“Aramburu había hecho todo lo necesario como para ganarse esto”

Perfil - 7 de Junio de 2009

Reportaje a José Pablo Feinmann

“Aramburu había hecho todo lo necesario como para ganarse esto”

Un diálogo con el filósofo sobre su última obra, Timote, que ficcionaliza el cautiverio y muerte del general Pedro Aramburu, hecho fundacional de Montoneros. Una reflexión sobre la violencia política y la fe de guerrilleros como Fernando Abal Medina.

Por Magdalena Ruiz Guiñazú

 

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Ficción. La novela nació a partir de los fascículos sobre historia del peronismo que publica todos los domingos Página/12.
Que no se crea que en este relato Aramburu será tratado como un gorila antipopular, que se buscó una muerte que merecía, que se la ganó. Se van a sorprender los que esperen eso. Aramburu, ante la muerte, ahí, nos va a mostrar un rostro sorprendente. De católico a católico le va a hablar a Fernando Abal Medina del “temor de Dios” y a Fernando, antes de matarlo, por cometer el error de hablar mucho con su víctima, se le va a abrir un tajo en el piso, y ese tajo, pese a tantas y tan sólidas convicciones hará temblar su espíritu…”

Así escribe, así encara la ficción de palabras que nadie escuchó nunca, José Pablo Feinmann en la página 19 de Timote uno de los libros más vendidos de esta temporada.

—Esta novela nace inesperadamente, –explica Feinmann–. Yo estaba haciendo el suplemento sobre el peronismo que sale los domingos en Pagina/12 y, hasta aquel momento, llevaba publicadas 55 entregas (hoy estoy en 80, ¡una enormidad!), unas 1.500 páginas…

—Prácticamente un libro.

—Sí, sí. Planeta lo está esperando pero primero quiero terminar con esto y cuando llegué a la parte de Aramburu me detuve y dije: “Aquí, todos los que han tratado el secuestro de Aramburu lo único que hacen es tomar el único testimonio verosímil que existe: lo que escribió Firmenich en La causa peronista”. Relato que incluso Norma Arrostito negó haber firmado. Bueno, ese material es muy pobre y… es de Firmenich. Una persona por la que yo tengo muy poco aprecio. Alguien a quien detesto.

—Esto se ve en la novela.

—Sí. Y entonces pensé, frente al hecho de contar con tan poco material verosímil, en algo que pudiera tener la dimensión ontológica de la realidad ¿por qué no inventar? ¿por qué no acudir a la ficción que, por otra parte, es algo que yo también hago además del ensayo? Decidí entonces que iba a narrar el secuestro de Aramburu como una novela. La voy a incluir dentro del ensayo, me propuse. Es un ensayo muy loco y daba como para incluir una novela dentro del ensayo. Empecé entonces a escribir la novela pero al quinto suplemento, advertí que la novela me iba a devorar la totalidad del suplemento.Corté entonces ahí y empecé a trabajar realmente en la novela. Me di cuenta en ese momento de que tenía una enorme libertad ¡porque de esto nadie sabe nada!

Feinmann, pensativo, apoya estas palabras: “Nadie sabe nada…”.

—Advertí también que no podía haber buenos ni malos, ni inocentes ni culpables, ni versiones que respondieran políticamente a una u otra tendencia. Que los personajes tenían que decir todo lo que hubieran dicho en la circunstancia extrema en la que se encontraban. Si lo que hablaban era verosímil… bueno, eso no me importó. Después me dijeron: “… Pero, Aramburu… y el pibe ése…¿cómo van a decir todas esas cosas que aparecen en la novela?”. Pero a mí no me importa y respondo… ¿Por qué no van a decir todas esas cosas? ¿Por qué no? Cada uno dice lo más duro que tiene para tirárselo al otro y así es como se establece el juego de lo que yo pretendí… una tragedia al estilo de Hegel. Hay que recordar que, para Hegel, la tragedia es la lucha de los justos contra los justos. No es la lucha de los buenos contra los malos sino de lo bueno contra lo bueno o de lo malo contra lo malo. Hegel toma este ejemplo de Antígona porque sostiene que, tanto Creonte como la propia Antígona tienen razón. Pero son distintas razones. Creonte tiene la razón del Estado que exige dejar el cuerpo sin enterrar. Antígona, en cambio, esgrime la razón de la familia que necesita dar sepultura a ese cuerpo. De ahí que esta tragedia haya sido utilizada en el tema de los desaparecidos argentinos. Entonces, lo que dice Hegel es que tanto Antígona como Creonte tienen razón. Son dos razones distintas. Cada uno las expone y al escucharlas, uno piensa que los dos tienen razón. ¿Cómo se resuelve esto? Bueno… no se resuelve.

—¿Es por eso, entonces, que en el impresionante diálogo entre católicos que mantienen Aramburu y Abal Medina, usted introduce “la mirada de Dios”? ¿Esa necesidad, en el caso de Abal, de tener a Dios por testigo?

—Jorge Alemán (que es un filósofo muy interesante) me decía que lo que yo hago con Abal Medina es que va sumando justificaciones: la muerte de Valle, la represión, etc. Pero, en determinado momento, esas justificaciones no alcanzan, no llegan hasta la decisión de matar. Y allí, él está solo y tiene que dar un salto que es responsabilidad absolutamente suya porque no hay nada que justifique tronchar una vida. Por más que se vayan sumando cosas terribles de las que acusa a Aramburu, en el momento de matarlo, Abal siente que está solo y sobre todo lo siente porque ha hablado mucho con Aramburu. Esto es lo que, justamente, le reprocha Ramus cuando le advierte: “¡No hables con él! Vos tenés que matar una idea, un concepto, el gorila fusilador. Pero no a un hombre”.

—Ramus aparece como un personaje más primario.

—Sí, es más primario. Aquí el que representa a un personaje de Dostoievski, demoníaco y alucinado, es Fernando Abal Medina. Yo no lo conocí pero mi creación lo muestra así.

—El tenía 23 años. ¿Pueden ocurrir estas cosas a esa edad sin caer en la alucinación?

—Sí, es muy posible. El estaba poseído por su papel. Por eso yo creo más en él que en la frialdad de Firmenich. Yo creo que Fernando puede ser el protagonista de una tragedia. Firmenich, en cambio, es un personaje frío, calculador que, luego, manda gente a morir en la contraofensiva. Además, yo necesitaba hacer lo que hice. Por ejemplo, convertir a Fernando en un Ivan Karamasov. Y Aramburu, que es muy hábil, le tira encima el tema de “la mirada de Dios” cuando le dice: “Bueno, mirá, vos sos católico y yo también. Y a cada uno de los muertos que vos me tiraste encima los llevo en mí. Y siento que Dios lo sabe. Sabe que yo di las órdenes y… es difícil vivir con eso. A vos te va a resultar terrible porque Dios te va a mirar y te va a juzgar…”. Y Fernando, que cree que está más allá de eso, no puede dejar de aceptarlo. Mucho. Esta es quizás una de las partes más jugadas de la novela. Me refiero a la plegaria final de Fernando.

—¿Cuando él se arrodilla junto a su cama…?

—Sí, claro. Porque la plegaria final de Fernando dice algo acerca de Dios que también ha dicho Karl Lowith (un discípulo de Heidegger): “Después de Auschwitz es imposible imaginar una divinidad totalmente buena”. Entonces, lo que hace Fernando es decirle a Dios que “este mundo en el que estoy es tan injusto y lleno de atrocidades que no puedo imaginar que seas totalmente bueno”.

—¿De esa manera Abal justifica el asesinato?

—Sí. Por ejemplo cuando le dice a Aramburu: “Ustedes me hicieron así. Yo soy el resultado de quince años de sofocamiento del Estado gorila argentino que pasó de gobiernos semilegales a dictaduras militares. Entonces aparecimos nosotros. Usted nos creó…”. Abal siente que tiene que hacer “eso” y Aramburu, a su vez, siente que tiene que decirle fundamentalmente: “Vos no estás haciendo justicia popular porque el pueblo no te dio esta orden”. Y él le responde: “El pueblo se va a poner muy contento cuando se entere de su muerte”.

—Pero yo no recuerdo que esto haya ocurrido.

—Sí, hubo bailes en las villas porque Aramburu era, digamos, la síntesis del odio peronista. Y Fernando le contesta: “… ¡Aunque el pueblo no nos haya dado un mandato, nosotros representamos un anhelo popular y es que usted sea castigado!”. Aramburu entonces pide un cura. “¿Me van a matar en ese sótano? Yo a Valle, por lo menos, lo maté en la Penitenciaria y tuvo a su lado a un sacerdote, monseñor Devoto. ¿Dónde están los fusileros? Ah, ¿me vas a matar vos? ¡Esto es un asesinato!” Son frases muy terribles… Yo siempre estuve contra la violencia –subraya Feinmann–. Incluso escribí un libro contra la violencia; pero con Montoneros… hasta 1970… es decir, cuando no había democracia en el país... Mi comprensión es mayor hacia la violencia. El Cordobazo, la Calera… el surgimiento de estas cosas. Cuando hay una dictadura… ¿cómo oponerse?, ¿decir “no, no se levanten contra una dictadura”? No hay derecho a decir nada.

—Yo creo, en cambio, que el asesinato no es admisible bajo ninguna circunstancia.

—La violencia debió terminar al asumir Cámpora. Incluso los Montoneros hacen una conferencia de prensa y anuncian que guardan las armas. El ERP, no. El ERP, en un delirio total, le dice al gobierno constitucional de Cámpora que como no va a hacer una reforma agraria, ellos seguirán matando a empresarios y militares. Que no los van a matar a ellos, los camporistas… Le repito, un delirio total. Pero los Montoneros son más cautos y anuncian dejar las armas mientras subsista un gobierno democrático. Después, bueno, vuelve Perón y yo creo que se equivoca en todo lo que hace. Pero ése es otro tema.

—Efectivamente, pero cabe suponer que una persona enferma como ya estaba Perón pasa también a depender de las personas que la cuidan. Por ejemplo, quien le pone bien las inyecciones pasa a tener, para el enfermo, una importancia desmedida en circunstancias normales. El caso López Rega nos remonta al huevo de la serpiente de la dictadura de 1976.

—La Triple A se arma con conocimiento de Perón. Lo que ocurre es que Perón no contaba con el Ejército. El Ejército no le iba a hacer la tarea sucia. Seguramente Lanusse, que era muy inteligente, se lo habrá dicho: “Nosotros no vamos a hacer esa tarea sucia. Hágasela usted”. Y Perón no tenía otro elemento más que organizaciones clandestinas. Ocurren muchas cosas. El asesinato de Rucci, por ejemplo. Usted se habrá fijado que yo, en la novela, me cuido mucho de hablar del asesinato de Aramburu porque lo considero un hecho tan complejo por la circunstancia histórica y la responsabilidad institucional de una Argentina que no brindaba salidas democráticas a una juventud que se levantó ante esto. Reitero: Cordobazo, Rosariazo… en fin, allí surgen los primeros focos guerrilleros en una época dominada por la figura del Che Guevara. Fíjese que Abal Medina muere dos meses después de Aramburu en William Morris. Y ahí la conducción la hereda el Negro Sabino Navarro que era un personaje muy humano. ¡Tan humano que lo encuentran en una circunstancia amorosa con una chica en un auto! ¡A raíz de esto, Firmenich aprovecha para hacerlo echar de la conducción por “inmoral”! Por engañar a su esposa. Lo envía entonces a Córdoba donde lo matan y allí, tambien, es donde la conducción de Montoneros queda en manos de Firmenich. Yo creo que ahí se va todo al diablo. A Firmenich le decían Manolito, Maderita. Creo que era un mal tipo.

—Bueno, es…

—Sí, es. La verdad es que yo no me explico cómo tanta gente inteligente siguió a la conducción de Firmenich. El Operativo Retorno, por ejemplo, es inconcebible.

—¿Usted no cree que, aunque parezca una redundancia, filosóficamente una muerte es siempre quitarle la vida a alguien, privar de la vida a alguien?

—Es verdad. Una muerte es siempre una muerte. Yo no puedo dejar de decirle que lo de Aramburu fue un asesinato. Pero tampoco puedo dejar de decirle que fue un asesinato en circunstancias muy especiales. O si quiere que lo diga de otro modo, Aramburu había hecho todo lo necesario como para ganarse esto. Había cometido muchos errores…muchos errores.

—Cuando, en la novela, usted escribe aquel diálogo entre Aramburu y Abal, en el que Abal Medina le echa en cara que la esposa del general Valle va a pedirle clemencia a la Casa de Gobierno y le contestan que Aramburu está descansando, quizás allí aparece el argumento más fuerte que usa Abal Medina.

—También cuando está por matarlo, le lee en voz alta el Decreto 4161 con el que Aramburu promulga, en su momento, la prohibición de nombrar a Peron, a Evita y hasta el nombre del Partido Justicialista. Imagínese un país en el que el cadáver de Evita desaparece. ¿Cómo va a desaparecer el cuerpo de Evita? No sólo es muy torpe sino que revela un gran miedo. Evita no podía descansar en ningún lado porque le tenían terror a la convocatoria de masas que esto produciría. Donde estuviera Evita, las masas iban a ir constantemente a rendirle culto. Iba a ser un lugar de concentración, digamos, militante que ellos querían evitar a toda costa. Cometen entonces una atrocidad desde el punto de vista humano y religioso: escamotean el cadáver. Es inexplicable. Además al prohibir a Perón, olvidan que lo prohibido toma una fuerza formidable en la mente de aquellos que se preguntan constantemente el por qué de esta prohibición. Comienza entonces, por ejemplo, lo del avión negro. Hacen cosas de una increíble torpeza. El Estado gorila hace que gente como Illia, que era una buena persona… ¿Qué hubiera pasado si Illia se hubiera plantado: “No, señores, yo no les avalo esta farsa…”?

—Bueno, pero tanto Illia como Frondizi, cuando intentan rebelarse y cambiar la situación son inmediatamente despojados del poder.

—¡Pero eso ellos debían saberlo! Los tenían como mascarones para cubrir un estado de ilegalidad institucional absoluta. Cuando Framini gana la provincia de Buenos Aires, a Frondizi lo voltean. Illia era muy débil y el pretexto, según recuerdan los radicales, fue la ley de medicamentos. Hay un golpe preventivo de Onganía. ¡Además, tenga en cuenta que lo de Aramburu se produce bajo la dictadura de Onganía! O sea que Abal, un muchacho de 23 años, haya matado a un militar no significa lo mismo que si esto hubiera ocurrido bajo la presidencia de Alfonsin o de cualquier gobierno de nuestra democracia. Yo creo que una cosa es matar bajo una dictadura y otra, matar en una democracia. Por supuesto que nunca se puede aceptar la muerte pero ¿qué vamos a hacerle? El “no matarás” es muy lindo pero es ineficaz. El hombre mata y vuelve a matar. Yo, en eso, he llegado a un desaliento muy grande porque la pulsión de muerte, como dice Freud, es muy grande y derrota a Eros constantemente.

—Bueno, Eros y Tanatos: el amor y la muerte, como decían los griegos.

—Sí, pero Freud habla de “pulsión de muerte” más que de Tanatos. Pero, fíjese un poco el mundo en el que vivimos. Es una atrocidad. Un presidente como Obama tiene que decir: “¡Estados Unidos no torturará más!”.

—Bueno, también lo reconocen Bush, Rumsfeld, Condoleezza Rice (¡por otra parte una exquisita pianista!).

—Bueno, y hay series como 24 horas destinadas a justificar la tortura… En fin…

—Pero volviendo a su novela, cuando usted dice que “… la esperanza de salvación ha ido alejándose de Aramburu. Ya no busca ganar tiempo. Se ve que no aciertan a encontrarlo. O que la Policía de Onganía no pone muchas ganas. Esta certeza lo fue atrapando hora tras hora, ¿para qué querría salvarlo Onganía?”. ¿Usted piensa que a Onganía, Aramburu lo molestaba?

—Claro. Claro. Aramburu molestaba a todos. Se puso en el lugar de la víctima. En el lugar que va a hacer de él una víctima. Muy inteligentemente, Aramburu se da cuenta de que esa situación que él creó debe ser cambiada. O sea, que el mismo hombre que inaugura la cosa advierte que “no, que hay que cambiar esto. Hay que integrar al peronismo. Tiene que plantearse una democracia argentina sino vamos a seguir eternamente así”. Incluso, hay versiones de que Aramburu habla con Perón y se encuentra con él en París. Pero esto a Onganía no le gusta nada. Tampoco les gusta a los peronistas ni a los montoneros. Ya hemos visto en los diálogos de la novela que lo consideran muy peligroso. Le dicen a Aramburu: “Usted quiere integrar el peronismo al régimen. Usted quiere un peronismo con saco y corbata. Nosotros queremos un peronismo revolucionario…”. Y esto desalienta mucho a Aramburu porque dice: “Lo mejor que tengo para darles para ustedes, en cambio, es lo peor. Lo que tengo para darles es decirles: miren, muchachos, yo quiero que venga Perón y quiero integrarlo a la democracia argentina...”. En una palabra, como después hizo Lanusse aún con todo el odio que le tenía pero superándose a sí mismo. Lanusse fue mucho más hábil. Lo trajo y lo mató a través del desgaste que el poder produjo en su salud. Por otra parte, Lanusse era un caballero considerando la actitud que tuvo bajo la Junta, cómo se enfrentó a Videla.

—Y cómo fue testigo en el Juicio a las Juntas por el caso Sajón…

—Sí, claro. ¡Y las cosas que dijo! Muy bien, Lanusse.

—También en “Timote” hay otros personajes. Es muy interesante la descripción que usted hace de Norma Arrostito. Ella tenía una formación completamente diferente a la de Abal Medina.

—Sí. Arrostito tenía una buena formación marxista. Había leído seguramente a Marx. No El capital, que es un libro muy difícil, pero tenía una formación que le habrá pasado un poco a Fernando Abal, hacia el cual actuaba un poco maternalmente. Era mayor que él. Lo quería mucho y cuando muere Fernando, ella queda como un mito. Pasa a ser “la viuda”.

—Cuando ella redacta los comunicados del secuestro de Aramburu, aparece como no aceptando las formas empleadas por Montoneros.

—Sí, ella desobedece en la redacción de los comunicados. Y esto lo hice para mostrar que Arrostito no iba a obedecer mecánicamente un comunicado redactado con anterioridad a los hechos. Yo eso nunca me lo tragué. ¡Es imposible que los comunicados estén redactados antes de que los hechos ocurran! Nadie sabe cómo van a ocurrir las cosas. En la novela le dí, entonces, más relevancia a Arrostito redactando los comunicados. Incluso ella se asombra mucho cuando lee unas declaraciones de Aramburu a la revista Criterio: “Este es más duro que Perón…”, reflexiona. Y Aramburu dice allí cosas interesantísimas como que “del hambre sólo puede surgir la violencia...” y ella ahí advierte que a Aramburu es mejor “terminarlo” porque lo va a reemplazar a Perón. Y la novela concluye en una forma muy triste. Con un Fernando lanzado hacia el futuro, acelerando su camioneta en medio del barro y pensando en que va a hacer el amor con Arrostito. “…A nosotros no nos para nadie…”, se dice mientras que nosotros ya sabemos, por el prólogo, que a él también la muerte lo está esperando en William Morris.