2010

Página12 - 21 de marzo de 2010

 

Los resistentes

Por José Pablo Feinmann

 

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Ahora son viejitos. O están viejitos. Porque serlo, no lo son. Aunque vacilen al hablar o el Parkinson asome aquí y allá. Esta gente no envejece. Protagonizó una de las luchas más puras de nuestra historia. La hicieron al margen de la conducción de Perón. La hicieron desde el corazón de las masas. No mataron a nadie. “Nosotros no matamos a nadie.” Llevaron adelante una huelga ejemplar respaldada por todo un barrio populoso y proletario: Mataderos. Hicieron, así, la Comuna de Mataderos, pero hablada en el idioma del Buenos Aires obrero, de los perseguidos por la “Libertadora”, de los que estaban dispuestos a no ceder, a no humillarse, a seguir peleando. Si Alejandro Fernández Mouján mostró en su film anterior, Pulqui, cómo era “la patria de la felicidad”, en éste nos muestra la patria de la persecución y de la resistencia a esa persecución. Los que toman la palabra son los veteranos luchadores.

RADAR -10 de enero de 2010

 

EL GUION DE SARTRE SOBRE EL COLONIALISMO

Los condenados de la Malasia

En 1943, la Liberación de París podía olerse pero no verse aún. Las naciones imperialistas de Europa todavía tendían sus tentáculos sobre Africa y Asia. Y el cine estaba en su cumbre como arma de propaganda y propagación de ideas entre las masas. Fue entonces cuando Jean-Paul Sartre recibió el encargo de un guión. Inédito y sin filmar durante décadas, Tifus es rescatado en forma de libro. José Pablo Feinmann lo leyó, lo celebra como una pieza maestra sobre la libertad, le imagina directores y lo compara con las películas de su época.

Por José Pablo Feinmann

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Qué pena: nadie se animó a filmar este poderoso guión. Era demasiado para 1943. No por el costo. No porque no fuera atractivo para cualquier productor. Menos aún porque fuera hermético. Al contrario, se entendía todo y posiblemente se entendiera más de lo conveniente.

 Sartre fue un hombre de una coherencia filosófica y moral notables. Murió, con él, todo posible acercamiento entre la filosofía y la política, la historia, la injusticia, el hambre. Me detengo con alguna frecuencia a ver la foto del 19 de abril de 1980 que exhibe la biografía de Annie Cohen Solal. Es la foto de los funerales de Sartre. Gobernaban aquí los guerreros de la peste. La muerte del gran filósofo fue anunciada como la de otro “subversivo” caído en un enfrentamiento. Las frases eran horribles, asqueantes: “Ideólogo de la subversión marxista, de notable influencia en las guerrillas que asolaron el continente americano, amigo del régimen de Fidel Castro, admirador del Che Guevara y de Mao Tsé Tung...” Hablaban del autor de El ser y la nada, Saint Genet, comediante y mártir, Crítica de la razón dialéctica, El idiota de la familia, del novelista de La náusea, del exquisito, sensible literato de Las palabras. En París –que fue su ciudad, su ciudad-situación– fueron a despedirlo 50.000 personas. Miro otra vez la foto. Difícil creerlo: ¿toda esa gente va a despedir a un filósofo? Algunos dicen: “Es el último acto del Mayo francés”. Sí y no, como le gustaba escribir a Sartre en la Crítica. Es, en 1980, el entierro de la política. El fin de la voluntad de cambiar el mundo. Es, también, como si se hubiera dicho: enterremos a Sartre, enterrémoslo de una vez por todas, ya estamos hartos de él, no queremos que nadie nos recuerde que el mundo es injusto y que nada hacemos para que no lo sea, que en el mundo hay hambre, guerras, que el imperialismo sigue existiendo, el racismo, la tortura, que nuestros héroes militares de Argelia dan clases en países como Chile y Argentina, donde se masacra a miles de seres luego de interrogarlos según el método de nuestros pares, del héroe de la Resistencia Paul Aussaresses, donde se los tortura para obtener información y a eso se le llama tarea de inteligencia. Enterremos a Sartre: ya no vende bien.

Página12 - 10 de enero de 2010

 

Un gran triunfo de Bongo

Por José Pablo Feinmann

 

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Era una casa tapada por un médano. No del todo. Si el médano la hubiera cubierto por completo, no sería eso que dije: que era una casa tapada por un médano. Sería un médano. A lo sumo –dirían algunos conocedores– un médano con una casa adentro. Algo de lo que uno podría desconfiar. ¿Seguro que había una casa debajo de ese médano? ¿Nada menos que una casa, una entera casa? Pero no perdamos tiempo: el médano había trepado hasta el balcón del primer piso. Ahí se había detenido. Desde el balcón hasta el lugar en que el médano empezaba había una montaña de arena. De modo que se podía saltar desde el balcón, caer en la arena, rodar y rodar hasta detenerse en la planicie. Era una aventura irresistible. Ese dato, sin embargo, nos fue negado durante casi quince días. Hacia 1951 o ’52, en San Clemente, los veraneantes eran pocos y la gente del lugar bastante arisca. Jacques, el dueño de Le Pirate, que era francés en serio, fue el primero que nos habló de la casa. Nos tenía cariño y pena a la vez. Pena porque éramos muy pibes para ir a Le Pirate, que era una boîte. La boîte de San Clemente. Ahí, a ese antro del pecado, iban mi hermano y sus amigos. Que nos llevaban casi diez años. Nosotros teníamos nueve y sólo podíamos entrar en la boite a la mañana y hablar con Jacques y caerle bien, que nos tomara cariño, porque éramos pibes piolas nosotros. De boludos, nada. Yo, por dar un ejemplo, le decía a Jacques todas las pavadas que les escuchaba a mi hermano y a sus amigos cuando volvían de bailar. Nunca volvían contentos. Todo les salía mal. Las chicas aceptaban bailar, por ahí un beso, pero a la playa no iban ni locas. A Bubby –que era el más piola de todos– una piba le cruzó la trucha de un cachetazo. Parece que el maestro del levante veraniego le había propuesto ir a la playa y algo más. Cualquiera sabe qué es algo más cuando un tipo se quiere llevar una piba a la playa, a medianoche sobre todo. Bubby tardó diez días en volver a Le Pirate. No bien lo vio la piba del cachetazo se le acercó y le pidió perdón. Bubby miraba hacia el suelo y movía la cabeza, triste o atormentado. Esa noche, arrasada por la culpa, fue ella la que lo llevó a la playa. Si pasó algo más, no sé. Pero a la playa, fueron.