La Nación - 21 de febrero de 2004

 

Feinmann: "El Presidente no es ni debe ser peronista"

Sostiene que no representa a su partido

Por Hugo Beccacece

 

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“Los piqueteros tienen que revisar su práctica de protesta.
El corte de calles y de rutas es inconducente y se ha vuelto irritativo”,
opina Feinmann.
Foto: Pablo Betancourt

 

La carrera de Filosofía le dio a José Pablo Feinmann una formación de la que se sirvió para pensar la realidad del país. Nacido en Buenos Aires, en 1943, en una familia de clase media, se sintió atraído simultáneamente por el pensamiento abstracto, por la literatura, el cine y la música. Su producción muestra el mismo eclecticismo. Es autor de ensayos, de novelas, obras de teatro y es uno de los guionistas más prolíficos del cine nacional (su último guión es el de "Juan Duarte", película de Héctor Olivera aún no estrenada).

Interpretó la sociedad argentina de modo nada superficial en libros como "El peronismo y la primacía de la política" (1974), "López Rega, la cara oscura de Perón" y "La sangre derramada". Además, ha retratado el país y a sus habitantes en una serie de novelas ("Ultimos días de la víctima", "Ni el tiro del final", "El ejército de ceniza", "El mandato", "La crítica de las armas") que en un ningún momento caen en lo panfletario. Los personajes de esas obras no son voceros ideológicos, a pesar de que en sus textos de ficción las ideas tienen un papel muy importante.

En los comienzos de la década del 70, Feinmann enseñó en la Universidad de Buenos Aires. Como la mayoría de los intelectuales de izquierda de aquella época, tenía en Jean-Paul Sartre un modelo de conducta y de trabajo. A pesar de que Hegel, Marx y por supuesto, Sartre eran sus mentores, o quizá precisamente por eso, la idea del compromiso que, en aquellos tiempos, muchos intelectuales sentían como un deber lo acercó al peronismo.

Feinmann reconoce que no tuvo pocas dificultades para conciliar a Hegel, a Marx, a Sartre y, por si fuera poco, a Heidegger con la ideología (?) justicialista. Enemigo de la violencia, tanto militar como guerrillera, Feinmann criticó con mucha dureza a la agrupación Montoneros en un momento en que hacerlo no resultaba saludable. Cuando la democracia fue restaurada, las diferencias de Feinmann con el peronismo se hicieron inconciliables y, en 1985, terminó destruyendo su carnet de afiliado. Para un hombre acostumbrado a frecuentar las páginas de Descartes, Hobbes, Foucault y Derrida, las veinte verdades justicialistas sólo eran ricas en contradicciones. Como todo izquierdista, después de la caída del Muro de Berlín, debió revisar su concepción de la Historia. La fuerza de los hechos le demostró que el triunfo del proletariado no era ineluctable. Por cierto, aquella revisión permitió que la posición política y filosófica de Feinmann ganara en matices.

La victoria electoral de Kirchner y sus primeras acciones de gobierno alimentaron en Feinmann una esperanza en la recuperación del país que casi había perdido. Cuando publicó en Página 12 un artículo sobre el Presidente en el que expresaba ese conato de fe, Kirchner se puso en contacto con él y, en pocos días, los medios ya decían que entre Feinmann y el Presidente se había establecido una relación de amistad y que el filósofo era, por así decirlo, el intelectual de cabecera de Kirchner. De allí que sea interesante escuchar a un hombre que supo autocriticarse y que, en la actual administración, ve resurgir algunos de sus viejos ideales.

-¿Cuál es el problema más difícil que debe afrontar el presidente Kirchner?

-El más grave es el del hambre. Kirchner dio pasos muy importantes para desmontar la estructura menemista, que estaba al servicio de la economía del hambre. Pero le falta avanzar en un proceso de redistribución de la riqueza sin que eso signifique expropiaciones. Kirchner debe tener en cuenta aquella observación de aquel viejo zorro que fue Perón: "El órgano más sensible del hombre es el bolsillo", pero no debería seguir otros consejos suyos, porque creo que el Presidente no es peronista. No debe ser peronista.

-¿Cómo puede decir que Kirchner no es peronista cuando hay evidencias que dicen lo contrario?

-Uno no sigue siendo necesariamente lo que fue. Yo fui peronista y renuncié bastante sonoramente al partido. Del mismo modo, Kirchner no está obligado a ser hasta el fin de sus días lo que fue.

-Pero Kirchner fue un candidato del Partido Justicialista.

-Kirchner es un político que viene de afuera, que viene del Sur, del frío, para darle desde el Estado consistencia política a un hecho social que la perdió: las asambleas. En 2002, las asambleas se agotaron, se dispersaron, porque, por ejemplo, no resolvían el problema entre la horizontalidad democrática y la verticalidad organizativa. Kirchner no representa al peronismo, porque las asambleas, cuyo mensaje él retoma, no eran peronistas, y el 21 de diciembre de 2001 no fue peronista. Creo que cuando Kirchner asumió como Presidente no lo hizo en nombre del aparato justicialista. Asumió en nombre de los derechos humanos, cuando dijo: "Somos hijos de las madres y abuelas de Plaza de Mayo".

-¿Eso no se parece a lo que ocurrió en los años 70, cuando la izquierda se acercó al peronismo porque era la única manera de llegar al poder?

-Usted se refiere al "entrismo". El caso de Kirchner es distinto. En primer lugar, no está Perón, no hay un "padre eterno", Kirchner no tiene a Perón encima. No hay una izquierda que lo quiera infiltrar. La izquierda es aquí antikirchnerista. Lo que Kirchner tiene es una base social, fundamentalmente, de clase media. Si Kirchner se hace peronista, lo van a identificar con el aparato justicialista.

-Pero él debe negociar con los que usted denomina viejos políticos peronistas.

-Yo no creo que Kirchner haya sido elegido como presidente peronista. Fue elegido como no menemista, como un mal menor. Menem era el aparato justicialista. A partir de ahí, Kirchner produce un fenómeno político excepcional. Nosotros, acostumbrados a los políticos mentirosos, vemos que, de pronto, aparece un político que dice cosas muy arriesgadas, por las cuales va a tener que responder si no las cumple, pero sorpresivamente las comienza a cumplir. Me refiero, por ejemplo, a lo que hizo con la Corte. La designación de Zaffaroni me pareció formidable. La vieja derecha se opuso a Zaffaroni con armas viles. La investigación maccarthista que sufrió llegó a interesarse por las tendencias sexuales del candidato. La política latinoamericana que desarrolla Kirchner también es muy peculiar. Asume en presencia de Lula, Castro y Chávez, lo cual puede parecer excesivo.

-Para un defensor de los derechos humanos, la presencia de Castro en la ceremonia de asunción no fue, quizás, un detalle muy coherente.

-Estoy de acuerdo con usted en ese sentido. Yo estoy en contra de la permanencia de Castro en el gobierno de Cuba porque, paradójicamente, estoy a favor de él. Me parece un error que no democratice la isla, porque se va a morir y a la isla la va a democratizar cualquiera. Cuando Castro fusiló, recientemente, a tres personas, yo escribí varias notas contra ese hecho.

-¿Cuál es su relación con Kirchner? Se dijo que había encontrado en usted un pensador que podía servirle de brújula.

-Mi relación con Kirchner comenzó siendo agradable. Cuando él asumió, me deslumbró todo lo que hizo, cómo se metió entre la gente, cómo eludió la custodia, cómo jugó con el bastón de mando, cómo la miraba a su mujer. Escribí una nota que se llamaba "Un flaco como cualquier otro". A los quince días me llamó el vocero, Miguel Núñez. Me dijo que el Presidente y su mujer estaban muy emocionados con mi nota. Tiempo después, lo vi en la Casa Rosada. Era la primera vez que entraba allí y era la primera vez que me encontraba con Kirchner. Me dijo: "Hola, José. Qué alegría, qué honor conocerte". Lo abracé y él me dio un beso. Continuó: "Cómo me gustó esa nota. Tenemos que reunirnos. Hay que remontar treinta años de fracasos. Te voy a invitar a almorzar". Le tuve que decir que yo no almuerzo, porque vivo y trabajo de noche. Tuvimos una larga charla a solas. El acababa de regresar de Tucumán. Me dijo: "Hay que ver la pobreza de frente. La próxima vez que vaya a Tucumán, te venís conmigo". Y agregó una frase que me conmovió mucho: "Yo soy un idiota más o hago historia". Le respondí: "Estás loco, evidentemente. Sólo estando loco podés decir algo así. Pero me gusta que estés loco. Después de De la Rúa, si siguieras haciendo los deberes, serías un idiota. Para hacer historia, no hay que hacer los deberes, pero para no hacer los deberes, hay que estar loco. Eso significa oponerse al imperio globalizador más poderoso de la historia".

Después tuvimos una reunión muy fructífera con el Presidente y con José Nun, en Olivos. Kirchner nos invitó a cenar. La comida empezó a las 9.30 y terminó a las 3.40 de la madrugada. Quedamos en reunirnos una vez por mes. Dijo en esa reunión algo muy inteligente: "Yo voy a tener que hacer política con gente que a ustedes no les va a gustar". Nosotros le contestamos: "Vamos a entender eso, pero vos también tendrás que entender que somos intelectuales críticos. Cuando te equivoques, te vamos a criticar". Eso lo sorprendió un poco, pero lo aceptó.

Dejamos de vernos un tiempo. Un día, veo la clásica tapa de Gente con los personajes del año. Entre ellos posan Kirchner y Cristina, su esposa. Me vino un bajón muy grande. Fue un dolor. Me dije: otra vez la frivolidad. Menem fue durante una década uno de los personajes del año de esa revista. Kirchner no debía haber estado allí. Escribí una nota larga en Página 12, y en la revista Noticias salió una declaración de alguien que se identificó como un "funcionario indignado". El decía: "Kirchner cree que se puede meter a estos tipos en la mochila. Y a estos tipos nadie se los pone en la mochila". Esa es una buena identificación de un intelectual. A un intelectual nadie se lo pone en la mochila. Cuando le preguntaron a Cristina Kirchner qué opinaba de mi nota, contestó: "Esas son las críticas que a mí me gustan, las que están fundadas. No estoy de acuerdo con Feinmann, porque también estaba Estela Carlotto en esa foto". Yo también deploraba que Estela Carlotto hubiera aparecido en esa imagen.

-Supongo que sería una decepción para usted que no lo invitara de nuevo.

-Sí, me sentiría decepcionado. Significaría que a Kirchner le incomodó la opinión de un intelectual independiente.

-Hoy no hay guerrilla, no hay terrorismo de Estado, pero los ciudadanos se sienten inseguros. ¿A qué se debe la violencia que, bajo distintas formas, contamina a los argentinos?

-Creo que el vacío ideológico es una de las fuentes de la violencia actual. La violencia de los proyectos revolucionarios está iluminada por argumentos racionales. Pensemos en la Revolución Francesa, tan sangrienta, que surgió del pensamiento de los enciclopedistas. Marx dice que la violencia es la partera de la historia. Antes del triunfo de Cámpora, había dos posiciones, la violencia foquista, guevarista, y la violencia de masas, que responde mucho más a una concepción marxista. Yo estuve en aquella época de parte de la violencia de las masas. La violencia nos parecía justificada por la ilegalidad en que se vivía. Cuando asumió Cámpora, fuimos muchos los que dijimos: "Se acabó la violencia. Empezó la democracia". En la actualidad, la violencia ideológica ha desaparecido y ha cedido paso a la delincuencia. La gente ya no mata por ideas. Mata para comer, mata porque el valor de la vida se ha depreciado.

-¿Las protestas de los piqueteros no encierran una violencia tácita que puede llegar a ser explícita? ¿No piensa usted que debería alentarse en los ciudadanos la cultura del trabajo, en vez de fomentar la vida subsidiada? Por ejemplo, consideremos los planes de Jefas y Jefes de Hogar. ¿No se corresponden con una tradición peronista de asistencialismo?

-En el primer peronismo, el Estado de bienestar no se caracterizó por practicar el asistencialismo, sino por crear fuentes de trabajo. Se dice que Perón debería haber desarrollado la industria pesada. No lo hizo porque con la industria liviana se generaban más fuentes de trabajo. La industria estuvo en esa época muy ligada al consumo de los sectores trabajadores. En la interpretación neoliberal mercadista del menemismo, lo que se hace es establecer una cultura del desempleo, del asistencialismo, que implica control y contención social. Esa cultura menemista, hasta el presente, no ha sido modificada y es lo más grave que se le puede achacar al gobierno de Kirchner en el aspecto económico.

-Los piqueteros, al principio, contaban con la simpatía de buena parte de la población. Esa simpatía ha disminuido .

-Los piqueteros no nacieron en la calle, los echaron a la calle. Los piqueteros son la vieja clase obrera de la vieja industria nacional que empleaba a esos trabajadores. Eso lo conozco personalmente, porque en mi juventud tenía, con mi hermano y un socio, una fábrica de conductores eléctricos en Munro. Y, para expresarlo a lo Hemingway, en ese entonces Munro era una fiesta. Estaba llena de pequeñas fábricas y de obreros, que vivían dignamente. Una vez que esos desocupados están en la calle, se organizan en piquetes. Paralizar la calle es la huelga que ellos pueden hacer, así como la huelga que hacía el obrero ocupado consistía en paralizar la fábrica. La clase media, en 2001, cuando le tocaron sus ahorros, vio en su horizonte de horror que podía llegar a engrosar el grupo de los piqueteros. Por eso los aceptó. Cuando mejoró su situación, con la acertada política económica de Lavagna, ese grupo social sintió que se recuperaba y desde la elección de Kirchner tiene esperanzas también en lo político. Entonces, rechaza los cortes de calles. En cuanto a los piqueteros, hay infiltrados entre ellos. Es muy posible que haya grupos que respondan a la policía bonaerense, y estoy seguro de que hay grupos que responden al menemismo, o a la llamada izquierda argentina. El piquete se ha transformado en la bomba social del país. Creo que esa política está terminada. Pienso que los piqueteros tienen que revisar su práctica de protesta. El corte de calles y de rutas es inconducente, porque se ha vuelto irritativo no sólo para la clase media, sino también para todo aquel que tiene trabajo, independientemente de su clase social.

-¿Qué horizonte ve Kirchner para el problema piquetero?

-El me dijo: "Yo no les voy a pegar a los piqueteros". Sería lo peor que puede hacer el Gobierno. Lo está esperando la derecha, y también la izquierda. Los izquierdistas son tan malos haciendo política que esperan una represión del Gobierno para demostrar que Kirchner es burgués y antidemocrático.

-¿No le mencionó alguna salida?

-Las que mencionó están muy ligadas a Lavagna, y estas cosas no se resuelven desde el punto de vista económico, sino por medio de decisiones políticas.

-¿De qué modo?

-Esto que voy a comentar se lo dije a Gustavo Beliz. "¿Por qué no destraban algunas cuentas en Suiza?" Si destrabo dos cuentas en Suiza, traigo veinte millones de dólares al país y con esa suma abro dos fábricas en el conurbano, creo varios puestos de trabajo. El pueblo va a ver, entonces, que el dinero de la corrupción, recuperado, se está utilizando para luchar contra el desempleo. La otra alternativa es no hacer depender la distribución del crecimiento. Los economistas sólo distribuyen cuando la economía crece. Pienso que Kirchner no debe escuchar a los economistas, sino fiarse de su olfato de viejo zorro político. Puede decirse: "Vamos a crecer dos por ciento menos este año, pero con el dinero que restemos al crecimiento crearemos fuentes de trabajo, o atenderemos necesidades sociales". La gente no puede vivir con lo que le sobra a la clase capitalista. Por eso propongo patear el tablero, anteponer la política a la economía.

-Las estadísticas dicen que en la Argentina se lee cada vez menos y peor. Por si fuera poco, las grandes editoriales locales han sido compradas por grupos internacionales. ¿Qué ha pasado?

-Se ha quebrado el hábito de la lectura literaria. Le puedo dar tres causas de ese hecho: el periodismo de denuncia de los años 90, los libros de autoayuda y el bestsellerismo , en el que incluyo la novela histórica. Los novelistas que se inclinaban por ese género, en vez de contar todo lo que se robaban los funcionarios de la época menemista, narraban en un libro de ficción la vida íntima de Urquiza y las atrocidades del pasado. El éxito de los libros de autoayuda es fácil de explicar. El psicoanálisis fracasó: es caro y los resultados se dan a muy largo plazo. Es mejor comprar un libro que nos ofrece soluciones mágicas.

-En esa enumeración de causas por las que la lectura está en crisis ha pasado por alto la televisión.

-No hay programas culturales. Hay, en cambio, una televisión obscena, groseramente explícita. Hay una enorme violencia y extravagancia que algunos consideran producto de gran imaginación. Leí reseñas de "Resistiré" que eran formidables creaciones de los críticos. Yo publiqué "La crítica de las armas" en abril del año pasado y creí que se iba a producir un debate muy importante, porque era la primera novela que se refería al tema de la culpa colectiva durante la dictadura. No pasó nada. No hubo debate. Hubo simplemente dos reseñas. Seguí escribiendo, porque me gusta escribir, pero se pierde por completo la esperanza de una incidencia de tu texto en la sociedad. Los escritores nacionales de mayor valía, como Saer, Rivera y Piglia, no son conocidos por el público. La verdadera revolución de estos tiempos es la comunicacional. La izquierda se niega a ver que hubo una revolución, pero no la hizo el proletariado, sino la burguesía. La clase burguesa enterró al proletariado. Marx dice en el "Manifiesto comunista" que la dialéctica de la historia determina que el proletariado instaurará una sociedad sin clases. Ocurrió lo contrario. La burguesía expulsó al proletariado del mundo del trabajo y creó la sociedad comunicacional. Lo que se transmite con la imagen es un proyecto de colonización de la subjetividad.

-¿A qué se refiere?

-Cuando subo a un taxi y el taxista dice las dos primeras palabras, sé cuáles van a ser las veinte siguientes, porque no está hablando él, está hablando Radio 10. Lacan y Derrida dicen que el hombre no domina el lenguaje, sino que el lenguaje lo domina a él. La gente no tiene opiniones, opina lo que opina el poder. Por eso se me hace aburrido hablar con muchas personas, porque apenas empiezan ya se sabe qué es lo que van a decir, el diario que leen, el canal que ven, la radio que escuchan. Creen que están diciendo algo, pero no lo hacen. Más bien están siendo dichos por algo.

-¿Cómo ve la cultura argentina en este momento?

-Hay una hipervaloración de algunas expresiones, como el movimiento teatral y lo que se ha dado en llamar el nuevo realismo argentino en el cine. De todo ese movimiento hay para mí una sola película fundamental: "La ciénaga", de Lucrecia Martel. El problema con los jóvenes directores es que hacen todo: el guión, la escenografía, la música, y no siempre todo eso les sale bien. Hay en muchos de ellos, así como en muchos críticos, una negación del cine de Hollywood. No se dan cuenta de todo lo que se pierden cuando rechazan la cultura de los Estados Unidos.

-Usted hace una crítica muy acerba del capitalismo. Sin embargo, reconoce la grandeza de la cultura de los Estados Unidos, que es un producto de ese sistema.

-No veo a los Estados Unidos como una totalidad cerrada. Está Susan Sontag y están Bush, Michael Moore y Spielberg, Tom Hanks y Sean Penn. Los que enseñaron a narrar en cine fueron los norteamericanos. En la literatura, ni hablemos. Hay muchísimos escritores norteamericanos excepcionales. Si pensamos en la música, tenemos a Charles Ives, Aaron Copland, Leonard Berstein... Los Estados Unidos no son una totalidad maligna.