Página12 - 6 de octubre de 2009
TRES ENFOQUES SOBRE “FILOSOFIA POLITICA DE UNA OBSTINACION ARGENTINA”

Alrededor de la historia del peronismo

Por Rafael Cullen

 

Sr. Director:

En el suplemento especial Nº 52 sobre peronismo, bajo el subtítulo: “José Luis Nell del Policlínico al suicidio”, José Pablo Feinmann hace referencia a la trayectoria política de mi cuñado José Luis Nell y menciona a mi hermana Lucía Cullen. Me considero con derecho a una réplica frente a importantes omisiones que falsifican los hechos que se mencionan. Feinmann afirma que “muchos jóvenes expresaron su rechazo a lo establecido por medio del odio fascista. Cierto es que hay que engañarse mucho para creer que el odio fascista implica un rechazo a lo establecido”. Menciona luego el “racismo antisemita” y la “fascinación por la violencia” y que “existía en la mayoría de ellos un factor de clase”. A renglón seguido dice: “La aparición espectacular de Tacuara” y relata partes del asalto al Policlínico Bancario realizado en agosto de 1963, donde Nell mata a dos trabajadores al disparar su metralleta.

Luego habla de la película que llevó al cine ese trágico suceso y afirma: “A Nell se lo describe como ‘un muchacho provinciano, miembro de un grupo terrorista de ultraderecha’. Es Alfredo Alcón (...) los que hicieron la película estaban bien documentados”. Veamos si esto es cierto. Feinmann también dice que mi cuñado es un caso excepcional de cambio político-ideológico, pero no aporta nada para sustentar esa afirmación. Entonces queda establecido que puede ser un joven de familia dueña de tierras perteneciente a un grupo de ultraderecha. Ambas cosas son falsas.

José Luis Nell había nacido en una familia de baja clase media urbana. Sobre su trayectoria política ofrezco unos breves y parciales aportes hacia la verdad. En primer lugar el asalto al Policlínico Bancario no fue hecho por la organización nazi fascista Tacuara. Lo realizó un grupo expulsado de esa agrupación por trotskistas y zurdos (según el relato de Nell) que se conformó como Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT). Este nuevo grupo, antes y después de ser detenidos o quedar clandestinos, mantuvo una estrecha relación política con el Movimiento Revolucionario Peronista (MRP) a través de Gustavo Rearte, cofundador de la Juventud Peronista y un militante sindical y político (desde 1955 a 1973 cuando falleció). El programa del MRP planteaba, entre otras muchas cosas, que para que el Movimiento (peronista) pueda cumplir el papel de conducción, de aglutinador que la clase trabajadora le impone, debe desprenderse de los elementos burgueses y reformistas que lo frenan y superarse. Además, entre otras cosas, se proponía construir la dirección revolucionaria que conduzca al proceso de liberación.

Por su parte, el MNRT, en noviembre de 1964, difunde un documento donde se abordan cuestiones tales como: “El Peronismo y la Teoría de la Vanguardia Revolucionaria” o “Peronismo y Marxismo”. La frase final de las “Conclusiones” dice: “Nadie que se diga marxista puede estar fuera del peronismo”. De estas propuestas del MRP y del MNRT –en las que participó Nell– se puede discutir mucho su viabilidad o no; se podrá acordar con ellas o no. Sí debe reconocerse que no tienen nada en común con el fascismo y el nazismo.

Acerca de “la fascinación por la violencia que conllevaba una pasión por las armas”, escribe Feinmann en un imaginario diálogo con Nell: “Hiciste fuego demasiado rápido, José Luis, casi sin ton ni son”. Veamos el contexto histórico. Para algunos justifica y para otros no, pero aporta a entender cómo estaba planteada la lucha política desde 1955. Los que no actuaron sin ton ni son y sí tuvieron intención de matar fueron los aviadores el 16 de junio de 1955 y lo hicieron: 400 o más. ¿Los aviadores asesinos estaban fascinados por la violencia? No lo sé. Sí tenían claro sus objetivos. También fueron intencionales los 27 asesinatos de 1956. Aramburu explicó con claridad la lógica de su orden de fusilar. Muertes necesarias para el orden del Ejército, garante de la construcción de un nuevo orden social. Todas estas muertes estaban en la lógica de su objetivo político: demoler el Estado de Bienestar construido por el peronismo y “reorganizar” nuestra sociedad.

Los trabajadores y luego los jóvenes que confrontaron con ese poder represor también tenían un objetivo político. Era vivir en una sociedad con niveles de justicia social por lo menos similares al primer peronismo.

Eso no los hace impolutos ni inmunes a un análisis crítico riguroso. Posiblemente en Nell pervivían conductas o gestos de su adolescencia en Tacuara. En toda ruptura con un modelo social y con la ideología dominante hay continuidades y rupturas. Lo viejo no muere fácilmente y a lo nuevo le cuesta mucho nacer. Seguramente, muchos se fascinaron con las armas que los acercaban al poder, y en algunos tal vez potenció lo peor de ellos. Pero afirmar que eran “los chicos malos de las familias de guita” es, por lo menos, falsificar sus objetivos. Aspiraban a una sociedad muy distinta a la fascista. Por lo que tenían otra lógica política. Ni mi cuñado ni mi hermana consideraban “un boludo, un gallina o un blando” a un laburante que no se sumaba a la lucha armada, como dice Feinmann en su diálogo imaginario con Nell (en realidad un monólogo arbitrario por falta de interlocutor). Creían de verdad que el barrio Comunicaciones (hoy Villa 31), donde se casaron clandestinamente (rodeados de villeros peronistas), iba a convertirse en un barrio decente y que el Hospital de Niños iba a estar en un hotel de la zona de Retiro. Rompieron con Montoneros, poco después de Ezeiza, cuando según ellos esa organización era un delirio (palabra que usó Lucía) y esperando que el Pacto Social de Perón funcionara pacíficamente.

Tampoco la parálisis total de José Luis y la desaparición de Lucía fueron producto de toda la mala suerte del mundo. El 20 de junio de 1973 fueron a Ezeiza, al frente de la columna Sur de Montoneros, con la ingenua intención de colocar sus banderas frente al palco (sin ninguna intención de coparlo) y el ataque desde allí fue el inicio organizado del disciplinamiento social que llevará a 1976.

Nell se suicidó en 1974. En su decisión, junto a su parálisis y la imposibilidad de explicarse lo que sucedía en el país y en el peronismo, estuvieron presentes como tragedia las muertes del asalto al Políclinico.

El día de su entierro, entre otras cosas, me dijo mi hermana: “Siempre me decía ‘mirá cómo estamos y murió gente que nada que ver’ y volvía sobre el Policlínico siempre. Me parece que le pesaba más que las (muertes) de los compañeros”.

Lucía Cullen (según información que llegó a mi madre) fue secuestrada en venganza por los hechos en Ezeiza y por ser la mujer de Nell. Su secuestro, según el relato de uno de ellos, fue hecho por la custodia policial del ministro del Interior de los genocidas. El militar que dio la orden de “zona liberada” para su secuestro fue –o es– el suegro de un dirigente justicialista. Tal vez por ello la causa donde están los nombres de los secuestradores permanece archivada. También esto debe formar parte de un debate político-ideológico pendiente, que es difícil y complejo. Se lo debe nuestra sociedad si quiere avanzar. Hacia mayores niveles de convivencia.

Pero para evitar injusticias con los ausentes, debe hacerse con todos los elementos. En los diálogos imaginarios de Feinmann faltan muchos. Sólo he tratado de representar a mi hermana y a mi cuñado en ellos.

 

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Por Gloria Bidegain

Estimado Sr. Feinmann:

Le escribo porque sigo atentamente sus cuadernillos sobre Peronismo en Página/12 y deseo agregar un par de detalles, en lo que a mí respecta, al del último domingo. Soy la ya no tan joven Gloria Bidegain, acompañante de mi padre, el entonces gobernador electo de la provincia de Buenos Aires, en la visita al general Perón novelada por Bonasso a que usted se refiere. Efectivamente, Perón mencionó al Somatén, como lo hizo otras veces, delante de otras personas, incluso de la Juventud Peronista, como consta en bibliografía de la época. Eso es todo. Los sentimientos, “sospechas terribles”, pensamientos, etc. que se me atribuyan corren por cuenta del escritor Bonasso. Yo no sólo no los comparto, sino que los combato, ya que es tan absurdo creer que Perón fue jefe de una banda de asesinos terroristas como las tristemente célebres Tres A, como útil para quienes quieren convertirnos a los peronistas en victimarios cuando siempre hemos sido víctimas.

Prueba de ello es que, a pesar de los pesares, sigo siendo peronista, diputada de la Nación y presidenta del Partido Justicialista de Azul, todos lugares desde donde apoyo a nuestro gobierno con total decisión y compromiso, venerando el recuerdo de Perón y Eva Perón y recordando cada día a los héroes y mártires de nuestro movimiento y a tantos compañeros caídos en la lucha que también usted nos recuerda permanentemente en sus artículos y documentos por críticos que éstos sean. Y con todo el derecho y el deber de serlo si así lo cree.

 

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Por Teresa Eggers-Brass

Sr. Director:

En el primer número de Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina, José Pablo Feinmann afirmó que se trataba de un ensayo, de un libro sobre el peronismo con pretensiones desmedidas: historiar e interpretar al peronismo. Pero en los números 89 y 90, sus referencias al doctor Conrado Eggers Lan están plagadas de informaciones incorrectas, inexactitudes y agravios. Asumo la réplica en nombre de mi padre, porque me afecta que describa situaciones íntimas supuestamente vividas con C. E. L. sabiendo que él no tiene posibilidades de defenderse ya que falleció en 1996. J. P. F. eleva ciertos actos cotidianos a la categoría de acontecimientos históricos, y trata hechos históricos relevantes como nimiedades.

J. P. F. le atribuye actos como director del Departamento de Filosofía de la UBA (1973/1974) que deben ser rectificados. Escribe “voy a visitar a Conrado Eggers Lan en su despacho de flamante director del Departamento de Filosofía [...] (Cuento esto para que se vea cuál fue nuestro ‘asalto’ al Departamento de Filosofía.) Me dice: Voy a anular los cinco griegos y los tres latines. Los pibes de la juventud no paran de pedírmelo”. Primero: no eran cinco griegos y tres latines (fuente: programas UBA Fac.FyL). Segundo: J. P. F. no estaba entre los integrantes de la J. P. que lo propusieron como director (testimonio de Enrique Hernández: J. P. F. se está apropiando de una historia que no le pertenece). Tercero: C. E. L. era profesor de Historia de la Filosofía Antigua desde 1960 y para su enseñanza consideraba indispensable el conocimiento del idioma griego clásico. Testimonios fehacientes confirman que C. E. L. hizo todo lo posible para que quedaran los idiomas clásicos en el plan de estudios y que luego debió acatar la no obligatoriedad, pero que estaba en desacuerdo. El director del Departamento no puede decidir sobre los planes de estudio, ya que ese tema depende de la decisión del Consejo Superior (o, en su defecto, del Rector Interventor). En el nuevo Plan de Estudios de 1974 los tres niveles de latín y tres de griego quedaron entre las diez optativas de las cuales los estudiantes debían elegir cinco.

Otras falsedades: J. P. F. dice que C. E. L. lo consultó a él para ver si “rajaban” al profesor Víctor Massuh, y que José le respondió: “No puede permitir eso, Conrado. Perseguir gente, no. Massuh se quedó. Cuando asumieron los de Ottalagano a Conrado lo echaron a patadas”. Rectificaciones: Primero, es impensable que C. E. L. fuera a consultar a su alumno Feinmann qué hacer al respecto. Segundo, C. E. L. nunca estuvo a favor de la caza de brujas y defendió la permanencia de profesores acusados de reaccionarios por la Tendencia pero con sólida formación académica, como Víctor Massuh y Mercedes Bergadá. Tercero, C. E. L. no era una persona de actuar sin fundamentos, sólo por ceder ante la Jotapé. Por eso, a él no “lo echó de una patada Ottalagano” de su cargo de director, sino que debió dejarlo por discrepar con la joven decana de la Facultad que sucedió a O’Farrell. A C. E. L. lo reemplazó antes de la llegada de Ottalagano el profesor Néstor Cordero.

Con respecto a la marcha a Ezeiza el 20 de junio de 1973, J.P.F. afirma en varios números (71, 87, 89, 90) que fue con Eggers Lan y Ariel Sibileau. Conrado sí fue a Ezeiza ese 20 de junio con Ariel Sibileau, pero no con J. P. F. Se encontraron con mucha gente, que lo testimonia. También dice que ese día él presentó a C. E. L. y Héctor Abrales. Es falso. Desde hacía tiempo C. E. L. formaba con Héctor Abrales (desaparecido por la última dictadura en 1979), Ariel Sibileau, Horacio Pericoli y Pancho Ramírez, un pequeño grupo de estudio y reflexión que se reunía periódicamente del cual J. P. F. no formaba parte.

Feinmann afirma que en la marcha C. E. L. acarreaba una botella de cognac y tomaba del pico cual conspicuo bebedor. Escribió que Ariel dijo, mirando la escena: “¡No se pierdan esto! ¡El director del Departamento de Filosofía se mama!” A. S. niega haberlo visto a C. E. L. tomando cognac, haber dicho sobre Conrado lo que J. P. F. le atribuye, ni que C.E.L. estuviera siquiera “alegre”. Con sus palabras: “Existencialmente no reconozco esa escena”, y “Lo de José no es un recuerdo, es una novela”. Nadie recuerda haberlo visto jamás a Conrado en esa situación, como para que figure como anécdota. Se trata de una descalificación absurda de una persona que tuvo siempre un profundo sentido de la vida.

Tras escribir muchas inconsistencias sobre Eggers Lan, trata de salvar un poco lo dicho pero afirma con imprecisión: “Tampoco quiero dejar una imagen erosionada de Conrado. Fue bueno conmigo y con los grupos de militantes católicos cordobeses”. Acá Feinmann confiesa estar dejando una imagen erosionada de su maestro. No sabemos si J. P. F. distorsiona su figura con una intención aviesa o por su preeminente vocación de novelar.

Asimismo desvirtúa a C. E. L. diciendo: “Con los años me libré de la maldición de Conrado. O eso creo. [...] Como vemos, la condena de Conrado fue tan honda que todavía me contradigo”. Aclaro que mi padre no maldecía a nadie; por el contrario, era un filósofo que ejerció científicamente su profesión y formó varias camadas de discípulos. Parece que uno de ellos asimiló distorsionadamente sus enseñanzas y creyó haber sido embrujado. Más que una maldición, creo que Conrado ha dejado en sus seres cercanos los imperativos de deber ser y deber pensar. Cada uno se hizo cargo de ellos como quiso (si quiso) o como pudo.

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