinmann no pertenece a los clubes culturales, círculos literarios y corporaciones creativas legítimas, serias, benditas por las instituciones universitarias.  Su producción es deslegimitada por practicar ciertos pecados culturales, tales como oler a peronista (o revisionista, hegeliana, marxista, sartriana).

Para estos círculos académicos, Feinmann sería en materia política un mero peronista, en materia académica un simple polemista, en materia literaria alguien que abusa del pastiche y la analogía y en materia historiográfica/ensayística un revisionista sofisticado.

¿Cuál es la causa de que una obra tan profunda, diversa, compleja, lejana a la simplificación, prolífica como ninguna en Argentina, sea recibida con sorna o demérito?

Esta recepción negativa de la obra de Feinmann en ciertos círculos intelectuales y posiciones políticas resulta injusta no porque no valore convenientemente la importancia de la obra de JPF o porque no comparta sus patrones estéticos o posturas políticas (algo que, finalmente, es en todo caso una materia de gustos o que necesita del paso del tiempo para su revalidación definitiva), sino porque una de las estrategias utilizadas para disminuir el rol de Feinmann en la literatura argentina contemporánea es la de arrojarlo en un vecindario incómodo.

Así, una interpretación aduce que su lectura de la política nacional de los siglos XIX y XX es, simplemente, revisionista. De tal modo, Feinmann comparte  lugar con los iniciadores del revisionismo (los hermanos Irazusta, Ernesto Palacios, José María Rosa, Vicente Sierra), sus continuadores (Juan José Hernández Arregui, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche) y los  intentos contemporáneos (Mario Pacho O´Donell, Felipe Pigna y Jorge Lanata).

La misma línea argumental sostiene que Feinmann se inscribe en esa línea literaria por constituir “un género literario, más que una legítima escuela historiográfica”. [1]

Vemos que así como Feinmann utiliza la polémica y la simplificación para analizar algunos aspectos de la historia que intenta iluminar, sus detractores utilizan idéntico recurso para esquematizar la visión de Feinmann de la historia argentina reciente a través de una operación lineal que consiste en simplificar, clasificar como poco serio y arrojar al baúl de lo inválido Pero la formación intelectual de Feinmann es demasiado rica y su esquema interpretativo es demasiado complejo como para que su obra sea encasillada en una visión esquemática de la historiografía, interesada simplemente en denunciar injusticias históricas, enmarcada en una mirada nostálgica del pasado y entusiasta del orden hispanoamericano.

Su visión de la política (tolerante, progresista, contemporánea) trasciende por lejos la mirada peronista clásica y su vocación por el diálogo y su rechazo a la violencia extienden su visión política más allá del peronismo de los años setenta.  Si bien su análisis filosófico partió de algunas variables de la izquierda hegeliana, en especial con el rechazo sartriano al orden de lo dado, pronto encontró limitaciones en esos enfoques para comprender la realidad de la periferia mundial.

Otro tanto ocurre con su registro literario, que abreva en múltiples fuentes que impiden enviarlo al rincón de la nostalgia setentista o la literatura de denuncia.  De ningún modo, por cierto, la obra de Feinmann puede ser circunscripta al revisionismo.

Filosofía y Nación -uno de sus mejores ensayos- aborda temáticas caras al revisionismo, pero es mucho más que eso: es un intento genuino de describir el mapa intelectual que sustentó las pasiones políticas de los principales actores del siglo XIX en Argentina y de ningún modo extraña a una eventual Hispanoamérica ni recela el uso de ideas extranjeras ni acusa a los protagonistas de imperialistas.

En ese ensayo, JPF comparte con el revisionismo su crítica al accionar elitista de algunos políticos (Moreno, Alberdi), pero eso es, en todo caso, dos cosas: una, un particular paladar político, basado en la idea de que las vanguardias deben tener apoyo popular y que la pérdida de la masividad entraña un peligro inminente y dos, la eterna conversación pública que mantiene JPF con su propia generación y en particular, con lo que salió mal en su generación, esto es, el derrotero adonde llegó la política nacional cuando la violencia política vanguardista reemplazó a la militantica política popular en los sesenta, o dicho de manera simple, la política como espacio de los fierros.

Es cierto que reivindica la figura de Juan Manuel de Rosas, pero lo que pide para él es el reconocimiento por su lucha contra el bloqueo naval anglo-francés de 1838 y no la aprobación por su política de terror.  Feinmann, tanto en Filosofía y Nación como en La sangre derramada, habrá de estructurar una fuerte crítica al uso de la violencia política en tiempos de la mazorca rosista y no tendrá empacho en criticar los abusos del aparato para-estatal, antecedente de la ideología del enemigo interno, del ejército de ocupación y de la obsesión por la anarquía.

Feinmann, tempranamente, en El mito del eterno fracaso, pide democracia para Rosas, no aprobación entusiasta de sus crímenes políticos, no contextualización de los excesos, sino condena de los horrores instrumentados por el Gaucho de los Cerrillos y recuperación de su rol como figura histórica defensora de la unidad y la soberanía nacionales.  Es cierto que (algunos de) los temas de análisis de Feinmann son los del revisionismo, pero eso no lo condena a ese incómodo vecindario, ya que lo que lo diferencia es su desinterés por establecer un panteón de héroes y villanos, simplificando la historia y reduciendo el debate histórico de ideas a un intercambio de acusaciones.

En todo caso, viendo el impacto de Filosofía y Nación en otros escritores, como en la obra de Nicolas Shumway[2], uno podría interpretar a la vocación feinminniana de analizar las ideas de la Argentina del siglo XIX, como un verdadero mapa intelectual de los registros nativos de las novedades europeas y el resultado de esas vanguardias en relación con las pautas culturales hispánicas precedentes, en tanto vocación de las élites políticas y culturales de fundar la Nación.

La formación intelectual, los campos de acción y las miradas de la obra de Feinmann son múltiples e impiden su reducción a espacios intelectuales preconcebidos. Uno de ellos es su curiosidad por la cultura popular, su entusiasmo en mostrar un costado folletinesco y  el uso de los artificios del pop para entender el despliegue de la razón instrumental.

De tal forma, su pasión por el cine de Hollywood ha sido combinada con un intenso buceo en las profundidades abisales de la filosofía existencialista, algo similar al producto híbrido inclasificable que combina su devoción por la música clásica y la interpretación del capitalismo a la luz de los grandes músicos.  Mucho antes que Slalov Zizek utilizara una lente lacaniana para entender a Hollywood[3], Feinmann buscó anudar dimensiones aparentemente desconexas de la realidad.  Como se ve, es un autor demasiado rico como para clasificarlo rápidamente. Incluso bajo la laxa etiqueta peronista-revisionista-hegeliana-marxista-sartriana.

Francamente, lo que aparece detrás de toda esta obsesión, este demérito y este entusiasmo por su exclusión, es cierto gorilismo intelectual, una vocación por la negación vinculada a la inercia de ciertos mecanismos de rechazo que circulan en la Argentina desde hace 50 años y de los cuales la obra de Feinmann no ha sido excluida.

Entre otras injusticias de la crítica, además de haber sido adjetivado como escritor populista, Feinmann ha sido confinado como cultor exclusivo del género policial.  Esa clasificación está lejos de constituir un insulto, pero deja afuera otras dimensiones de la obra feinminniana y olvida el rol de la literatura policial bajo ciertas circunstancias. La labor literaria de Feinmann fue inicialmente cultivada dentro de ese género durante la Dictadura, porque permite como ninguno discurrir sobre el estado de los lazos sociales sin adentrarse, aparentemente, en los ámbitos de la política, algo recomendable en ciertos regímenes de fuerza.

Pero la complejidad de la obra feinminniana aflora por todos lados: la novela El mandato deviene inclasificable para ese estereotipo. Feinmann explora allí el costado fascista de la sociedad, la impostura de la clase dirigente y, sobre todo, el inveterado machismo de la cultura patriarcal dominante.

Entrando y saliendo del registro privado y público de la historia, Feinmann demuestra como la impotencia oligárquica para generar una Nación deviene pulsión en controlar a la Argentina, en una cultura misógina y prepotente, fanática de las armas y la potencia viril. Esa cuestión del machismo y la dimensión física de cierta masculinidad, obsesionada por el tamaño y la virilidad, los juegos vigorosos y la potencia, son elementos presentes en otras obras del JPF, tal como en la descripción del asado filosófico en La Astucia de la Razón.

En definitiva, el aliento de la obra de Feinmann, así, deviene inclasificable, en tanto heterodoxa, en tanto cruza los límites de los géneros y aún de los productos culturales, haciendo cine al escribir narrativa, citando filosofía al hacer periodismo, usando un estilo folletinesco al explicar obras de filosofía.  Más que intertextualidad o vocación por saltar los bordes de los patrones creativos, JPF nos plantea una obra compleja como directa consecuencia de su multifacética formación intelectual, moldeada asimismo por los desatinos de la historia argentina contemporánea.

 

Eduardo Porretti

 



[1] Según la mirada de Rita de Grandis, a partir de un concepto de Tulio Halperín Dongui.  Nos sorprende esta cuestión de la legimitidad.  Nos preguntamos qué cualidad le otorga legitimidad a una escuela historiográfica, cursivas nuestras..

[2] Shumway, Nicolás. La invención de la Argentina. Historia de una idea. Emecé, Buenos Aires, 2002.

[3] Feinmann publica El mito del eterno fracaso (en el que usa a Sastre para entender a Jerry Lewis y a Marx para explicar el horror de Richard Widmark) en 1985, antes de que Slalov Zizek explicara la obsesión por la neurosis de ciertos personajes hollywoodenses con la ayuda de Jacques Lacan, en 1994.