La novela en la encrucijada de la historia: una nueva lectura del "peronismo" en la narrativa argentina

La novela en la encrucijada de la historia:
una nueva lectura del "peronismo" en la narrativa argentina

María José Punte Universidad de Viena - Bajar archivo en pdf

 

Una antinomia de fuerte arraigo

La cuestión del peronismo ha abierto desde hace más de cincuenta años extensos debates y, como corolario de ellos, numerosos estudios e investigaciones. La preocupación por el tema ha dejado un saldo enorme de bibliografía, sin que por eso se hayan agotado las posibilidades de encontrar siempre nuevos aspectos para seguir estudiando. Frente a una casi abrumadora abundancia bibliográfica en diversos terrenos de las ciencias sociales, los estudios literarios presentan un desarrollo más que modesto. Sus aportes han resultado enriquecedores, pero sin llegar a ser sistemáticos o continuados. Se trató, en parte, de intentos aislados. En algunos casos, los análisis quedaron enquistados en contextos relacionados menos con el campo de la literatura que con factores de carácter extraliterario. Es decir, el peligro no tan latente de terminar atrapados por la cuestión política es uno de los fenómenos que se produjo con ciertos trabajos. Este hecho ha atentado contra una recepción de los discursos literarios adecuada a los recursos que les son propios. Una de las consecuencias es que se relegó en el camino aquello que concernía a la literatura. En una segunda instancia, también se puede comprobar que esta postura no ayudó a resolver en la arena correspondiente lo que atañía a los hechos históricos y a la situación política. Concretamente hablando, nos referimos a la intensa división que se originó en la sociedad argentina a partir de 1945, cuando surgió el peronismo, y que se tradujo en una escisión tan profunda como duradera: peronismo/antiperonismo.

La capacidad para entender la política en tanto que enfrentamiento, y como consecuencia, exclusión, es una de las características de la historia argentina que puede ser rastreada desde el comienzo mismo de la república. [1] El peronismo fue un momento más en esa historia. Esta constatación, que hoy en día puede ser vista con más claridad gracias a la distancia y a la luz de los hechos posteriores, había cedido entonces terreno ante las pasiones políticas. Los malos entendidos dejaron poco margen para superar la dinámica de la confrontación. La literatura participó también de este conflicto. Se alimentó de los sucesos y personajes, construyó su materia con aquello que agitaba las conciencias, reflejó las discusiones. Pero también las azuzó. Es decir, no fue tan sólo testigo de lo que pasaba, sino que tuvo su rol como emergente de un fenómeno que transformó a la cultura en su conjunto. Hay tres autores que se han ocupado del tema de manera recurrente. Los tres libros clásicos sobre el asunto son El peronismo en la literatura argentina de Ernesto Goldar, [2] El peronismo (1943- 1955) en la literatura argentina de Rodolfo Borello [3] y El habla de la ideología de Andrés Avellaneda. [4] Ernesto Goldar participó en un volumen dedicado al peronismo con un capítulo sobre literatura. [5] Por su parte, Borello fue desarrollando el tema a partir de artículos hasta que publicó el libro, que supuso una síntesis. Avellaneda inició su trabajo con una tesis de doctorado. [6] Vamos a detenernos un poco en estos tres aportes.

Los estudios literarios y sus bifurcaciones

El primer aspecto a observar es que los estudios que tratan explícitamente sobre peronismo y literatura se remiten a fines de la década de los 60 o comienzos de los 70. Es una reacción un poco tardía, si se piensa en el carácter "revulsivo" que tuvo el fenómeno político. La conmoción que produjo el peronismo en el terreno socio-político fue tan grande que en sus inicios la reflexión se abocó a discutir cuestiones en otras áreas más urgentes. Se necesitó un tiempo de reacomodación para que esos cambios se reflejaran en la literatura. A partir de 1955, cuando cae el gobierno de Perón, comienza el desarrollo de una intensa confrontación teórica, que abre un nuevo capítulo en la historia del peronismo. [7] El movimiento político que acababa de ser derrocado estimuló una profunda indagación acerca de la que sería su "naturaleza". La sociedad, y en particular la intelectualidad, necesitaban entender al régimen que de manera tan drástica había trastocado el mapa de valores argentinos, las jerarquías y las costumbres. En los años 70, el marco de discusión era otro, pero no menos intenso. Había cambiado de signo en un contexto tanto vernáculo como internacional que propiciaba la reflexión acerca de las particularidades nacionales. El peronismo, que había sido "maldecido" por el país burgués, volvía a entrar en escena para dar cuerpo a la "cuestión nacional".

El trabajo de Ernesto Goldar se inscribe dentro de este tipo de pensamiento. El autor toma como punto de partida la certeza de que el peronismo es la expresión de un movimiento nacional y popular, cuyas banderas clásicas, el lema de "independencia económica, soberanía política, justicia social", seguirían más vigentes que nunca. Desde esta lectura, realiza un paseo por la producción literaria de las décadas de los 50 y 60. Lleva a cabo una aproximación por temas (Perón, Evita, el 17 de octubre, etc.), que abarca un amplio espectro de obras de ese período, tanto de autores que apoyaron como que rechazaron al régimen. Su idea es recrear a través de los textos las vivencias y la atmósfera que reinó durante ese período histórico particular que va del 45 al 55. Afirma Goldar que "ello implica reconocer el enorme poder de la literatura para representar los hechos y los conflictos de la vida social como ellos se manifiestan en el espíritu y en la vida del hombre real; pero --y fundamentalmente-- reivindicando su especificidad fictiva". [8] Para concluir, realiza una clasificación de los autores de acuerdo con su pertenencia ideológica y política (derecha liberal, derecha nacionalista, pequeña burguesía liberal o de izquierda, fubismo, peronistas). El objetivo es separar a aquellos autores y obras que representen un paso adelante hacia una "nacionalización de la literatura". Por lo tanto, es evidente que la clasificación no va a estar exenta de un juicio de valor sobre las posiciones políticas adoptadas por los autores.

En una tesitura semejante se ubica el trabajo de Rodolfo Borello. El proceso que culminó con su libro se llevó a cabo entre 1969 y 1988, de acuerdo con declaraciones del autor al comenzar el prefacio. Borello adopta la metodología clasificatoria como criterio de organización de su texto, cuyos capítulos se dividen teniendo en cuenta la supuesta pertenencia ideológica de los autores. Por ejemplo, "La visión de la izquierda oficial" incluye a Andrés Rivera, Pablo Rivas, Bernardo Verbitsky, Rubén Benítez, Jorge Andrade, o "El realismo crítico" a Germán Rozenmacher y David Viñas. El problema de la vaguedad que implica esta clasificación se presenta con algunos autores que quedan sueltos (inclasificados/ -ables), como Manuel Gálvez; o agrupados de manera un poco arbitraria, tal el caso de Murena, Ernesto Sabato y Beatriz Guido. No es un criterio literario el que los reúne, sino una cuestión de clase, es decir su pertenencia a un determinado grupo social. Borello profundiza algo más que Goldar en el análisis interno de las novelas, pero es demasiado obvio que su visión de los textos se halla condicionada por la mirada política. El período tomado por Borello coincide en gran medida con el de Goldar, ya que estudia las novelas que fueron escritas entre los 50 y los 60. Hace una pequeña e interesante excepción al incluir la novela de Jorge Andrade, Proyección..., publicada en 1987. [9] Lo que distingue el texto de Borello con respecto al de Goldar es su posición ideológica. Queda muy claro que Borello se incluye dentro del grupo de intelectuales que se opuso al peronismo. Sus páginas dejan deslizar innumerables críticas a este movimiento, que se concentran en el período histórico mencionado en el título: 1943-1955.

Podemos resumir diciendo que estos dos autores ejemplifican uno de los problemas que presenta el tema del peronismo, a saber, la división en dos bandos opositores. Trasladan este conflicto al campo de la literatura, a la que obligan a ceñirse a un determinado marco ideológico. Se expresan mediante una retórica que no deja lugar a dudas acerca de ese marco. En el caso de Goldar, es fuertemente "setentista", mientras que la de Borello denota la línea liberal antiperonista que la intelectualidad adopta desde 1943. [10] Una de las conclusiones que parece deducirse de estos aportes es la convicción de que como el peronismo no contó con el apoyo de la mayoría de los intelectuales del momento, sino más bien con su rechazo, padeció de una ausencia completa de base intelectual. Borello adjudica esta falla a la desconfianza de Perón hacia los intelectuales, que lo llevó a dejar las áreas culturales en manos del "clericalismo católico" más reaccionario y los "segundones" del mundo de las letras. Le achaca un "reclutamiento de los intelectuales no sobre la base de su calidad o su capacidad concretas, sino a partir de su obediencia y su aceptación indiscriminada del movimiento y una regimentación adulona y acrítica". [11]

Goldar, por su parte, da una lista de escritores que de alguna u otra manera apoyaron al peronismo, de la cual se puede detectar sobre todo una curiosa heterogeneidad. Se encuentra bastante extendida la idea de que el régimen de Perón a lo sumo obtuvo sostén de autores provenientes del nacionalismo católico, como por ejemplo Leopoldo Marechal, a quien ni Borello ni Goldar incluyen en sus estudios, a pesar de la significación posterior de su obra. Estos dos factores, una mayoría intelectual disidente y una carencia de proyecto propio, son indiscutibles; pero no totalmente descriptivos de lo que fue este movimiento, y mucho menos de lo que significó para el mundo de la cultura. Quedan algunos temas pendientes.

El tercer trabajo mencionado, el de Andrés Avellaneda, logra, en cambio, colocarse en un lugar por afuera de esta dicotomía. En su tesis de doctorado, que lleva la misma fecha que el libro de Goldar (1973), el punto de partida es la preocupación por priorizar los aspectos formales del género, por ejemplo, el rol que toma el contenido temático (central o secundario) o el cauce formal que sigue. Elige un número más delimitado de autores y se concentra en cada uno de ellos. Divide el corpus de acuerdo con el momento de la escritura o publicación, de lo que devienen dos grupos principales: publicado durante el peronismo en el poder, o a partir de su derrocamiento. Hay un segundo eje de análisis que tiene que ver con la ideología de los autores tratados, pero es utilizado con el fin de trazar un cuadro de la época, en la dirección opuesta. Es decir, desde el texto y como consecuencia de las elecciones formales. La postura política asumida por los escritores es un dato a considerar, pero no conduce a conclusiones de ningún tipo en lo que concierne al valor de los textos. El autor comprueba que las diferencias generacionales se manifiestan en las obras e implican cambios con respecto al hecho político. Tras un recorrido por este grupo de características diversas, llega a sintetizar en un determinado núcleo de sentido la dirección de las elecciones formales de los escritores: "El concepto de invasión prácticamente define y caracteriza el tema del peronismo en la narrativa argentina, y expresa en la superestructura literaria un sentimiento clasista profundamente arraigado en los estratos medios a lo largo de la década del cuarenta y del cincuenta, racionalizado y expresado en diferentes niveles: el chiste político, el discurso partidista, la semántica, los hábitos, etc.". [12] La tesis central afirma que se generó en el ámbito de la literatura un modo de "réplica literaria", consecuencia de un determinado aparato ideológico. Este aparato se hallaba preexistente y se manifestó mediante un equipamiento expresivo específico. El núcleo semántico fundamental estaba dado por la mencionada imagen de la "invasión". [13]

Diez años después, Avellaneda publica El habla de la ideología. En esta obra, redondea aún más la idea de la "réplica literaria" que se da como reacción ante el fenómeno del peronismo. Ciñe su cotejo a cinco autores representativos del establishment literario y cultural de ese período: Martínez Estrada, Anderson Imbert, Borges, Bioy Casares y Cortázar. A pesar de las diferencias de edad, formación y perfil literario, todos son integrantes de un grupo que sostuvo por esos años un determinado proyecto cultural, identificado con la revista Sur. Eran escritores que se definían por su oposición al régimen. Avellaneda comprueba que la ideología de estos autores no se expresa de manera directa o mediante actos políticos concretos, sino a través de lenguajes, que más tenían que ver con discursos no literarios. Es decir, circulaba a modo de respuesta cultural, en particular de la clase media y sus sectores más ilustrados, un sistema de sentidos que reflejaba la percepción del fenómeno histórico-social por parte de esos grupos: "La réplica ideológica que estas obras representan, entonces, se organiza en el doble plano del discurso literario y no literario, en la intersección de una producción de significado llevada a cabo en la serie literaria con otra realizada en la serie social". [14]

Avellaneda busca delinear a partir del análisis de estos textos una "especie de poética de la respuesta grupal". [15] El proceso de desorientación y reajuste del sistema expresivo de los escritores se dio de manera paralela y análoga a las conductas de la clase media. Avellaneda sostiene que por fuera de los textos literarios hubo un espacio generador de sentido, que se expresaba a través de oposiciones (civilización/ barbarie, silencio/ ruido, armonía/ confusión). A partir de rasgos de habla o situaciones específicas de discurso, se fue organizando una "gramática o código". Una de las consecuencias que se desprende de este estudio es el carácter ideológico de los textos ficcionales que se escriben durante el período analizado. Los textos contribuyeron a configurar el fenómeno político, en la medida en que dieron cuerpo a representaciones que circulaban en la sociedad. Al darle cuerpo, le dieron también realidad. Esta línea de interpretación que Avellaneda rastrea en la literatura se orienta en la misma dirección que las ideas expuestas por Shumway en su libro acerca de las corrientes ideológicas en el siglo XIX, y que Neiburg retoma en su texto sobre las lecturas del peronismo hechas por los intelectuales, quien incluso utiliza el término "invención", con lo cual parece denotar la continuidad con el trabajo del autor norteamericano. Todas estas investigaciones confluyen en la exégesis que va a seguir a continuación, de una etapa más reciente en la narrativa argentina.

El estado de las cosas

Éste es el punto al que se había llegado al abrir la década de los 90. En general, han aparecido búsquedas aisladas más que investigaciones sistemáticas. La década de los 80 se había concentrado especialmente en la cuestión de la violencia política, la dictadura y todos aquellos aspectos relacionados con el período del que se acababa de salir. Implicó una revisión profunda, que dejó como saldo muchas publicaciones de carácter fundamental. [16] A pesar de su persistencia en la arena política, el peronismo era el gran ausente en estos estudios. El retorno se fue dando de modo paulatino, con un interés generado alrededor de la eclosión de una figura que antes no había adquirido tanta centralidad: Eva Perón. En realidad, Eva Perón fue abordada por la literatura de manera más o menos tardía. [17] Los aportes críticos mencionados en el punto anterior casi no la incluyen como tema (con excepción de Goldar, que se refiere a las poesías dedicadas a Eva y a su texto La razón de mi vida). En los 90, en cambio, Eva monopoliza la atención. Alrededor de la publicación de dos novelas que la tienen como protagonista, se desata un interés frenético hacia la que fuera la segunda esposa del legendario conductor del movimiento, Juan Domingo Perón. Las novelas son La pasión según Eva (1994) de Abel Posse y Santa Evita (1995) de Tomás Eloy Martínez, que aparecieron para la misma época. En la segunda mitad de la década de los 90, el cúmulo de publicaciones dedicadas a Eva Perón se multiplicó confirmando la frase apócrifa, que la imaginaba retornando bajo la especie de los "millones". Como es posible imaginar, fue "esa mujer" quien acaparó la escena, además de los escenarios (mediante el éxito sostenido de la ópera-rock de Lloyd Webber y diversos proyectos fílmicos, algunos de gran repercusión, escoltados por enormes campañas de marketing). La revisión de un personaje histórico de la talla de Eva Perón se encontraba muy acorde con el espíritu de los tiempos y con una nueva versión del peronismo.

Esto puede ser visto a la luz de dos interpretaciones. Por un lado, Eva había corporizado durante el primer peronismo (el que va desde 1946 hasta 1951) una forma inédita de hacer política, que aunaba la poderosa acción de los emergentes medios de comunicación con la movilización de masas y su consiguiente integración a la vida política. [18] La utilización de la allure de Eva, que provenía en parte de su carrera de actriz, jugó un papel decisivo para la puesta en escena del peronismo. Luego de su muerte (período que va de 1952 a 1955), el régimen entra en otra etapa, en la que la escenificación se muestra de modo más patente, y en la que el cuerpo muerto de Eva es un componente central (piénsese en el embalsamamiento del cadáver y los planes para construir un monumento faraónico a su memoria). Este aspecto encuentra eco en los 90, en lo que dio en llamarse la "farandulización" de la política argentina.

El presidente Carlos Menem, que dio un giro de ciento ochenta grados al movimiento, usó conscientemente la conexión entre el mundo del espectáculo, los deportes y la política. Un aspecto, menos evidente, tiene que ver con la otra cara de la moneda del vuelco dado por el menemismo. Se trata de la política clásica del peronismo en lo concerniente a sus tres pilares básicos: justicia social, independencia económica y soberanía política. El menemismo representa el vaciamiento de estos tres ejes. El nuevo credo pasa a ser una ideología de corte netamente neo-liberal. Los flamantes slogans son la apertura de los mercados, las privatizaciones, las relaciones exteriores orientadas hacia los Estados Unidos, pero sobre todo, un modo distinto de distribuir la riqueza. En ese contexto se trae a colación a una Evita que de arrastre viene con cierta imagen de ella construida en los 70. Es la Evita justiciera, más radical que Perón en sus consignas, la que escribió el texto Mi mensaje, la que "si viviera, sería montonera". Durante la última década se discutió mucho sobre las una y mil Evitas, generando una versión caleidoscópica que nunca termina de cerrar. En el camino quedaron no sólo los jirones de su vida, o su vida hecha jirones. Se obnubilaron otros aspectos del peronismo que fueron de crucial importancia: procesos, personas, facetas, que ayudarían enormemente a entender la accidentada historia de este movimiento político clave para la vida de los argentinos.

Seis novelas toman la palabra

El tema del peronismo ha interesado a los escritores desde el momento mismo de su surgimiento, en 1945. Son muchos los textos en los que se realiza una confrontación directa y explícita. Otros, en cambio, retoman ciertas imágenes de fuerte valor simbólico, que sirven para crear nuevas metáforas o alegorías. El hecho histórico en sí se ha presentado como fuente de conflictos para la sociedad, y las novelas buscan expresar esa crisis. El encuentro entre historia y ficción produce una dinámica de carácter triple. [19] Si se atiende a la estructura de la temporalidad, configurada de acuerdo con tres momentos, el presente, el pasado y el futuro, es posible distinguir funciones correspondientes que vertebran la estructura de todo relato. Remitido al pasado, el objetivo de todo texto consiste en fijar en la memoria los hechos pretéritos. Se escribe para no olvidar. La relación con el presente puede apuntar a describirlo. Pero, y esto es más plausible en relación con la ficción, también a cuestionarlo y a mostrar una alternativa. El objetivo en este caso es realizar una crítica que subvierta un orden considerado injusto. Por último, el futuro conduce a la instancia de la utopía. Es decir, aquello que no existe pero sirve como parámetro para expresar lo que se considera el ideal, a fin de modelar el presente. Contribuye a esbozar un horizonte alternativo. Esta triple dimensión va a estar presente en los planteos que se hace la ficción cuando se enfrenta con la historia.

Lo característico de la década de los 80 es que se retoma la temática del peronismo en un intento de superar la mencionada categorización ideológica, organizada alrededor de oposiciones irreductibles. No se trata ya de escribir "a favor" o "en contra". De hecho, se cuestiona la famosa dicotomía civilización y barbarie, que no sólo dio forma a ciertas corrientes ideológicas, sino que también acuñó la percepción que la sociedad argentina tuvo, y aún tiene, de sí misma. Si tomamos la totalidad de novelas que trabajan el tema del peronismo dentro del marco de este período, resulta inaplicable establecer un criterio de clasificación que culmine en una síntesis. No parece posible hablar de algún tipo de constante en relación con el tema del peronismo. Lo que la década tal vez tenga como rasgo sobresaliente es la necesidad de confrontarse con la historia, a fin de cuestionar los discursos hegemónicos. Esto implica la búsqueda de una perspectiva múltiple. Desde el punto de vista formal, a partir de los 80 se puede constatar la ruptura de un concepto lineal de tiempo y espacio y la fragmentación del discurso narrativo. Además se destaca como significativa la utilización de una gran variedad de recursos, que van desde la parodia hasta el grotesco. Dicha recurrencia es el resultado de la asimilación de las más variadas expresiones de la cultura popular, y evidencia la inserción de los medios masivos de comunicación en el discurso literario.

El panorama es demasiado extenso y ciertamente muy variado. En nuestro trabajo ha sido útil la confrontación de un grupo acotado de obras, para lo cual nos hemos propuesto un criterio más bien estricto de selección. Hemos confrontado seis novelas que, de alguna manera, permiten obtener una visión del desarrollo que cumplió el peronismo a lo largo de medio siglo. [20] Estas novelas son muy distintas entre sí, y en principio sólo las hemos unificado en virtud del hilo conductor del tema "peronismo". Podemos comprobar que se da un "diálogo entre novelas", porque es factible seguir a través de ellas una cierta preocupación por hacer una reflexión acerca del movimiento político. En todos los casos, supone realizar una crítica, que apunta a tratar de entender el fenómeno en lo que tuvo tanto de negativo como de positivo. También se encuentra presente el imperativo de entender la historia.

Abriendo la década, encontramos la novela del dramaturgo y novelista Carlos Gorostiza, Cuerpos presentes (1981). Este texto utiliza la figura de Juan Perón para realizar una alegoría de la política argentina, a la que se interpreta desde su tendencia al paternalismo y a la exaltación enfermiza de los próceres. La anécdota, a pesar de esta proyección sobre el terreno nacional, se centra en una familia de la clase media porteña, los Vieyra. Su problemática sirve para trazar un paralelo con la historia del país, desde el cual se construye la mencionada alegoría. La novela despliega dos líneas narrativas. En la primera se cuenta la vida de los Vieyra a través de tres generaciones, centrada en la figura de Homero, quien constituye la segunda generación. El conflicto radica en el peso excesivo del padre de Homero, Marcelino, un pintor reconocido. Homero se siente incapaz de realizar su vocación y de desarrollar una vida autónoma. No logra resolver su relación con el padre, un lazo marcado por el autoritarismo, la incomunicación y la falta de reconocimiento. La agobiante gravitación que tiene la vida de Marcelino sobre su hijo aparece simbolizada en el tema de la herencia, básicamente los cuadros que el padre pinta y el hijo hereda. La segunda línea narrativa se concentra en el día de la muerte de Homero, el 1o de julio de 1974 (día de la muerte de Perón), y sus tres hijos tienen que realizar el duelo. El gesto de velar implica reconstruir la imagen dispersa del padre, juntando las versiones que los tres hermanos poseen por separado. El personaje de Juan Perón sirve para trasladar al plano de la historia nacional este conflicto generacional, ya que a él se le adjudicó en la política el rol de padre. Gorostiza plantea la necesidad de que la sociedad argentina se desprenda de estas figuras paternas tan dominantes. Ellas se manifiestan bajo la forma de los gobiernos totalitarios que desfilaron por la historia del siglo XX, así como también en las sombras de los héroes del pasado. Mediante la novela, se invita a hacer el duelo, para por fin enterrar a los muertos.

La idea de independizar a la política argentina de las imágenes en las que cristalizó el peronismo también está en la obra de Luisa Valenzuela, Cola de lagartija (1983). Fue publicada justo en el año de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, en las que pierde el peronismo. Cola de lagartija realiza una parodia de la figura de López Rega, que representa el ala de la ultraderecha dentro del partido. En esa parodia, la autora se propone desentrañar los mecanismos de un poder omnímodo, que se regodea en la destrucción y no conoce ningún tipo de escrúpulos. Este tema es llevado al paroxismo en el personaje excesivo del que fuera secretario de Perón, Ministro de Acción Social en su tercer gobierno y organizador del grupo represor llamado "Triple A". En realidad la parodia se refiere a la última dictadura militar. Sobre todo, se cuestiona la estructura de este tipo de poder, resultado de una tradición logocéntrica y que, según Valenzuela, está en la base de todo gobierno autoritario. Su fundamento es un orden totalitario, excluyente de las diferencias, y por lo tanto marginalizador. El peronismo aparece como fijado a imágenes del pasado, a la mistificación de sus figuras fundamentales (Perón y Evita), aferrado al culto fetichista de estas imágenes. Por otro lado, se destaca como positivo el carácter movilizador de masas y una cierta fuerza actuante que defiende consignas de justicia social. Luisa Valenzuela indaga a través de esta novela en los dispositivos que hicieron posible la instauración de la última dictadura. Si bien se sirve de la imagen carnavalesca de López Rega, la utiliza como máscara para poner al desnudo mediante la ficción las motivaciones de un gobierno que recurre a la persecución y al crimen para ahogar toda disidencia.

La dictadura y sus motivos son el tema de la novela de José Pablo Feinmann, La astucia de la razón (1990), que cierra la década. El relato se centra en Pablo Epstein, a lo largo de dos líneas narrativas. Una transcurre en una noche de 1965, cuando Pablo todavía es un estudiante de filosofía con toda la vida "por delante". Su único objetivo es convertirse en un filósofo especialista en Hegel. La otra consiste en momentos de su terapia psicoanalítica, a la que debe someterse como consecuencia de su estado actual de neurosis y que comienza en 1979. La novela de Feinmann juega con tres planos discursivos que se entrelazan. Por un lado, tiene lugar la terapia del personaje, necesaria no sólo por la enfermedad psíquica (provocada en parte como consecuencia del trauma que le produce la dictadura de Videla, cuya amenaza es real y no sólo simbólica), sino también porque ha sufrido la extirpación de un cáncer de testículo. La enfermedad, por lo tanto, es metáfora. Feinmann cuestiona el discurso de la dictadura militar que usó y abusó de esta imagen, porque se sirvió de ella para justificar discursivamente su accionar. Por otro lado, la obra despliega una argumentación filosófica, no sólo en la discusión de Pablo y sus amigos durante una noche de 1965, sino también a través de los planteos de la filosofía latinoamericana que toman cuerpo de relato en el texto. En el centro de ese relato se coloca el peronismo, como expresión de la búsqueda de esa filosofía. Pero no cualquier peronismo, sino el representado por la figura de John William Cooke. Este personaje fue uno de sus ideólogos, y encarnó una posibilidad revolucionaria dentro del movimiento. La tercera línea tiene que ver con la historia. Feinmann cuestiona la vertiente ideológica liberal, cuya figura es evocada a través de Mitre. A ésta, opone una vertiente popular, encarnada por los caudillos, y que es retomada por ciertos sectores del peronismo. La tesis de la novela plantea que la filosofía latinoamericana constituye la búsqueda de un modo de pensamiento propio, necesario para comprender la realidad particular de América Latina. El peronismo constituiría en Argentina la forma en que esa búsqueda se da como respuesta política a la situación del país.

La dictadura anudada al cuestionamiento de la vertiente liberal aparece, a su vez, en la obra El día que mataron a Cafiero (1987), de Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsky. Estos dos autores elaboran un policial político. Aparecen los típicos elementos del género (el crimen, un plan, una víctima, victimarios) escenificados en la historia argentina reciente. El crimen en sí es la única ficción en la obra. Los hechos que conforman la trama como antecedentes del crimen son bastante reconocibles: la represión durante la dictadura, la guerra de Malvinas, los levantamientos de los militares "carapintadas" durante el gobierno de Alfonsín y la recomposición del peronismo en el 87. Este movimiento está representado en la novela por el político Antonio Cafiero, que a mediados de los 80 formaba parte de la tendencia del Peronismo Renovador. Se planteaba como alternativa al gobierno de Raúl Alfonsín y como rescate de los aspectos clásicos del peronismo, pero dejando de lado su costado más retrógrado. Intentaba ser un peronismo sin Perón, que recordaba las ideas básicas de justicia social, independencia económica y soberanía política. Los dos autores de la novela analizan las posibilidades de un peronismo renovado, a la par que critican una tendencia liberal en política, arraigada en la historia argentina. Por eso es que retoman también la figura de Mitre, trazando una línea con la última dictadura.

Esta vertiente liberal que venimos mencionando es la que cuajó en el proyecto de la Generación del 80 y que se tradujo en la modernización del país. La irrupción del peronismo en escena puso en evidencia que este proyecto excluía a amplios sectores de sus beneficios. O que no contemplaba la complejidad de la sociedad, tras una pretensión de unidad bajo la consigna de "civilización". Varias de las novelas adjudican el fracaso de las últimas décadas de historia argentina a esta versión parcializada de la política. También es, en parte, la temática de la novela de Jorge Andrade, Proyección en 8 mm y blanco y negro, durante una reunión de familia, un sábado a la tarde (1987). Esta obra se concentra en el momento de surgimiento del peronismo, entre 1943 y 1945. Le interesa sobre todo retratar la reacción de la pequeña burguesía ante la aparición de este elemento nuevo e inesperado de la política. Lo hace a través del relato de un niño, Celeste. La narración se presenta como su apertura a un nivel de cognición despierto del mundo: el niño sale de su universo cerrado e intemporal, para entrar a la conciencia del ser-para-la-muerte. Mediante esta concepción que corporiza el niño, se quita todo acento trágico al hecho del cambio y el devenir, ya que se los incluye a ambos como aspectos inseparables de la existencia. Lo mismo se plantea acerca del peronismo, porque se lo muestra como un momento de cambio inevitable en la vida del país. El texto de Andrade se encarga de poner en duda muchas de las concepciones que cierto discurso propuso del peronismo, y que tienen que ver con la imagen de invasión, tal como la describe Avellaneda. Lo hace retratando una época ya clausurada, de la cual sólo quedan recuerdos borrosos. Pero rescata una trama compleja de memorias, en sus aspectos tanto positivos como negativos.

La idea de recuperar una época también moviliza el relato de Martín Caparrós, quien en No velas a tus muertos (1986) se encarga de dar voz (casi en el sentido literal de la expresión) a varios personajes que experimentaron el peronismo de los años 70. Sus protagonistas, Carlos, Estela y Hernán, representan a los militantes de la izquierda peronista, que vivieron una época muy intensa y violenta, se jugaron por un ideal y pagaron con la vida. El peronismo fue a los ojos de esta generación el punto de partida para llevar a cabo una revolución. La frontera entre vida privada y militancia política desaparece por completo en la cotidianeidad de estos jóvenes, que encuentran el sentido de la vida en el compromiso con la sociedad. Cada uno a su manera y con sus limitaciones, se lanza a una obra utópica. Se enfrentan con las dudas que les impone una entrega casi incuestionada a esa tarea. Los tres son paradigmas de lo que fue la "juventud maravillosa", tal como la llamó Perón, y que vivió de manera particular el conflicto con la figura del líder. Provenían de la clase media, que se sintió por primera vez ligada a la lucha de los trabajadores mediante la militancia. En esta novela aparece tematizada la división dentro del peronismo entre un ala de derecha y una de izquierda, el consiguiente enfrentamiento entre la juventud y Perón, y la situación que fuera la antesala de la dictadura militar.

Algunas conclusiones

Como es posible observar a través de esta rápida ojeada a seis novelas escritas durante la década de los 80, la temática se presenta como diversificada. El peronismo muestra varios de sus muchos rostros, en un vaivén que puede llegar a parecer vertiginoso: John William Cooke, José López Rega, la Juventud Peronista, Cafiero. El protagonismo se traslada incluso a otros, apartando de la escena por un momento a los dos grandes personajes, Evita y Perón. Sin embargo, podemos comprobar la existencia de un núcleo que constituye la preocupación central. La recurrencia a la historia pone al descubierto la necesidad de cuestionar ciertas verdades tenidas por establecidas. Lo que primero queda desmontado es el discurso de civilización y barbarie que había servido para interpretar al peronismo, y que parecía establecer una continuidad entre el siglo XIX y el XX. El tema de la invasión que analiza Avellaneda tampoco está presente, a menos que aparezca para ser puesto en duda. Varias de las novelas mencionadas vuelven la mirada a ese pasado para constatar que se trata de una visión ideológica de la historia. También se indaga en el pasado reciente, la dictadura que apenas se dejó atrás, para encontrar que es allí donde puede localizarse la barbarie, si es que se la busca en algún lado.

Tal vez haya sido el cambio de óptica, la búsqueda de un lugar nuevo desde donde analizar la experiencia vivida, lo que coloca al peronismo en un rol distinto. No sólo se trata de un papel más acotado, ya que a la luz de lo vivido la historia ha adquirido nuevas proporciones. Es que han sido cuestionadas las bases más profundas de la sociedad [21] . El peronismo es mostrado en primer lugar como parte de un proceso histórico que era tan inevitable como necesario (Proyección...). No significó un Apocalipsis, aunque por cierto su aparición supuso el fin de una época. Desde otra perspectiva, la que da Gorostiza en Cuerpos presentes, el peronismo, si bien dominó la política argentina desde su surgimiento y lanzó una sombra ominosa indudable, de alguna manera vino a provocar la exacerbación de tendencias que estaban presentes antes, de largo arraigo. Caparrós ofrece una imagen que por un lado muestra divisiones extremas, generadoras de una gran violencia. Pero asimismo da cuenta del carácter festivo del movimiento, de su vitalidad, y la capacidad para integrar más de un proyecto. El peronismo aparece en su obra a partir de la problemática del "trasvasamiento", el cambio generacional y las confrontaciones que surgen de ahí. Ese peronismo es el que recupera Feinmann, la posibilidad de una visión alternativa de la política, rescatable a la hora de construir una sociedad más justa. Es un peronismo joven y revolucionario. La antítesis de esto es lo que desnuda Luisa Valenzuela, que se concentra en la barbarie del poder. Cuestiona al peronismo por su participación en esto, y no deja pasar ninguno de sus vicios: la fetichización de la doctrina, el dogma, el culto a la personalidad. A su vez lo muestra como el lado oscuro de la política, por lo tanto no privativo del peronismo. El lado oscuro de la política es también el tema de la novela de Sáenz y Joselovsky. En un estilo muy cercano al periodismo, estos autores recurren a la ficción para debatir cuestiones muy acuciantes. Se trataba de las dificultades que debía afrontar el proceso de democratización y el rol del peronismo en esa transformación.

La paleta de temas y estilos es muy amplia. Pero, en definitiva, el objetivo de esta novelística.