Revista Ñ - 7 de Marzo de 2009

 

Jose Pablo Feinmann: "Mi novela está ocurriendo hoy"

En diálogo con Ñ, el escritor y filósofo José Pablo Feinmann habló de su última novela, Timote, en la que cuenta el secuestro y la ejecución del general Aramburu, que, en mayo de 1970, significó el bautismo de fuego de Montoneros. Además, los intelectuales, el kirchnerismo y el rol de Perón.

Por Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Entrevista-fei
POLEMICO. “Creo que no debe haber una sola
novela mía que se haya leído en el departamento de
Letras de la Facultad de Filosofía”, dispara Feinmann.
José Pablo Feinmann está en­cerrado. Preso, primero, en su escritorio atiborrado de libros. Preso también –y aunque no quiera– de sus contradiccio­nes, las mismas que emergerán durante la próxima hora y media, las mismas que construyó en cada uno de sus libros, de sus pronós­ticos agudos y a veces agoreros en la contratapa de Página/12. Todas las voces y personas que conviven en la humanidad de José Pablo Feinmann están atrincheradas en su departamento de Barrio Norte, ese barrio de cacerolas y supuestas viejas oligarcas. Un día antes de que esta entrevista se concretara, raro en él, decidió salir de su refugio enclavado en territorio enemigo y mezclarse en un restaurante de la zona –no con "la puta oligarquía"– sino con esa clase media argentina mezquina y de derecha. Los miraba, y decía: "¿Y estos son la clase media que cree que (Alfredo) De Angeli, esa bestia, tiene algo que decir, que proponer para este país?", cuenta con la seguridad y el tono irónico que no abandonará jamás.

Existe, sin embargo, por suerte para Feinmann, otra clase media que convive con la primera. "La clase media culturalizada, gente muy piola: la que compra mis li­bros", festeja y se ríe el autor de La filosofía y el barro de la historia . Es que más allá de las bromas y la falsa modestia, Feinmann está de buen humor y así recibe a Ñ : sin disimular su entusiasmo, sin las críticas que alguna vez le endilgó, sin señalar en principio la pregun­ta/sentencia que días después es­cribirá vía e-mail: "¿cómo podrían ser buenos los suplementos cultu­rales cuando la cultura deja tanto que desear?".

Feinmann ahora y sólo en prin­cipio no cuestiona, quiere hablar nada más que de Timote , su fla­mante novela de ficción histórica sobre el secuestro y la ejecución de Aramburu, el bautismo de fuego de Montoneros, el fogonazo que alumbró al país en junio del 70. Como si el contexto fuera otro, co­mo si ficcionalizara sobre algo más que la tragedia nacional –la lucha hegeliana, escribe, de lo justo con­tra lo justo– y como si los prota­gonistas de esta novela de ritmo frenético destinada a un sinnúme­ro de reediciones, no se llamaran Aramburu, ni Fernando Abal Me­dina, ni Norma Arrostito o Mario Firmenich, Feinmann pregunta por personajes secundarios y exi­ge: "¿Sabés una cosa? La verdad tengo ganas de que hablemos de literatura, porque yo de política es­toy cansado de hablar. Siempre me preguntan sobre política, como si este libro se hubiera escrito solo". La queja con tono de advertencia dura poco, casi nada, porque una vez que suelte la lengua, muchas de las justificaciones que creía es­téticas se descubrirán como razo­nes históricas, y otras, nada más –y nada menos– comos sólidas o meras convicciones políticas. Sin embargo, otra sería la historia y otra la novela, si los lectores nada supieran de esos años. "Tendrían que meterse en una novela trágica, que narra el acto de un joven de 23 años que está dispuesto a ma­tar cara a cara en un sótano a un general de 67, con una 9 milíme­tros. Los dos son católicos, tienen un compromiso con Dios: eso es una tragedia", imagina.

-Una tragedia real y argentina...

-Es una tragedia que en la ficción está enfocada desde el campo confesional, religioso. Y, por otro lado, es la tragedia de un país. Un general –Aramburu– que quiere arreglar las cosas, es el general que quiere la unidad, que quiere otra vez hablar con el peronismo y es el mismo que lo expulsó de la vida civil quince años atrás. Por otra parte, están estos jóvenes, que ahora lo juzgan, y a la vez fueron formados por ese país, en el que durante 15 años y después 18, se vivió en ilegalidad constitucional, con el líder más reconocido por la clase trabajadora prohibido.

-No existe documentación fi­dedigna sobre el secuestro de Aramburu, ¿eso lo liberó a la hora de forjar los personajes?

-(Asiente entusiamado) Claro. El único relato es el de Firmenich, que se publicó en 1974 en "La Cau­sa Peronista". Este dato, sumado a el hecho de que tres meses des­pués de la muerte de Aramburu lo mataran a Fernando Abal Me­dina, me dieron la oportunidad de crear el personaje. Tuve algunos encuentros muy fructíferos con el hermano del guerrillero, Juan Ma­nuel Abal Medina (padre), pero el que hizo una lectura excepcional de esta novela fue Juan Abal Me­dina (hijo), el vicejefe de Gabinete de la Nación, un tipo de una in­teligencia deslumbrante. A partir de esas lecturas hice varias modi­ficaciones, aclaraciones. Después de eso, me dijo: "Bueno, ya tenés a tu Fernando Abal Medina, yo tam­bién tengo el mío, que fue el que me regaló mi primer Topo Gigio y el que me llevaba a jugar a la pla­za". Eso me emocionó mucho. Pe­ro después, tuve el plan de hablar con el hijo de Aramburu, y pensé: seguramente el hijo de Aramburu me va a decir lo mismo: "Mi vie­jo... mi papá me llevaba a jugar", no sé, ¡al Colegio Militar o por ahí! (y estalla en una carcajada).

-¿Y finalmente habló con el hijo de Aramburu?

-No, llamé a la historiadora María Sáenz Quesada para que me diera algún contacto y no me devolvió el llamado, pero no fue nada de­liberado, creo... Luego no insistí, la novela ya estaba terminada. Lo que yo quería decirle, y quizás se lo diga en algún momento, a Eu­genio Aramburu, es que le va a ser muy difícil encontrar que un escritor de izquierda, como yo, trate tan bien a su padre general. Porque yo creo que en esta novela no hay nada que pueda ofender a Aramburu. Todo lo contrario.

Acierta otra vez, este escritor licenciado en filosofía, amante del cine y de Salvador Allende. Nadie, casi nadie que esté vivo y con ga­nas de contar, podría ventilar los detalles escabrosos del estallido que comenzó en un luminoso de­partamento de Recoleta y terminó, supuestamente, en la oscuridad de un sótano en el pueblo Timote, del partido de Carlos Tejedor. Nadie, salvo quizás, Mario Firmenich, ¿inesperado? jefe de Montoneros. "¿Qué le vamos a preguntar a Fir­menich? Nadie le cree nada. Es un mal bicho, un mal estratega, un mal conductor, un tipo que man­dó a morir gente inútilmente –y agrega, como si hubiera diferen­cias– con irresponsabilidad".

¿Contempla Feinmann tam­bién la posibilidad de que la Histo­ria (así con mayúsculas) fuera me­nos romántica, un simple produc­to de la traición y la conspiración mundana de la política? Sí, sugiere y rechaza más de una vez sin mo­lestarse la probabilidad de que el ministro del Interior de Onganía, (Francisco) Imaz, o una corte de católicos lonardistas trasnochados encabezaran la conspiración.

Lo sugiere también la tempo­rada completa de la serie 24 , las primeras aventuras del despiadado mesías Jack Bauer. Y, justo ahora, la intimidad gobierna la conver­sación, ni rastros de ideología o romanticismo. "Todo el mundo es fanático de 24 : hay que verla. A mí me interesa porque Planeta tie­ne tres novelas mías que saldrán el próximo semestre sobre Joe Car­ter, un personaje que construí, un paranoico mata-islámicos. Es un Jack Bauer a la enésima potencia, por eso veo la serie."

No serán esos los libros que re­conciliarán al autor de los cuatro kilos de Filosofía y Nación con la Academia. Esa que lo resiste y con la que –a juzgar por la elección de las palabras– no le interesa hacer las paces. "(Beatriz) Sarlo impuso un canon ahí, con Graciela Spe­ranza, Granata... Puff, viene del 80. Hace 30 años que todos dicen lo mismo. Siempre es Aira, que me gusta, Saer y Piglia. A Piglia le hizo mal lo de Respiración ar­tificial , lo tuvo diez años sin escri­bir, como si le hubieran gustado demasiado las alabanzas de la ca­lle Puán. Los tres, sin excepción, produjeron lo mejor "alejados del país", igual que, por ejemplo, Cor­tázar, "un ingenuo políticamente". "Un tipo interesante, en cambio, es Saccomanno, o Tomás Eloy (Martínez), o Alan Pauls de los de ahora", de los que andan por los 50. Feinmann se calienta rápido, se entusiasma con Sarlo, pero al fi­nal, discurso de barricada, dispara contra todos. "A los novelistas se les ha dado por decir que soy un ensayista. Creo que no debe haber una sola novela mía que se lea en el Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía. Los grandes gorilas de la Argentina, los intelec­tuales como Sarlo, (Santiago) Ko­vadloff, (Alvaro) Abós, (Juan José) Sebreli, supongo que (Carlos) Al­tamirano y algunos periodistas de­venidos sesudos politólogos llenos de furia desarrollan un activismo intenso y agresivo que beneficia a Duhalde". En la cruzada ideo­lógica intelectual de Feinmann se salvan unos pocos, apenas las firmas aglutinadas en Carta Abier­ta, donde Feinmann no participa, porque "ahora sale Timote, que aporta a la discusión más de lo que yo pudiera decir en cualquier asamblea". Aunque –admite– que con los años tendió a clausurarse más en su escritorio, que ahora lo resguarda: "Escribir mis libros y leer algunos de los que han escrito otros me lleva mucho tiempo".


Tiempo presente

Feinmann monologa como si fue­ra alguno de sus personajes. No ofrece café, no se levanta de su silla, sólo habla y –sobre todo– no tiene dudas, como las que según su ficción invadieron al primer je­fe de Montoneros, que en Timote elige rezar antes de ejecutar a su rehén o prisionero, según la ver­sión que se prefiera y que Timote contempla. Se interroga, en cam­bio, a sí mismo y contesta, como si ya hubiera analizado antes con frialdad las preguntas importantes que deberían hacerle. "La novela está escrita en presente, porque quería darle una urgencia mayor, un ritmo mayor, como si estuvie­ra ocurriendo hoy. Y si lo pensás, en realidad está ocurriendo ahora, éste es un momento muy caliente con la cuestión de los Montoneros, porque se está acusando a este go­bierno de ser un gobierno de Mon­toneros y de buscar revanchismos con los Derechos Humanos". 

Así, sin preámbulos, sin avisar, comienza el alegato de la adminis­tración kirchnerista. El mismo que prefería mantenerse esquivo, se sube solo al ring de la política do­méstica. "Este gobierno, con una política que recupera rasgos de la izquierda peronista de los 70, con­servando lo social y eliminando cualquier elemento de violencia, ha irritado a la derecha tradicional de un modo sorprendente", dice. Y, mucho menos entusiasmado que cuando explica las elecciones de su flamante novela, reflexiona sobre el éxodo masivo de las filas kirchneristas.

-¿Vamos a hablar de política?

-(Desganado) No, es tarde, ¿cuán­to hace que estás? Es que le estoy dando muy poca bola. Me aburre mucho.

-¿Porque está decepcionado?

-No, no (se apura en corregir). Decepcionado no estoy. Lo que pasa es que no creo que este go­bierno pueda seguir. A mí me gustaría que siguiera Cristina Fer­nández, pero no creo que pueda seguir, porque tiene muchos po­deres en contra. Tiene en contra a Estados Unidos, al establishment argentino, a todos los medios de comunicación, a la clase media, a la Sociedad Rural, a los empre­sarios. Ya tiene toda una leyenda construida de que es un gobierno montonero, subversivo, vengativo, que va a juzgar a todos los milita­res. Han conseguido un despres­tigio muy grande. Y está todo ese asunto del campo: cuando inten­taron tocar algo de las retenciones para distribuirlo, lo cual le hubiera dado algún alivio a las críticas de la izquierda, entre las que estaban las mías, se armó un despelote in­fernal, que casi provoca la caída de Cristina a 4 meses de asumir.
-Pero también tienen su grado de responsabilidad...

-(Concede, por primera vez) Sí, sí, totalmente. También roban, no son la pureza para nada, ¿no?

-Alguna vez le aconsejó a Kir­chner que no era ni debía ser peronista, y finalmente no sólo recurrió al partido sino que se hizo jefe del partido. Ahora ese mismo peronismo es el que le da la espalda a Kirchner, ¿no?

-Y eso te revela por qué yo no es­toy ahí. Conocí a Kirchner en el 2003, y ahí le dije... (le dije de vos, porque lo tuteaba): "Vos tenés que olvidarte, vos no tenés que ser más peronista. Olvidate del peronismo y hacé algo nuevo. Un partido de centro izquierda, nuevo, fuerte, joven, y no la vieja máquina pero­nista". Y no pudo hacerlo. Cuando empezó a hacer aparatismo, me fui. Me alejé. Pero yo nunca tomé ningún cargo, nada. Fueron con­versaciones, nada más.

-Volviendo a Carta Abierta también, muchos cuestionan y podrían cuestionarle a usted aunque no participe, el hecho de que algunos de sus integrantes suscriban contratos con organis­mos del Estado...

-Bueno, son intelectuales "or­gánicos". Gramsci habló mucho de eso. Por otra parte, todo el pe­riodismo argentino trabaja por y para las empresas que sostienen sus programas y pagan sus suel­dos. Esas empresas son el Poder, el verdadero poder de la Argenti­na. Ahora, de mi programa (por Canal Encuentro) "Filosofía, aquí y ahora", mejor me olvido. Lásti­ma. Fue una revolución para mu­cha gente y hoy lo tengo gracias a Tristán Bauer. ¿Dónde creen que irá Tristan Bauer cuando el duhal­dismo se apodere del país?"


El futuro ya llegó

Los fantasmas, los muertos vivos, ¿la profecía autocumplida? del discurso oficial se repite en el de Feinmann, que abre el prisma también al campo de las ideas. "La derecha avanza en la filosofía, tam­bién. Como el grupo de profesores franceses que se unieron y sacaron el libro Heidegger à plus forte rai­son (Fayard). Te das cuenta, ¿no? Usando la palabra razón, que Hei­degger odiaba, quieren demostrar que Heidegger no fue nazi". La sombra de Heidegger es mucho más que una de sus mejores no­velas, es también la metáfora de su filiación filosófica que se com­pleta con pensadores latinoameri­canos, Sartre y Nietzsche. Sobre el autor de Así habló Zarathustra justamente, en tiempos de nueva efervescencia sobre sus escritos póstumos (ver Ñ 283) Feinmann también polemiza. " La voluntad de poder está discutida, pero no negada. La hermana pudo haberla ordenado de otro modo quizás, pe­ro que lo que está escrito ahí lo es­cribió Nietzsche, no tengo dudas. Ese, de hecho, es el libro que más usa Heidegger, para que entre los dos logren un fundamento, un gründ poderoso para el nacional­socialismo; que todavía está muy presente en la filosofía de hoy."

-¿Y cómo avanza aquí la dere­cha en la política?

-Avanza a través de la derecha del peronismo. Me regocija un poco el hecho de que esos inte­lectuales antiperonistas que cité antes (Altamirano, Kovadloff, Sebreli, Sarlo, etc.) trabajen (les guste o no) para Duhalde. Ese pero­nismo tiene en su ADN a la Triple A. Y eso no me gusta nada. Nos lo ganamos... Pero linda prosa la de Timote ... (risas)

-Tanto en su libro, como en lo que dice ahora, se desprende la responsabilidad de Perón en la escalada de violencia...

-¡La responsabilidad de Perón, que fue el único que le metió el dedo en el culo a la oligarquía, es tremenda! Se manejó muy mal con la Juventud Peronista, con mucho odio. No sé por qué los odió tanto, y levantó tanto a la derecha, les dio tanto permiso, y empezó a organizar la Triple A. Si se ponen a investigar en serio, mal que les pese a los matones, habrá que joder con Perón.