Nunca robaremos un diamante en Tiffany’s

José Pablo Feinmann es filósofo, escritor, analista político y colaborador de Página/12. Las cuatro facetas se reúnen en este cuento inédito que pinta una Buenos Aires a tono con los aires de seguridad, tan de moda, en la que prolijos escuadrones de la muerte no han dejado ni un chorro, ni un vago, ni un mendigo suelto en las calles.

Créanme, la culpa fue del eclipse. Pensé: si el mundo se oscurece es para que yo encuentre la luz. Supongo que una frase así no habrá de enternecerlos. Está entre el teleteatro y el misticismo electrónico. Pero yo no quiero enternecerlos. Sólo quiero que no me maten. Por eso, hablo. 
El eclipse, decía. Nunca había visto uno. O sí, en una vieja película con Kathy Bates, basada en un cuento de Stephen King. ¿Leyeron a Stephen King? No importa. Durante esos días la policía había limpiado las calles. 

Con el avance del nuevo siglo, Buenos Aires se transformó en una de las capitales más seguras del mundo. Ustedes lo saben, bastó con formar dos o tres escuadrones de la muerte. Liquidaron a los delincuentes, a los vagos (que eran los que se quedaban sin trabajo y se tiraban a morir en los callejones), a los borrachos, a los drogadictos, a los sidosos, a las prostitutas, a los travestis y a todos los que no se vieran dignos de habitar la renacida Atenas del Plata. Al cabo, obedecían al mandato popular. Pocos habitantes como los de Buenos Aires piden orden y seguridad con tanta convicción. Esta vez lo habían logrado. Las calles estaban limpias, el tránsito ordenado y calmo, no había niños harapientos mendigando, hostigando la buena conciencia de los ciudadanos. Todo en orden. Menos yo. 
Sólo un par de semanas atrás me habían echado del diario. No les voy a decir de cuál. En verdad, es un dato que importa poco. Yo era cronista deportivo. El box fue la más temprana de mis pasiones (era el pibe bravo del barrio, era capaz de bajarles los dientes a todos y a cada uno de mis amigos o compañeros de escuela) y fue mi modo de vida y el contenido impecable de mi literatura. ¿O ustedes creen que no era sino eso, literatura, lo que yo escribía cuando narraba una pelea o cuando evocaba –en el gran estilo de un Hemingway del nuevo siglo– la gloria de Muhammad Ali en Zaire, donde le dio a Foreman una clase de boxeo y luego, también, le dio dos o tres golpes tan sublimes que lo acostaron sin retorno? Tal vez fuera un novelista frustrado. Pero era, sin apelación posible, un periodista que imponía una prosa seca, dura, tan exacta como un cross de él, ya saben de quién, de él, del único, del más grande, de Ali. Sin embargo, me echaron. Una modalidad de los tiempos. Dijeron que ya había pasado los cuarenta años, que había que abrir espacios a los más jóvenes y hasta se atrevieron a decir, injuriándome, que ya no escribía como antes, que llegaba tarde, que me iba temprano y, sobre todo, que bebía demasiado. Bebía, pero no demasiado. Canallas. Sólo querían librarse de mí. Deslizaron unos miserables dólares en mis manos indefensas y me dijeron adiós sin culpa ni compasión. Ese mismo día, no bien salí a la calle, no bien abandoné la redacción que me había cobijado durante veinte años, decidí robar el diamante.
El diamante estaba en la vidriera de Spinetto, ahí, ostensible, impúdico. Supongo que saben que Spinetto es una de las más exquisitas joyerías de esta ciudad monstruosa. Supongo que saben por qué el diamante estaba donde estaba, en la vidriera, sin nada que indicara su precio, tal vez porque no lo tenía o porque era tan elevado que hubiera sido una inelegancia exhibirlo, pues quien decide comprar un diamante así no se preocupa por el precio, está más allá de esa circunstancia cuantificable, vulgar, se preocupa por otras cosas, o por nada, porque ya nadie se preocupa por nada, razón por la cual –supongo que saben– el diamante estaba donde estaba, a la mano, en la vidriera, ostensible, impúdico, sin que nadie temiera que alguien se aventurara a robarlo, porque ya no había ladrones en Buenos Aires, porque estaban todos muertos o casi, y porque no surgían nuevos, ya que nadie se atrevía a incurrir en un oficio tan insalubre. A menos que ocurriera algo excepcional. A menos que el día se transformara en noche y una gran sombra cómplice se adueñara de la ciudad. Por eso, créanme: la culpa fue del eclipse. 
Era mediodía cuando salí de la redacción. Pude haberme sentido un hombre libre, pero no: me sentía una perfecta basura, un desecho social. Compré un diario, entré en un bar, pedí un café y empecé a leer. No leí mucho, no fue necesario. La gran noticia estaba en la primera plana y era la que yo necesitaba. Adivinaron, el eclipse. Sería a las cuatro de la tarde y duraría entre cinco y seis minutos. Una eternidad. No les digo que volví a creer en Dios porque les mentiría: nunca creí en Dios, y raro que uno crea otra vez en algo que nunca creyó. Sin embargo, cuando leí eso, lo del eclipse, casi me da por creer en El, en el de arriba. O casi me da por creer que por fin el maldito había decidido darme una buena mano. La ecuación eclipse-diamante estalló en mi cabeza. Todo estaba claro: a las cuatro menos cinco estaría frente a Spinetto; a las cuatro, en pleno eclipse, rompería la vidriera, agarraría el diamante y me perdería entre las intempestivas sombras de la ciudad. 
Almorcé unos tallarines al roquefort y bebí algo de vino. No mucho, los acontecimientos reclamaban lucidez. A las tres y media pasé frente a la vidriera y lo miré. Al diamante, digo. Era grande, sugería y provocaba. Parecía decirme: “Si me llevás, soy tuyo. Tu pasaporte a la felicidad. La puerta generosa de todos tus sueños”. Seguí de largo. Entré en un bar, pedí un café cargado y me puse a mirar por la ventana. Vean, no soy un paisajista. Les puedo narrar brillantemente un cross de Ali, un amague de Roberto Durán, una exquisitez de Sugar Ray Leonard. Pero no un paisaje. El cielo se tiñó de colores extravagantes. Parecía el fin del mundo, o el principio. Algo así. ¿Ustedes lo vieron, no? Cosa rara un eclipse. La luna se le atreve al sol, se le planta enfrente y lo compromete en un clinch bello y terrible. Ahora, la ciudad era una mancha súbita que se comía todo, lo confundía todo, lo permitía –me dije– todo. Crucé la calle, le di una apocalíptica patada a la vidriera, que se partió en pedazos, agarré el diamante y empecé a correr. (Desestimé, según habrán notado, usar un ladrillo, una piedra o una baldosa. Quise hacerlo yo. Quise ser yo el que abriera ese hueco estrepitoso en mi futuro.) Fue fácil. Si uno tiene a la Naturaleza, a Dios, al Cosmos de su parte, sería infame no robarse un diamante. No patear una vidriera, no tirarse a la pileta sin averiguar si abajo hay agua o está, como siempre estuvo, el cemento áspero de la derrota.
Curiosamente o no, las cosas se complicaron. Sonó una sirena. Se oyeron unos silbatos. Unas luces horadaron las sombras y yo me dije carajo, ni con el Universo y el buen Dios de mi lado puedo evitarme problemas. Porque sí, porque era un problema que dos policías, iluminándose con linternas y atronando con silbatos, estuvieran corriendo tras mis talones con el propósito –comprensible, lo reconozco– de arrestarme. Fui hábil. Entré en un callejón y corrí hasta el final, dispuesto a saltar la pared medianera y escabullirme por la otra calle. La sombra voraz del buen Dios seguía cubriéndolo todo. Hubo algo que no tuve en cuenta. El mucho alcohol y el exceso de nicotina de mi vida desordenada y bohemia frustraron mi exitoso deslizamiento hacia la pared medianera. Me dije: “Estos canas me alcanzan antes que pueda trepar. Me alcanzan y me revientan a tiros”. Me dije: “Tengo que entregarme”. Pero ahí, justamente ahí, fui más hábil que nunca. Escuchen, descubrí a un vago durmiendo contra la pared del callejón. Un pobre tipo. Un desecho humano. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y la boca obscenamente abierta. A sus pies, yacía una botella de ginebra barata, abominable, la cifra de su degradación infinita. Me dije: “Si no me salvo, ése soy yo dentro de tres o cuatro meses. Un cadáver viviente”. Saqué el diamante (lo había guardado en el bolsillo trasero de mi pantalón), me arrojé sobre el vago, abrí aún más su bocaza pestilente y con mi mano derecha –con violencia, con crueldad– hundí en ella el diamante. El vago tosió sordamente. Pero sólo eso. No consiguió expulsar el diamante, que quedó ahí, en esa boca obscena, seguro, aguardando que yo, su poseedor, su legítimo dueño (si uno se ha robado algo con osadía y talento es, sin más, su dueño, su legítimo dueño, su propietario inalienable) regresara a buscarlo. 
Salí del callejón y enfrenté a los dos policías. No eran de ningún escuadrón, no tenían ese brazalete amarillo y rojo. Pude verles la cara y ellos pudieron ver la mía por un motivo simple y, supongo, maravilloso: el eclipse había concluido. Uno era cetrino y tenía una gran nariz de la que surgían unos pelos gruesos y, diría, repugnantes. El otro tenía unos dientes largos, como de rata, y se mordisqueaba el labio inferior. Me dijeron por qué corrías idiota, te vamos a reventar a patadas, rompiste la vidriera de Spinetto y te llevaste un diamante, hablá infeliz o te venís con nosotros y te picaneamos hasta el próximo eclipse, o sea desde aquí a treinta años. No quiero incomodarlos con mi vanidad, no quiero pecar de inmodesto, pero estuve brillante. Les dije que había roto la vidriera porque el eclipse me había aterrorizado, porque quería meterme en alguna parte, porque no pude encontrar la puerta y entonces pateé la vidriera para poder entrar y cobijarme de la ira del Señor, ¿o ustedes no creen en la ira del Señor? El de la nariz peluda dijo que no, que no creía en la ira del Señor, que todo el mundo sabía, hasta los tarados como vos, dijo, que la oscuridad era por el eclipse y no por la ira del Señor. Dije que yo no sabía nada del eclipse, que leía poco los diarios, que andaba distraído, buscando trabajo y cuando vi que todo se ponía oscuro me quise morir, me asusté como el día en que vine al mundo y me metí de cabeza en el primer lugar que encontré, la vidriera de Spinetto, como ustedes saben, les dije, y también les dije que no lo había hecho para robar ningún diamante, porque ninguno había robado, y si ustedes creen que me robé alguno pueden revisarme nomás, no hay drama, no van a encontrar nada, juro que no tengo ningún diamante y si el diamante no está donde estaba se lo llevó otro porque yo no. Me preguntaron por qué había huido y (esto fue muy fácil) les dije que fue el miedo, me asusté tanto al romper la vidriera que salí como un tiro, creí que todo estallaba, que se acababa el mundo, porque si uno busca una puerta y se encuentra con una vidriera algo anda mal, ¿no? Pese a mi imaginación, pese a mi elocuencia, pese a mis dotes actorales y a mi serenidad ante el peligro, me esposaron, me metieron en el patrullero y me llevaron a la División Norte, que no sólo era la más cercana, sino la peor. Ahí te picanean antes de preguntarte el nombre. El de los largos dientes, esa rata escalofriante dijo: “Ahora vas a conocer la ira del Señor”. Tuve miedo.
Se metieron conmigo en una celda pequeña, blindada, construida –con la minuciosa sabiduría de la maldad– para el horror y el sufrimiento. Me dijeron no grités porque nadie te va a oír. “¿Por qué voy a gritar?”, dije. “Si soy inocente.” “No hay inocentes”, dijo la rata escalofriante. “Danos el diamante”, dijo el de la nariz peluda. Elevé mis brazos, me expuse ante ellos como un Cristo santo y puro: “Revísenme”, dije. Me revisaron. Supongo que no necesito decirlo: no encontraron nada. Supongo que lo saben y lo recuerdan: el diamante reposaba en las cavidades de la boca putrefacta del vago del callejón. Se miraron con cierta perplejidad. Y ahí, precisamente ahí, se escucharon los gritos que habrían de salvarme. 
Les explico: se habían desatado mil y un delitos en la caótica ciudad del eclipse, no había sido yo el único desdichado que había decidido utilizar las sombras del buen Dios para salir del tacho de basura, había delincuentes prófugos a lo largo y a lo ancho de la pulcra ciudad, de la reluciente y fanáticamente protegida Atenas del Plata. Los gritos de mi salvación me salvaron porque pedían refuerzos, porque el orden se había quebrado, porque todos los efectivos de la División Norte (la peor, la más cruel, te torturan para divertirse) eran requeridos para cacerías en las calles, porque, por primera vez en largos años, la policía estaba desbordada. “La ira del Señor”, pensé. El nariz peluda y el rata escalofriante abrieron la celda, dispuestos a salir, a obedecer los mandatos de sus jefes. El rata escalofriante me miró, me escupió, después miró al nariz peluda y dijo: “¿Y lo vamos a dejar así? ¿Sin hacerlo sufrirni un poco?” (Era su poético modo de preguntar: “¿Sin torturarlo? ¿Sin quemarlo con la picana?”) El nariz peluda me miró con odio, me dio un derechazo en la nariz, me escupió (en esto no fue original, ya lo había hecho el rata escalofriante) y dijo: “Te salvaste, hijo de puta”. Y se fueron. Nadie –puedo jurarlo– entró en una celda de la División Norte y zafó con sólo una trompada y un agravio convencional a la honorabilidad de su madre. Me embriagó una felicidad súbita y caliente. Ese día, éste, el del eclipse, era el mío.
Me limpié la sangre que corría desde mi nariz, me acomodé la corbata, me pasé una mano por el pelo y salí a la calle. Nadie me detuvo. La División Norte era un caos: gritos, órdenes, detenidos, amenazas, teléfonos, alarmas, todo perfecto para que mi salida fuera como fue, impecable, calma, como un buen ciudadano que sale de su casa para ir al cine o al supershopping. Por primera vez en mi vida, me sentí un hombre de bien. Sólo hasta que doblé la esquina. Aquí, asumí otra vez mi destino azaroso y empecé a correr hacia el callejón. Me gustan los destinos azarosos. 
¿Leyeron a Hemingway? No importa. Las calles estaban tranquilas, tanto como lo estaban desde hacía diez años. La cacería había terminado. Llegué al callejón. Entré. No había nadie. No estaba mi vago. No estaba mi diamante. No estaba mi futuro. Mi futuro y mi diamante estaban enterrados en la garganta del vago y el vago había desaparecido. Desde una ventana, una mujer me preguntó qué buscaba. “Busco al vago que había aquí”, dije. “Era mi hermano”, mentí. La mujer dijo se lo llevaron, vinieron los del escuadrón y se lo llevaron, usted sabe cómo son, se lo llevaron a él y a otros dos que se habían robado unas cervezas y una pizza. “A dónde”, pregunté. “Qué sé yo”, dijo. Cerró la ventana y, en seguida, como si se hubiera arrepentido, la abrió, asomó su cabeza y, casi piadosamente, dijo: “A los que agarran aquí se los llevan al Sector Punta Indio”. “Gracias”, dije. “Ojalá lo encuentre”, dijo. Y añadió: “Oiga, no es por preocuparlo, pero su hermano estaba muerto”. Sereno, sin alterarme pregunté si lo habían matado los del escuadrón. Dijo que no, que había muerto antes, que ella lo había visto, que estaba hinchado y todo morado, o como rojizo, horrible, vea. “Se pasan el día comiendo basura”, dijo. “Se habrá atragantado con algo”, dijo finalmente y cerró la ventana. Permanecí tieso durante un instante que tuvo algo de infinito, ya que mil ideas me acosaron. Mi vago estaba muerto. Se había atragantado con algo. Ese algo con que mi vago se había atragantado era mi diamante. El diamante que yo, exactamente yo, había hundido en su garganta. Conclusión: lo había asesinado. Conclusión: era, yo, exactamente yo, un asesino. Salí del callejón. 
Voy a confesarles algo: la idea de haber matado al vago no logró atormentarme. Era un vago y todos sabemos que un vago no es nada, es menos que nada, es un insecto, una cucaracha. ¿Alguien se siente culpable cuando liquida a una cucaracha? Ahora tenía que ir al Sector Punta Indio, encontrarlo, meter otra vez mi mano en su boca nauseabunda, extraer el diamante y cambiar de vida, irme del país, inventarme un destino majestuoso, qué joder. Eso era todo. Miré mi reloj: las cinco de la tarde. Pensé: tengo que llegar a Punta Indio al anochecer, que las sombras de la noche me protejan para recuperar el diamante, como el eclipse me protegió para robarlo. Faltaban tres horas, tenía que hacer algo, entretenerme durante dos. Caminé un par de cuadras y entré en un supershopping. Compraría un libro, me metería en un bar y leería algunas páginas. Ya lo saben, soy un buen lector y hasta, a veces, un literato. O eso creo. Me di de narices con una sección que tenía por nombre Literatura del siglo XX. Era un montón de viejos libros, de viejos libros olvidados. Ya lo dije, soy un periodista de deportes, soy un obstinado del box. O sea, me gustan los escritores duros: Hemingway, Steinbeck, Hammett, Bukowski. Pero no. No compré nada de ninguno de ellos. Un libro pequeño llamó mi atención. La metamorfosis, de Kafka. Lo abrí y leí la primera frase: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en sucama transformado en un monstruoso insecto”. ¡Qué modo de empezar un libro! ¡Qué perfección! Ni el cross de Ali a Foreman en Zaire. Además, supongo que lo habrán adivinado, me sentí Samsa: ese día, hoy, el del eclipse, era el de mi metamorfosis, sólo que yo no habría de transformarme en un monstruoso insecto sino en un ciudadano del mundo, en un hombre honorable, es decir, en un perfecto hijo de puta de estos bellos tiempos, forrado de guita hasta reventar. Compré el libro y me metí en un snack. Lo leí en un par de horas. Al terminarlo, la noche caía sobre la ciudad y un solo pensamiento castigaba mi cabeza: ir al Sector Punta Indio, ya, sin perder un solo instante más. Pagué y me subí a un ómnibus. 
Llegué cerca de las ocho de la noche. La fortuna me sonreía: la luna era escasa, débil. No sé si lo dije (creo que no): tenía una linterna. La había comprado en el supershopping. La linterna y la novela de Kafka, eso había comprado. Ahora era el turno de la linterna. Un gran cartel decía: Sector Punta Indio. Supongo que lo saben, pertenece al Primer Cuerpo de Ejército y es donde los escuadrones llevan la cosecha de cada día. No tenía miedo. Era como si estuviera recorriendo la trama de un destino irrefutable y triunfal. Me escurrí entre unos alambres y entré en el campo. La desolación era absoluta. Lejos, había una construcción de acero y cemento. Tenía un par de ventanas y una luz amarilla surgía de ellas. Lo supe en seguida: ahí estaban los tipos del escuadrón. Debería evitarlos si quería pasear mi pellejo por el ancho y cálido horizonte que me esperaba. 
Sin embargo, la tentación de verlos, de verificar que eran ellos, que sí, que ahí estaban, pudo más que cualquier cautela. Caminé hasta la construcción de acero y cemento, una caseta que era como un bunker, o como el gran ataúd de un vampiro. Miré a través de una de las ventanas. Sí, estaban ahí, tal como era previsible que estuvieran. Eran ellos: los hombres del escuadrón de la muerte, con sus brazaletes rojos y amarillos, con sus Itakas doradas. Pero la cosecha había terminado y algunos dormían. Otros jugaban a las cartas y otros comían una carne casi cruda, sangrienta hasta el espanto. Pude verlos: usaban anteojos negros (siempre usan anteojos negros, aun en medio de las sombras, si no usaran anteojos negros no serían hombres del escuadrón, serían personas, como cualquiera de nosotros, pero no, no son eso, personas, son hombres del escuadrón y usan anteojos negros), uno tenía un bigote negro, espeso, otro una gran verruga en medio de la frente, otro grandes dientes como el rata escalofriante, otro no usaba anteojos sino un parche negro en el ojo izquierdo, otro era muy pálido y muy delgado y a los otros no los vi o no quise verlos. Me alejé hacia el descampado.
Habría alrededor de diez bolsas de plástico negro. Era la cosecha roja de ese día. ¿Leyeron a Hammett? No importa. Prepárense, lo que viene no es agradable. No es, digo, agradable que un tipo se incline sobre unas bolsas de plástico negro que cobijan, cada una, un cadáver y, con minucia y frialdad, las empiece a abrir, a deslizar el cierre e iluminar la cara de esos desdichados cadáveres, buscando el único que desea encontrar. El primero tenía un perfecto orificio entre ceja y ceja y los ojos muy abiertos, como si lo hubieran sorprendido. El segundo no tenía nada, es decir, no tenía cara, era una masa informe, sanguinolenta. El tercero tenía la boca increíblemente abierta y un balazo en la garganta destrozada. El cuarto tampoco tenía nada, la impiedad de las Itakas había borrado cualquier cosa que alguna vez pudiera haber sido un rostro. El quinto era el mío. Era mi vago, mi cadáver, el cadáver que yo buscaba y donde estaban mi diamante y mi futuro. Tal como lo había dicho la mujer del callejón, se veía morado. Tenía, también, la boca enormemente abierta como el infeliz de la garganta destrozada. Insisto, sigan preparados. No creo que se asusten con estas cosas, pero el que avisa no es traidor: nada de lo que sigue es agradable. Comprendan, el diamante estaba enterrado en la garganta del vago y yo tenía que atraparlo. ¿O no estaba ahí, arriesgando mi vida, para eso? Me quité el saco, arremangué mi camisa (la manga derecha, ya que soy diestro, como Ali) y metí mi mano en la gargantadel vago. Hurgué durante un buen rato y nada. O el diamante no estaba o estaba más adentro. Con mis dos manos abrí su boca hasta hacerla sangrar y metí en ella, otra vez, mi mano. Llegué a tocar el diamante, pero no pude atraparlo. Como sea, me tranquilicé: estaba ahí. Le cerré la boca, me limpié la sangre con un pañuelo y empecé a golpearle el pecho. Suavemente, no. Fueron puñetazos feroces, tal vez desesperados; tal vez tenían la violencia y la desesperación que me provocaba –que sólo me podía provocar– la repentina, intolerable certeza de perder el diamante. 
Y entonces ocurrió algo maravilloso: el vago lanzó un eructo formidable y el diamante salió desde su boca buscando las estrellas. Cuando lo vi brillar en el aire, en lo alto, era una más, una estrella más, la más hermosa, lujuriosa, la más exorbitante de todas. Salté como un tigre joven y lo atrapé en el aire, porque sí, porque era mío, porque me lo había ganado, porque lo merecía. Durante un instante que, creo, estuvo fuera del tiempo, lo miré reposar en mi mano. Ahí estaba, por fin. Entonces ocurrió otro suceso maravilloso. Abominablemente maravilloso, abominablemente increíble. Entonces alguien dijo: “Dame ese diamante”. Era el vago. Estaba ahí. De pie. Respiraba. Estaba vivo. Estaba vivo y había dicho: “Dame ese diamante”. Y ahora se arrojaba sobre mí y sus manos buscaban mi garganta. Fue una pelea breve y desigual. Con el diamante en mi puño, le di el cross que Ali le diera a Foreman en Zaire. Curioso: había deseado durante años y años dar un golpe así y acababa de hacerlo. Algo hizo: ¡Crack! El vago trastabilló y cayó sobre su triste culo. Pero lo que había hecho ¡crack! no era su triste culo. Era el diamante. Abrí mi mano y lo miré: estaba pulverizado. Recordé eso que se dice de los diamantes, que son eternos. Pensé: si son eternos, esto es cualquier cosa pero no un diamante. “¿Dónde encontraste eso?”, preguntó, con decepción y fastidio, el vago. Dejé caer al suelo el polvo del diamante y le conté la verdad. Que lo había robado en la vidriera de Spinetto. El vago empezó a reír. (Le faltaban algunos dientes. Supongo que se los había quebrado yo, no con el cross, sino mientras buscaba el maldito diamante.) Empezó a reír y dijo que sólo a un idiota se le podía ocurrir que los de Spinetto habrían de poner un diamante verdadero en la vidriera. Aunque la ciudad estuviera segura, aunque la patrullaran los escuadrones de la muerte, jamás harían eso. Además –siguió diciendo mientras yo lo miraba entre el aturdimiento y un estupor cruel, lacerante–, los diamantes, los verdaderos diamantes no están en Spinetto, ni siquiera están en Buenos Aires, están en Tiffany’s. “Están en Tiffany’s”, dijo y por su modo de hablar no me pareció un vago como cualquier otro, cosa que no era, porque le pregunté y me dijo que era arquitecto, que llevaba dos años sin trabajo y lo había estragado el alcohol y se había convertido en eso que era, un vago, dijo, pero no un tarado como yo, dijo, porque él, él sí sabía que los diamantes no estaban en Spinetto sino en Tiffany’s, y que sólo era cuestión de ir hasta allí, hasta Nueva York, donde estaba Tiffany’s y robarse uno, uno de verdad y no una porquería como el que vos te robaste. Y entonces me dio una amistosa palmada en el hombro (si quieren mi impresión, creo que estaba un poco pirado) y dijo, alegremente dijo: “Dale, vamos a Nueva York. Vamos a robarnos un diamante en Tiffany’s”. Entonces los vi a ustedes. Y le dije: “Mirá, arquitecto, no creo que vaya a ser posible”.
Ustedes nos miraban con una inexpresividad helada. Estaban como están siempre: con los anteojos negros y las Itakas. Las Itakas dirigían sus miras mortales hacia nosotros, hacia mí y hacia el arquitecto. Estaba usted, el del parche negro en el ojo izquierdo. Usted, el de la gran verruga en medio de la frente. Usted, el de los grandes dientes como el rata escalofriante. Y usted, que es pálido y delgado, si me permite decirlo. Y el arquitecto los miró, los miró con soberbia, con un desdén demencial y dijo: “A mí me van a respetar, eh. Sépanlo, señores: yo soy un arquitecto, no un vago”. Fueron, claro, sus últimas palabras. Las balas lo pulverizaron tal como se pulverizara nuestro diamante. Cómo decirlo, desapareció de la realidad, nada de él quedó visible. Se lo merecía, desde luego. No se trata de ese modo a gente como ustedes. A ustedes hay que entretenerlos. Contarles historias, buenas historias. El que habla no muere. De aquí que les contara todo esto. Todo: el eclipse, el diamante, el robo, el vago en el callejón, los dos policías: el nariz peluda y el rata escalofriante, la mujer del callejón, tan buena y generosa ella, esa novela que me compré y leí, el viaje a Punta Indio, la búsqueda del diamante, el cross que le di al vago, todo, porque les conté todo, porque no dejé nada sin contarles, y yo hablaba y ustedes me miraban y yo pensaba me salvo, me salvo porque un buen narrador de historias siempre consigue que lo perdonen. ¿Leyeron Las mil y una noches? No importa. Lo que importa (lo que importa, digamos, para mí) es que ahora siguen mirándome igual que al principio, con esa inexpresividad helada, tan fea, tan agresiva, como si nada de todo cuanto les conté les hubiera interesado, o como si quisieran, no sé, matarme, reventarme como al vago, borrarme de la realidad, porque ahora, exactamente ahora, me apuntan con esas Itakas y creo, desdichadamente creo, que van a apretar el gatillo, y lo van a hacer con desprecio, o peor, con indiferencia, sí, me van a matar con indiferencia, apenas como quien pisa un insecto. ¿Leyeron a Kafka?

 


José Pablo Feinmann, Página12, 2004.

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