Los usos de Feinmann - Obra Ensayística

Indice del artículo
Los usos de Feinmann
La Obra
Subjetividad y Creatividad
Obra Ensayística
Los Artificios Feinmannianos
El uso del horror
Recepción de su obra
Todas las páginas

Obra ensayística

Feinmann abreva en una larga tradición cultural argentina vinculada con la polémica pública, en textos que refieren a la relación entre la práctica política y la producción intelectual, generando su trabajo en los andariveles que pauta el ensayo, género que permite articular esos campos.

Si bien algunos de sus trabajos iniciales podrían vincularse primeramente con la agenda nacionalista, de cuño revisionista, la complejidad de su formación intelectual impide que el autor pueda ser clasificado como un historiador nacionalista y que su campo de análisis se remita sólo al clivaje Nación/Imperio.  Por otra parte, muy tempranamente, Feinmann tomaría distancia de los vicios del nacionalismo intelectual, abrazando la causa de la democracia y ampliando el espectro de su interés político y académico.

La reivindicación del Sujeto, elemento fundante de su veta novelística, estará presente también en su obra ensayística, especialmente en su producción más reciente, de forma particularmente visible en “La sangre derramada” y “La filosofía y el barro de la historia”.  Estos trabajos tendrán como eje constitutivo dar cuenta del desplazamiento del Sujeto y la difuminación de su rol en concepciones que -al deconstruir su papel- también pondrán en crisis todo el universo epistemológico montado sobre las Filosofías de la Historia y el decurso de la Razón como motor del progreso de la humanidad.

Sin embargo, la formación filosófica de Feinmann  -un hegelianismo heterodoxo con fuerte impronta sartriana- y  la vertebración de un paladar político ajeno a la demolición de las utopías, no impedirán en este autor una crítica lúcida a los excesos cometidos en nombre de la Razón y en la búsqueda de los paraísos provistos por la Modernidad.

Feinmann explorará en esos textos las consecuencias de edificar una paradójica mirada religiosa (en tanto fanática, entusiasta) de la Modernidad y el uso decimonónico de las utopías marxianas como formaciones históricas cerradas, incapaces de dialogar con las diferencias, de incorporar la cultura de la tolerancia al ADN de su programa político y tan enamorada del poder como cualquier otro proyecto político, tal como los conservadores.

Tanto los socialismos existentes durante el siglo XX como los intentos insurgentes de objetivos revolucionarios generaron así escaladas de violencia basadas en visiones totalizadoras de la política que, en la búsqueda de la eliminación radical de las causas de la injusticia social montaron mecanismos de prosecución del poder o de mantenimiento del mismo que negaron precisamente el componente humanista de las utopías socialistas modernizadoras en las que se basaron esos proyectos.

La búsqueda de la igualdad tendrá así serios problemas con la libertad y la contingencia, la lucha por la justicia abortará el derecho a la diferencia y los imperativos categóricos de los movimientos revolucionarios, exitosos o fracasados (tanto mientras sólo constituyen  movimientos insurgentes como cuando ya constituyen partidos obreros en el poder), verán cómo sus principios humanistas son reemplazados por visiones absolutistas de la mera conquista y el profesional ejercicio del poder político, igualando sus prácticas militantes y sus modelos sociales en el uso de los individuos como un medio para la realización de la utopía y no como un fin.

Esta parábola, sintetizada en la transfiguración del apasionado militante revolucionario devenido luego policía de la Revolución, ha ilustrado durante el siglo XX un patrón de comportamiento insurgente que muchas veces generó tradiciones basadas en el uso de la fuerza y la conquista y retención del poder.

Esta práctica política se logró deshumanizando al militante, al ciudadano común, al intelectual y al obrero, masificando la noción del Sujeto -y colectivizando su tamaño-, desnaturalizando la militancia política y confinando esa práctica al espacio de las armas, destruyendo el Sujeto que tanto intentaron preservar y justificando eternamente las respuestas de la reacción conservadora, en una escalada sangrienta en la que los actores políticos santificarán la sangre derramada por sus compañeros de causa.