Eterna Cadencia - Abril 14 de 2009



Entrevista a José Pablo Feinmann /1

Por Patricio Zunini

 

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(Foto: Lucio Ramírez)

Buenas tardes, gracias por venir. Para mí es un placer que esté José Pablo Feinmann en la librería. Un capricho que nos pudimos dar, un gusto que podamos compartirlo. Voy a hacer una brevísima introducción a la charla, después trataremos de sacarle el jugo. [La introducción].  José, muchas gracias por venir.

Gracias a vos, gracias a todos por venir. Bueno, te escucho, preguntame vos. Te olvidaste de Bongo, el perro Bongo. Bongo andaba por la calle Estomba, Bongo es un perrito que nació en la casa de Echeverría y Estomba que era mi casa de la infancia, y que está en diagonal a la Iglesia San Patricio, que ahora es trágicamente conocida por la muerte de los curas palotinos. Pero en mi infancia no era así, en realidad, ni siquiera estaba construida. Había una iglesia de zinc y estaban construyendo la iglesia grande, que creo que nunca se terminó, sigue en ladrillos. Hace mucho que no voy, me da un poco de miedo volver a ese barrio. Digo: por lo que ha cambiado. Por ahí voy y mi casa la destruyeron y armaron una torre.

Bueno, fue muy hermoso, yo tuve una muy linda infancia en Belgrano R. Belgrano R era un barrio muy tranquilo y era como un barrio residencial. Y mi viejo era médico, y mi vieja era, digamos, jugadora de canasta de Belgrano R  [Risas]. Entonces, invitaba a las amigas, jugaba a la canasta, venía Doña Lola que dirigía la Acción Católica del barrio. Ahí estábamos, con un hermano mío mayor que me llevaba diez años, que murió hace tiempo. Y donde no habían construido todavía la iglesia, la iglesia grande actual, había un terreno y ahí jugábamos al fútbol. Ahí desde chico jugué de arquero. Fue el puesto soñado de mi vida. Jugué al arco hasta el año ’69 y ahí abandoné porque era muy malo, realmente. Me daba vergüenza seguir jugando al arco. [Risas] De todos modos, siempre que veo fútbol analizo mucho a los arqueros.

¿Hoy quién le gusta?

No, hoy no me gusta ninguno. Me gustó el arquero alemán, pero ahora no me acuerdo el nombre. El del mundial anterior. ¿Cómo se llamaba?

[Intervención del público]: Oliver Kahn.

¡Kahn, ahí está! Pero además, lo que le pasa a Oliver Kahn es extraordinario, porque en el mundial que saca todas las pelotas, la más estúpida de todas no la retiene, y es el gol del triunfo de Brasil.

Después de haber sido elegido el mejor jugador del mundial.

Igual lo eligieron el mejor jugador del mundial, porque se entiende que cualquier arquero puede tener un error. Pero ahí está la tragedia del arquero. Un error del arquero es gol, un error de otro jugador lo puede salvar otro, no es necesariamente gol. Pero un error del arquero es gol, es decir: es un puesto límite. El arquero está solo en el penal, se viste distinto, festeja solo los goles. Todos sus compañeros festejan por allá y él tiene que saltar solo en el área como un tonto [Risas] festejando los goles. Muchísimas cosas más.

Puede llegar a ser el gran líder del equipo. Hay muchísimos arqueros… Acá entre nosotros el primero fue el gran Amadeo Carrizo, que formó a una generación de arqueros. Yo creo que por eso decayeron muchos los arqueros, porque después de Fillol… (No sé si estoy hablando de literatura. [Risas] A mí me encanta hablar de arqueros, pero vamos a tratar de darle dramaticidad.) Después de Fillol hubo una gran decadencia en el rubro arqueros. Y yo tengo una teoría: después de Fillol ya no hubo arqueros que hubieran aprendido mirándolo a Amadeo Carrizo. Yo recuerdo los años ’60, digamos los más grandes como, pongamos, Andrada en Rosario Central, Gatti que jugó en Boca y en River, Poletti en Estudiantes, el gran Agustín Mario Cejas, por supuesto, que jugó en Racing.

[Intervención del público]: Marín.

José Miguel Marín, de Vélez, ¿no?, gran arquero. Había arqueros increíbles. ¡Increíbles! Pero qué pasaba: una vez me contó Cejas, que para mí era grandioso, que iba y se ponía detrás del alambrado y lo miraba jugar a Amadeo. Y lo mismo pasó con toda esa generación, iban y se ponían detrás de Amadeo Carrizo y estudiaban cómo jugaba Amadeo. De ahí salió una generación que es la que nombramos, de grandes arqueros. Que se prolongó hasta Fillol. Pero después no recuerdo. Vinieron otros, los últimos son… Abondanzieri, Burgos era un horror.

¡Ah! Acá voy a decir algo filosófico: el último aparente gran arquero fue el paraguayo Chilavert. Pero Chilavert era más famoso por los tiros libres que por sus condiciones de arquero. Entonces, he aquí, como decía Albert Camus, “todo lo que aprendí de moral, lo aprendí jugando al fútbol”. Una frase conocida de Albert Camus. Se cuenta que una vez Pedernera era técnico, y un arquero se le acerca y le dice yo quiero tirar este tiro libre. Y Pedernera le dice que no. En la cancha el arquero no entiende por qué, pero después Pedernera lo llama en el vestuario y le dice: “mirá te voy a explicar: si yo te dejo tirar el tiro libro y vos lo errás, te van a matar a vos, me van a matar a mí. A mí por habértelo dejado patear a vos que sos el arquero,  y a vos que sos arquero por pretender tirar un tiro libre. Nos matan a los dos. Y si vos convertís el tiro libre -y esta es la gran lección moral del asunto; de usted lo trataba, perdón-  y si usted convierte el tiro libre, habrá humillado a un compañero”. Esas cosas me matan.

Hablando de arqueros, en Timote hay una discusión fenomenal sobre Cejas.

En Timote, claro. ¡Qué bien que comenzamos por aquí! Porque en Timote se habla mucho de fútbol.  Yo decía ¿qué hago con esta novela? No los puedo tener todo el tiempo a los montoneros hablando con Aramburu, hay que airearla a la novela. Esto uno lo aprende de su viejo oficio de guionista de cine. Hay que airearla.

Entonces ahí yo tenía un personaje, Blas Acébal, el capataz de la estancia que Gustavo Ramus le dice “Don Acébal, váyase al pueblo y no aparezca hasta el lunes, martes”. “Porque acá lo vamos a amasijar a Aramburu” (Eso no se lo dice). Y Acébal se va al pueblo.

Acá tengo una gran oportunidad para airear la novela. Entonces primero hago que se encuentre con Riganti, que es un inmigrante que puso un almacén en el pueblo, y Acébal -y ahí nos enteramos que Acébal lo vio a Aramburu, contrariamente a lo que creen Ramus y Firmenich, que también participa un poco de la charla- le cuenta Riganti: “mirá, están estos pibes y están con Aramburu”. Y Riganti le dice “che, qué cagada, estos pibes son muy católicos, ¿no?” “Sí, sí” “Bueno, cuando los católicos se juntan con Aramburu, los peronistas sonamos” [Risas] Porque a Perón lo tira la Iglesia Católica más todo el antiperonismo.

Me enteré que, notablemente, empezaba el Mundial de México del ’70 el domingo, que es el tercer día que los montoneros lo tienen a Aramburu preso. Lo están juzgando. En mi novela, más que juzgarlo, se producen esos largos diálogos entre Aramburu y Fernando Abal Medina. Entonces dije “tengo que aprovechar esto del Mundial”.

Y Argentina no jugó ese mundial, porque no se había clasificado. Y el partido en que no se clasificó fue un partido inolvidablemente triste, pero inolvidable a la vez, donde el equipo jugó pésimo, ¡pésimo! Donde Cejas efectivamente sacó un montón de pelotas. Hubiéramos perdido 11 a 2, más o menos, de no haber sido por Cejas. Alguna pelota sacó Marzolini. Y el gol de Rendo, que ningún veterano olvidará el gol de Rendo, que Rendo sale del área, atraviesa toda la cancha, es increíble, no lo para nadie, elude al arquero peruano y hace el gol. Uno de los goles más increíbles de la historia. En un momento le hace un pase a Tarabini que era tan bruto, que no se la quiso devolver, le quiso dar un envión muy fuerte como para mandarla al lateral izquierdo, pero falló y le quedó para Rendo de nuevo. Rendo sigue, llega al arco y la mete adentro. Dos a dos. Y sobre la hora, Brindisi mete un cabezazo: tres a dos. Pero estaba en off side. Entonces el árbitro, evidentemente un hombre de un coraje excepcional, anula el gol.

¡En la Bombonera! Porque éramos tan miserables bajo Onganía (en realidad siempre… pero era el Mundial de Onganía) que se había decidido jugar en la Bombonera para que los peruanos se asustaran por el efecto de la hinchada que los iba a amedrentar. No los amedrentó, que digamos. A los peruanos les salieron todas.  El arquero peruano, Rubiños, que era malísimo, se tiraba para un lado y la pelota le pegaba en el pie. Bueno, perdimos.

De esto hablan. La cosa es demostrar que el pueblo, ese domingo, donde todos los diarios están llenos de la noticia sobre el secuestro de Aramburu, hablan del mundial de México. Nadie habla de Aramburu.

[Intervención del público]: El que tuvo mejor suerte con los peruanos fue Videla.

Sí, ahora Videla se la ganó esa suerte. Videla va al vestuario peruano con Kissinger. ¡Con Kissinger va al vestuario peruano!  Para felicitarlos, aparentemente. Ustedes imagínense. Los pobres peruanos lo ven aparecer a Videla con Kissinger y se cagan en la patas. [Risas] “Acá el imperialismo y los militares argentinos asesinos quieren que perdamos. Vamos a perder”. Y fue un partido evidentemente tramposo. Porque había un arquero, Quiroga…

[Intervención del público]: Argentino.

Argentino, y como todo arquero argentino era muy bueno. Había atajado muy bien. Y ese día no dio una, se tiraba para el lado contrario. Entraron todas. Ahí gana Videla con los peruanos.

Pero vos [a PZ] querés hablar de literatura… [Risas]

Volviendo a Timote. Me contó por teléfono que lo escribió en dos meses mientras preparaba los artículos que semana a semana publica en Página/12.

En realidad, empecé a escribir Timote en el suplemento de peronismo. Lo largué ahí. Cuando llegué a lo de Aramburu dije “no voy a contar otra vez lo de Aramburu”. Es muy sabido, se conoce mucho. Aparte, todos los ensayistas, algo que me parecía un poco penoso, tenían la versión que da Firmenich en la Causa Peronista, en el año ’74. Que es una versión que Firmenich da, en realidad, para que le cierren la revista y justificar el pasaje a la clandestinidad. Firmenich dice que en ese reportaje está Arrostito, cosa que Arrostito después niega.

O sea que el único verosímil para remitirse sobre el secuestro de Aramburu es lo que Firmenich cuenta. En suma: no hay verosímil, porque si alguien no es verosímil es Firmenich. No sé, yo al menos no le creo nada a Firmenich. Entonces dije: “qué fantástico”. Como acá no hay verosímil, entonces decidí inventar, pero inventar a lo loco.

Primero decidí narrarlo, hacer una ficción. No contarlo ensayísticamente, si no largar dentro del ensayo una ficción. El ensayo [sobre el peronismo] es muy loco, publiqué un acto teatral hace poco.

Con Urquiza.

“Urquiza en Pavón”. Y también hice una pequeña teatralización de Ezeiza como farsa y tragedia. Dije voy a mezclar ficción y ensayo, y largué el secuestro de Aramburu. Pero cuando llegué al quinto suplemento, dije “voy a parar porque si no me come el suplemento”. Y empecé a escribir la novela.

Y cuando llegue a Rucci, ¿va a hacer una novela?

No me atrae mucho Rucci, no. Además, ya está lo de Aramburu. Y lo de Rucci me parece que no podría encontrar un elemento en los protagonistas. Primero que ahí no se sabe quién mató a Rucci. Sí: los montoneros asumen ese asesinato. En este caso es claramente un asesinato porque la Argentina estaba en democracia, Perón había ganado con el 64%, en fin. Es una barbaridad. Pero no me atrae eso.

Lo que estoy haciendo es una ópera sobre Ezeiza. Una ópera coral. Digamos, con distintos puntos de vista y distintos protagonistas. No sé cómo hará el escenógrafo, pero tiene que ser una ópera en la cual veamos la Autopista Ricchieri -esto puede ser proyecciones-, el interior del avión que trae a Perón, la Casa Rosada con Cámpora, Righi, otros ministros y Juan Manuel Abal Medina -que era el que más aconsejaba a Cámpora-, el palco con Leonardo Favio y hasta los mercenarios franceses, algunos personajes más, el hotel donde torturan. Es un fresco que terminaría con la retirada de los millones de personas que fueron hacia el atardecer. Una de las jornadas más tristes, ese regreso. Me parece que es una gran metáfora del fracaso argentino.

Estoy trabajando lo de Ezeiza con Beckett. Porque ahora viene Ezeiza. Entonces pensé que esperando a Perón era como Esperando a Godot. [Risas] Estoy trabajando mucho a Beckett en este momento para hacer de esa espera increíble de Perón donde van ¡en serio! dos millones de personas. ¡¿Cuándo dos millones de personas…?! Van a buscar a un viejo de casi 70 años. Qué es lo que se mueve ahí: esto es Esperando a Godot. Viene Godot que arregla todo.

Ahora hay una editorial que se llama Godot, y sacaron un lema muy lindo: “no hay que esperar a Godot, hay que matarlo”. [Risas] ¡Bien! ¡Está muy bien! Si tomamos el tema de la existencia auténtica en Heidegger, no hay que estar esperando algo que venga de afuera, sino que uno interiormente debe encontrar su propio Godot.

En realidad como mi amigo Patricio Contreras, que es chileno y que hizo Esperando a Godot en teatro, después de unos cuantos vinos decía [imposta la voz, imita el chileno] “Pero vos fijate, con esa huevada lo famoso que se ha hecho ese hombre”. [Risas] Es maravilloso. Al fin y al cabo la simple idea es que no hay que esperar a Godot. Godot anuncia que va a venir y estos siguen esperando y no viene, y esto es una existencia empobrecida porque todo está puesto en otro lado, en Godot que no llega.

Esto lo toman muchos autores, por ejemplo Gorostiza en El patio de atrás, durante toda la obra en el patio de atrás una serie de personajes esperan a un primo que fue a Estados Unidos, y mientras tanto las plantas crecen, inundan el patio. ¡Y es Godot! Hay un montón de obras que son Godot. Entonces Patricio decía que Beckett inventó la huevada. Estoy en eso: esperando a Perón y esperando a Godot.