Eterna Cadencia - 14  de Abril de 2009

 

Entrevista a José Pablo Feinmann /2

Por Patricio Zunini

 

Entrevista_mg_6471

Encontré dos influencias muy marcadas en sus libros: Oesterheld y Moby Dick. Oesterheld aparece, por ejemplo, en El ejército de ceniza, una frase que incluso repite en Timote: “¿quién dijo que despiojarse es una aventura?”. Y Moby Dick desde “Pongamos que me llamo Ismael” como se presenta Ismael Navarro en Ni el tiro del final, hasta en la lectura que hace Ana en El cadáver imposible. Si uno piensa en eso y Firmenich en Timote no lee ni a Oesterheld ni a Moby Dick, obliga a un filósofo a cargarse un policía, y cuando discute con Aramburu, Aramburu lo da vuelta todo el tiempo. ¡Cómo lo detesta a Firmenich!

Sí, absolutamente. Lo detesté desde joven. Muy tempranamente. Yo nunca estuve en Montoneros pero fui profesor de la JUP, y ya era profesor de la facultad. En el ’73 ya tenía 30 años, o sea no era tan joven. Me enteraba de cosas, me enteraba de Manolito. A Firmenich le decían “Manolito”, otros le decían “Maderita”. No daban un mango por la conducción de Firmenich, pero  Firmenich tenía la habilidad de no hacerse ver mucho. Y yo pienso que Montoneros hubiera actuado de un modo más sensato, no es más que una conjetura, de no haber muerto Fernando Abal Medina, que era quizá una especie de Castelli, de Roberspierre, de Saint-Just. Era un jacobino, digamos, pero mucho más inteligente que Firmenich.

 

En todo caso, el que lo seguía a Firmenich era el Negro Sabino Navarro que era un tipo mucho más popular que Firmenich. O sea: quedó el que no era ni popular ni inteligente. Era un ex tacuara que se agarraba a cadenazos en el Nacional Buenos Aires. Al Negro Sabino Navarro lo echa Firmenich de la Organización con un argumento moral. Porque el Negro le gustaba mucho a las minas, porque era un tipo muy atlético, correntino y tenía el encanto de la tonada correntina. Y estaba en un Peugeot rojo, esto es gracioso porque imaginen a un guerrillero clandestino apretando con una mina en un Peugeot rojo a las nueve y media de la noche. Vienen dos policías, le piden documentos, el Negro Sabino les dice “ya se los doy, los tengo en el baúl”, abre el baúl y saca un .38 que tenía. Baja a los dos policías, todavía va al coche policial, se afana una metralleta y se va. La piba no sabía nada, era una chica judía que no sabía ni quién era el Negro Sabino. Queda horrorizada cuando ve eso. Firmenich se entera de este pecado del Negro Sabino Navarro, que estaba casado, lo hace expulsar por conducta inmoral y lo manda a Córdoba. Y en Córdoba lo matan.

Ahí la conducción cae en manos de Firmenich y esta es la gran tragedia, por el delirio de Firmenich, no sólo el delirio militarista que se da a partir del ’74, ’75 si no el de querer compartir la conducción con Perón, ese tipo de cosas. De todos modos, yo les confieso que en todo ese período tremendamente trágico no hay nadie que uno pueda decir “tenía razón”. Todos tenían algo de razón o todos compartían la condición de estar equivocados, o quizá no había otro remedio que equivocarse. Y la gran equivocación fue que Perón se muriera.

Por eso escribe una tragedia.

Sí, Timote es una tragedia. Timote es una tragedia pero sobre todo tomando a Fernando y Aramburu. La gran sorpresa de Timote -yo sabía que iba a pasar esto- para los lectores es Aramburu. Algunos amigos, Guillermo Saccomano que va a presentar la novela, me han dicho directamente: “Vamos, ¿ese vasco milico bruto va a decir todas las cosas que dice, va a decir de Dios todo lo que dice? Esto te lo inventaste vos”. Claro que me lo inventé yo, ¿pero quién me lo puede negar? Si no, no había novela. Si yo no hago un Aramburu inteligente no tengo novela. De Fernando Abal se tragan más que es inteligente, porque es un chico del Nacional Buenos, recibido en Ciencias Políticas, 23 años, lo aceptan más. Aparte lo conocen menos, a Aramburu lo conocen más.

Pero al que yo tenía que levantar era a Aramburu. Lo que dice Aramburu no es que lo diga Aramburu: es lo que tiene que decir Aramburu. Aramburu dice lo que tiene que decir. Si lo dijo o no, no importa. Fernando también dice lo que tiene que decir. Los dos están usados por ese narrador conjetural que admite que está conjeturando todo el tiempo. Que dice “supongamos que”. El diálogo que ellos tienen está construido conjeturalmente. Pero todo está llevado de modo tal que Aramburu pueda decirles: “Ustedes me están asesinando. En qué Asamblea el Pueblo les legó la representatividad como para matarme a mí. De dónde sacan ustedes que representan al pueblo”. Y Fernando le dice: “Usted está condenado por usted mismo. Hace quince años que vivo en un país silenciado, con dictadores, el movimiento mayoritario no puede ni siquiera presentarse a elecciones. El líder que ese movimiento mayoritario quiere no puede volver al país, no se pudo decir ni siquiera su nombre durante mucho tiempo. Usted fusiló a Valle, a Tanco, usted hizo la matanza de José León Suárez”. Y hay muchas cosas más de la Libertadora, que no se hablan mucho, pero Aramburu mandaba a las tanquetas del ejército a entrar en los barrios peronistas de noche. Fue pesado. Fernando le dice “yo soy un producto de ustedes, ustedes me hicieron. Yo soy lo que ustedes hicieron de mí, ahora jodasé” Y Aramburu le dice “¿Cómo adherís a Perón? Yo te podría contar cosas aborrecibles de Perón”. Y Fernando le dice “No se gaste, desde que soy un niño escucho cosas aborrecibles de Perón, por eso me hicieron peronista”.

Es lo que pasa hoy, cuando uno encuentra a algunos gorilas tan gorilas les dice “mirá, por favor, no seas tan gorila, porque me pongo a defender cosas que ya no quiero defender. Ya no me importa defenderlo a Perón a mí, pero vos te ponés tan gorila que me obligás y no quiero hacer ese papel”. [Risas] En realidad uno tiene más ganas de criticarlo a esta altura, pero viene cada salame, cada personaje…

Sí, te escucho.

[Intervención del  público] ¿Cuál es su opinión acerca de una foto que salió en La Nación previa al rapto de Aramburu en la que sale Firmenich de la Casa de Gobierno, y cierta vínculo que tenía con Imas?

Sí, sí. Es una teoría que no ha tenido mucho éxito, pero que fue desarrollada por Aldo Luis Molinari y por un tal Álvarez, Alvariño creo, llamado “Capitán Gandhi”, personaje de la Libertadora, siniestro, totalmente loco. Que ordena cortarle la cabeza a Juan Duarte para ver si se suicidó o lo mataron. Y si ustedes vieron Ay, Juancito, que la hicimos con Olivera, la película empieza con este tipo que en una bandeja le lleva la cabeza a Juan Cámpora que era amigo de Juan Duarte. Y se la pone y le dice “ustedes lo suicidaron”. Bueno, de ese tipo descartemos, estaba loco. Y lo otro, Aldo Luis Molinari es un tipo de la Libertadora también.

Hace poco salió un libro que se llama ¿Quién mató a Aramburu?, pero no aporta ninguna prueba. La teoría es la siguiente: Firmenich fue 27 veces a verlo a Imas, al Ministro del Interior. Firmenich sería un doble agente, habría arreglado con Imas matarlo a Aramburu, porque Aramburu estaba negociando con Perón y Onganía no lo podía aceptar. Entonces hay que matarlo a Aramburu, para lo cual arreglan con Firmenich. Los Montoneros lo matan a Aramburu y hasta hay una versión que dice que cuando lo matan a Abal Medina en William Morris estaba ahí para recibir 15 millones de pesos por el trabajito que le había hecho al Ministerio del Interior.

En realidad, esto no se sostiene porque apenas muere Aramburu, Onganía dura una semana más. Imas tiene que renunciar también muy rápido. Es una versión para, digamos, enlodar a los Montoneros ya desde su origen. Ya desde el ’70 habrían nacido miserablemente. Lo cual no  comparto.

Es el tema de la violencia que hay que tratarlo, pero bajo la dictadura de Onganía, después de quince años de gobiernos ilegítimos. Porque no sé si lo tenemos claro, pero hasta Illia fue ilegítimo. ¡Profundamente ilegítimo! Si Illia les dice a los militares “yo no me presento si no se presenta también el peronismo” los militares no tienen salida en el ’64. Si Frondizi lo hubiera dicho tampoco hubieran tenido salida. Hubiera tenido que venir Balbín. Pero la civilidad colabora. Illia se presenta. El peligro de Illia es que sí, era un buen tipo, y que a medida que van gobernando los militares ven que este viejo de mierda va a dar elecciones libres y le va a permitir al peronismo que se presente. Entonces dan el golpe, un golpe preventivo. Los radicales para conservar su honor dicen que fue por la ley de medicamento, lo cual puede ser, pero mucho más que eso no había hecho Illia para voltear el sistema capitalista en Argentina. Pero es cierto que se pareció bastante a un estado de derecho, nada más que sin el peronismo. Todo esto viciaba por completo.

De tal modo están viciados esos gobiernos del ’55 al ’73, que uno puede decir que todo lo que se hizo fue ilegal en esos años. Porque ninguno de esos gobiernos fue constitucional. Ninguno fue democrático. Ninguno fue elegido por el voto mayoritario de la población, porque el partido mayoritario de la Argentina estaba prohibido. No podía votar. Y me acuerdo que Lucas Lanusse, que es un pibe joven que está estudiando mucho de los ’70, en un programa no podía aguantar la risa cuando contaba que Frondizi cae porque Framini -peronista- gana en la Provincia de Buenos Aires. Y cuando Framini va a asumir aparecen los militares y lo echan a patadas. Y él lo contaba y no podía dejar de reírse, como diciendo “¿ustedes se dan cuenta lo que es este país?”  Pero en ese momento todo el mundo lo tomaba como algo muy natural. “¿Cómo va a asumir Framini si es peronista?” decía la gente. Era muy natural. En realidad, era terrible: había ganado. Entonces, claro, dan el golpe contra Frondizi.

En La sombra de Heidegger, Martin se encuentra con Heidegger y le dice que Alemania ya no es su país. Ya no lo puede considerar su país, que su país es Argentina. ¿Qué diría hoy?

Martin es el hijo de… ¿cómo se llama? El discípulo de Heidegger… [Risas; PZ abre el libro y busca el nombre] Hasta yo me olvidé el nombre.

Müller.

Martin Müller. De todos modos no tenemos el nombre de Müller.

Dieter.

Dieter Müller, ahí está. Martin es el hijo de Dieter Müller. Dieter Müller fue un discípulo de Heidegger que se hace nazi después de El discurso del rectorado que da Heidegger en 1923. Y viene a la Argentina con su hijo y luego se suicida.

Acá hay un efecto Moby Dick, que está muy presente también en El ejército de ceniza. Porque en El ejército de ceniza, el Coronel Andrade persigue a un enemigo por toda La Pampa que no es La Pampa, más bien es el de desierto de Lawrence de Arabia. Una vez un crítico -que gracioso es esto- me dijo, tratando de agredirme muchísimo, que “su frontera sur se parece más al desierto de Lawrence de Arabia que al Martín Fierro“. Y eso era justamente lo que yo me había propuesto hacer. [Risas] Me importaba poco a qué se parecía. Además, el Martín Fierro está más virado hacia Santa Fe; no importa.

Ahí está el efecto Moby Dick, y también está en La sombra de Heidegger, que Martin Müller comienza estudiar filosofía para llegar a Heidegger. Para conseguir una beca e ir a estudiar con Heidegger. Cuando llega cursa un semestre con Heidegger. Brillante Martin Müller. Y cuando termina el semestre, se anima a hablar con Heidegger. Le dice: “Maestro, no sé si usted lo recuerda, pero yo soy el hijo de Dieter Müller”.

El filósofo mínimo.

Heidegger le dice “Ah, sí, un filósofo mínimo, pero una buena persona”. Pero lo felicita a él por el buen seminario que ha hecho. Entonces él aprovecha para pedirle una entrevista en la cabaña de Todtnauberg, donde van todos. Es un lugar de culto de los filósofos europeos. Entonces va a esa cabaña, Heidegger lo recibe, y toda la segunda parte es el monólogo de Martin Müller. Heidegger no dice una palabra, porque lo que caracteriza la actitud de Heidegger desde el ’45 en adelante es su silencio. Heidegger no dice nada. Nada de nada. Lo único que dice es que la agricultura tecnificada es similar a la tecnificación de los campos de exterminio del nazismo. Lo que levanta una polvareda espantosa, pero es porque no entienden a Heidegger. Para Heidegger la destrucción de la agricultura, de la tierra, es la destrucción del hábitat del hombre, el lugar donde el encuentro entre el hombre y el ser puede ser posible. Para él, la destrucción del mundo natural es lo que va a llevar al hombre a la perdición. Efectivamente lo está llevando, de aquí que esté tan presente: lo que Heidegger vaticinó está todos los días en los diarios. No sé cuán optimistas son ustedes, yo creo que si este planeta dura 50 años más, felices de nosotros.

Heidegger dijo sólo eso, pero eso no significó nada. No dijo nada de su papel en el nacional socialismo. No sólo de su papel en el rectorado de Friburgo, si no que no dijo nada del nacional socialismo. Incluso publicó textos de los años ’30 sin tocarlos. Con alabanzas al Tercer Reich y a Hitler y no los modificó.

Entonces Heidegger en mi novela permanece en silencio durante la embestida verbal de Martin Müller porque ese es el silencio de Heidegger. Martin al final le dice “mi padre, que era un filósofo mínimo, cuando le mostraron en la Argentina, en 1946 fotos de los campos de concentración…” Porque Dieter Müller en 1946 es convocado por un grupo nacional socialista que le muestran fotos orgullosos: “mire, mire, mire” y Dieter se suicida. Martin Müller le dice a Heidegger: “mi padre, que era un filósofo mínimo, cuando se enteró de la realidad de los campos de exterminio, sintió que había colaborado con eso y se suicidó. Y usted, que es el gran maestro de Alemania, ¿qué piensa hacer?” Entonces, -y este es un elemento muy thriller de la novela, me pueden acusar, pueden decir que está bien o está mal, ¡cómo pongo una Lugger sobre el escritorio de Heidegger! -, lo que hace Martin Müller es decir “mi padre se suicidó con esta Lugger, porque se dio cuenta que él había sido participante, que él había formado parte de ese holocausto al haber educado a generaciones de jóvenes alemanes con sus doctrinas, con la lectura que el Tercer Reich hace de Nietzsche”.  Entonces le acerca la Lugger y le pregunta: “¿Usted qué piensa hacer?” Heidegger, por supuesto, estaba podrido de escuchar al pendejo ese, se levanta, sale, cierra la puerta y desaparece. Este se queda y al rato aparece Elfriede Heidegger, la mujer de Heidegger, que era terrible y le dice “qué hace aquí todavía, váyase”. Y este se va. Se va sin tener una respuesta de Heidegger.

Heidegger muere en mayo de 1976 cuando Martin Müller está enseñando en la Facultad de Filosofía de Buenos Aires y vuelve de dar una conferencia en el Uruguay y se da cuenta que reventaron su casa y huye a Friburgo. O sea: vuelve. Se presenta a concurso para la cátedra de Filosofía de la Historia, que es la que dictaba su padre, Dieter Müller.

Y dice esa frase de Sartre.

Cuando asume esa cátedra se presenta y dice “Soy Martin Müller, soy el hijo del profesor Dieter Müller que dictó esta materia en tiempos oscuros”. Así se presenta. Y la novela termina con la frase “mañana lloverá en Friburgo”. Porque Dieter Müller, padre de Martin, para huir de Alemania hace una etapa en Francia, en París, y asiste a la conferencia -1944 es- de un filósofo francés. Los alemanes detestan a los filósofos franceses.

“El plumífero francés”, le dice.

“El plumífero francés, muy de moda, todos hablaban de él. Fui a escuchar su conferencia y no escuché más que un Heidegger afrancesado. Le había copiado todo al maestro. Y al día siguiente alguien dejó en mi habitación una novela, La Náusea. La empecé a leer sin mayor interés, porque era de este mismo plumífero francés. Y descubrí qué era una novela filosófica. Cómo era posible escribir una novela filosófica”. Y se deslumbra con el talento literario de Sartre. Entonces él dice, “cuando terminé la frase final, me conmovió muchísimo por su sencillez, que es “mañana lloverá en Bouville”. Así termina La Náusea, entonces mi novela termina “Mañana lloverá en Friburgo”. Lo cual es bastante petulante en el fondo [Risas] porque es como estar diciéndole al lector que esta es la nueva La Náusea, esta es la nueva novela filosófica que se ha escrito después de La Náusea. Pero en realidad ese no fue el propósito sino hacerle un homenaje a Sartre.