2009

Página12 -23 de julio de 2009

 

La última invasión de Buenos Aires (Cuento apocalíptico)

Por José Pablo Feinmann

 

Corre el mes de mayo de 2014. La crisis del capitalismo ha herido, no de muerte, pero malamente al culto país del sur, Argentina. La miseria está en todas partes menos en la orgullosa ciudad de Buenos Aires, siempre de espaldas al resto del país, por historia y convicción. La brecha entre pobres y ricos se ha ensanchado. Hay, sobre todo en la populosa banlieue de la ciudad de aires parisinos, millones de pobres de toda pobreza. La delincuencia –luego de llegar a niveles alarmantes– ha sido combatida. Pero aún falta. El Congreso ha dictado finalmente la Ley Giménez. Rige la pena de muerte en el país. La imputabilidad llega hasta los 13 años. La policía ha duplicado sus efectivos y ha modernizado sus armas de represión. Hay toque de queda a las 22. Todo edificio de clase media, clase media alta y clases adineradas, tiene dos porteros y cuatro agentes de seguridad armados hasta los dientes. En la provincia de Buenos Aires se han alzado muros en todo lugar en que se consideró necesario. La ciudad de Buenos Aires está cercada por uno alto y hecho con un nuevo material, de reciente aparición en Francia (porque los inmigrantes sin trabajo, casi todos musulmanes indeseados, desdeñados, ya han incendiado dos veces París), que resiste más que el cemento. Los countries tienen alambres electrizados e incontables guardianes con Itakas ultramodernas. Sin embargo, los delitos continúan. Se sabe que hay hambre más allá del mundo de la seguridad.

Página12 - 26 de junio de 2009

 

Cuánto duele decirte adiós

Por José Pablo Feinmann

 

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Era un tipo cabeza dura, tano a más no poder, corajudo y genial. Pocos dibujantes como él. Sus tapas –cada una de ellas– eran obras de arte, obras maestras. Sólo las de Nine lo igualaban. Exquisitos los dos, detallistas, indagadores de la belleza sin límites. Lo comparaban con Ianiro. Era una buena comparación, pero Andrés iba más lejos que el de Rico Tipo. Andrés tenía un trazo veloz y elegante. Encontraba de una cara exactamente eso en que su esencia residía. Por eso si el Tano dibujaba a alguien nadie se equivocaba: era el tipo que el Tano había querido dibujar, embellecido (a veces inmerecidamente) por la genialidad de su caricaturista. En sus manos, la acuarela llegaba a niveles raramente vistos. Pero él era más que eso. Era un hombre de empresa. Un creador de grandes revistas. Sobre todo –se sabe– de una que hizo historia: Humor. Salió en plena dictadura. Salió para la pelea, para el riesgo, para reírse de un poder macabro, que carecía por completo del sentido del humor, que es lo más bello de la vida y lo único que –al final de todas las cosas–- nos salvará del ridículo, y tal vez del ridículo final: el de morirnos.

 

¿Estás loco, Andrés? ¿Qué es esto? ¿Una joda? ¿Cómo se te ocurre algo así, morirte? ¿Qué se te dio? Ya sabemos que vos no te morís nunca, que hiciste historia, que estuviste y solo en una coyuntura horrible y no arrugaste nunca, fuiste al frente, vos y un puñado más de locos. De locos sinceros, de locos que buscan colgarse de la gloria y de pronto encuentran la muerte. De locos lindos.

Página12 - 27 de diciembre de 2009

 

Un exceso de verdad

Por José Pablo Feinmann


“Seamos claros: soy nazi.” Así empieza un texto de Ignacio B. Anzoátegui. Autor católico, furioso antimarxista, antiliberal, pluma ágil, acerada, sabía herir fieramente con sólo una frase: “Dijo Gobernar es Poblar. Y nunca se casó” (sobre Alberdi en Vidas de muertos). Hoy está olvidado, pero muchos lo recuerdan y veneran. La frase Seamos claros: soy nazi es un ejemplo de algo que llamaremos verdad incondicional. Al falangista y nazi Anzoátegui no le preocupan los condicionamientos de la verdad. Sólo le importa decirla. Una verdad –sobre todo en política: Anzoátegui era un ideólogo y un político– se pronuncia en medio de múltiples condicionamientos. Está condicionada por el tiempo: ¿es el momento de decirla? Ese momento está condicionado por la circunstancia que atraviesa el partido político en que se ubica el que dice la “verdad”. De aquí que los intelectuales se sientan excesivamente condicionados dentro de los partidos políticos. “Guárdese este artículo, che. Por ahora no podemos decir eso. No podemos –escuche bien– ni que se sospeche que lo pensamos.” “Pero yo lo pienso ahora y quiero decirlo ahora.” “Oiga, idiota, usted se metió en un partido. El que decide cuándo hay que decir algo es el partido. No usted. O lo entiende o se va.” El momento de una verdad no es, entonces, el que surge de la conciencia del intelectual orgánico, sino de la coyuntura del partido. Vivimos en medio de complejas tramas históricas. En cada una de ellas hay cosas que se pueden decir, otras mejor no.

Página12 - Julio 2009

 

La realidad externa era fascista

Por José Pablo Feinmann


Recuerdo que era de noche, pero no si hacía frío. Por la fecha del año, calculo, raro que hiciera calor. El calor estaba en nosotros, en nuestras discusiones. Discutíamos si existía o no la realidad externa. Eramos alumnos de Historia de la Filosofía Moderna y estábamos, creo, preparando el final. Debía ser algo así; si no, no se explica que estudiáramos tanto y discutiéramos un punto tan, digamos, puntual. El punto era Descartes y su Discurso del método. Hay cierto momento en que Descartes se pregunta si las cosas que él ve ahí afuera son verdaderas o algún genio maligno lo está engañando. Entonces dice que son verdaderas porque él las ve, y si las viera y no fueran verdaderas Dios lo estaría engañando. Y Dios es bueno y no puede engañarlo. Se trata de su recurrencia a la veracidad divina. Pero hay un problema: para demostrar que hay cosas fuera del ego cogito porque Dios es bueno y no puede engañarme, tengo que demostrar que Dios existe. Y esto es fácil para Descartes. Porque dice: tengo en mí la idea de la perfección. Yo, que soy imperfecto, no pude haberla puesto ahí, donde está: en la conciencia. La tiene uqe haber puesto un ser perfecto. El único ser perfecto es Dios. Dios existe.

Página12 - 15 de febrero de 2009

 

Una celda para Jaime Smart

Por José Pablo Feinmann


Nunca voy a olvidar al doctor Smart. Ni al general Saint Jean. Creo que la Justicia tiene que ocuparse de ellos y lo está haciendo. Los dos tienen una sombría característica en común: ampliaron, expandieron el concepto de subversión. Mucha gente que estaba en el país en 1976 tenía cierta esperanza: se hablaba tanto de la lucha contra la guerrilla, contra el terrorismo, que conjeturaron que no serían atacados. No habían estado dentro de una organización armada, no habían participado de ningún operativo, no habían empuñado un arma. Sin embargo, tenían miedo. Muchos les decían que se fueran. Que la cosa era también con ellos. ¿Qué habían hecho ellos? Ser profesores. Ser psiquiatras. Haber publicado un par de libros o notas en algunas revistas. Tener amigos que ya se habían ido. De los que no se sabían los motivos de ese raje, pero todo raje, en esa época, tenía que ver con el peligro, con el miedo a morir. Además, los que aún residían en el país se veían secretamente de tanto en tanto y evaluaban la cuestión de la seguridad. No había un solo dato racional. La represión no lo era. Siempre se concluía lo mismo: “A cualquiera por cualquier cosa”. Ahí, apareció un día Saint Jean y dijo una frase hoy célebre: “Primero mataremos a los subversivos, después a sus cómplices, después a sus amigos, después a sus familiares, después a los indiferentes y por último a los tímidos”. Saint Jean era el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Jaime Smart, el ministro de Justicia y, Ramón Camps estaba al frente de la policía. Era un terceto temible.

Página12 - 15 de noviembre de 2009

 

Entretenimiento para adultos

Por José Pablo Feinmann

 

Todos quieren a las putas. Sobre todo los escritores y las actrices. García Márquez sacó no hace mucho un libro de memorias. No lo leí, pero según el título que el sagaz colombiano le puso, sus Memorias iban entrelazadas fogosamente con las putas. Aunque no sólo con el fuego de las ancestrales trabajadoras del placer, sino con su tristeza. Memorias de mis putas tristes se llama el libro. Algunos dicen que García Márquez habrá transitado el mundo de los burdeles no a lo largo de años, sino por dos o tres días. Para un escritor es suficiente. ¿O no trabajamos con la imaginación? Denle a un escritor una tardecita en un buen burdel y sacará de ahí una novela de 500 páginas. Añadirle la “tristeza” era indispensable. Es el toque romántico, crepuscular de la cosa. Las putas son siempre tristes porque viven condenadas a vivir sin amor. Y cuando lo encuentran las convenciones sociales –que son siempre crueles con ellas– se lo obliteran. Belgrano Rawson me contó alguna vez que –no bien llegó de San Luis a la gran urbe– se fue a vivir a una pensión de putas. No me contó si cogió mucho o poco o nada. Ni hablamos de eso. Me dijo que eran flor de minas, buenas compañeras. Se las tiende a idealizar. Entre ellas, como en todos lados, tiene que haber buenas y malas. No me despiertan mucha ternura las de los lujosos books para business men llenos de dinero y de acciones en distintas empresas y bancos del mundo. Hay un esquema de la puta que no se detiene en éstas. Es la puta solitaria, sin amor, la que se sabe despreciada por la moral burguesa de las mujeres honestas, de las madres de familia, de las chupacirios, de las que reservan para sus esposos lo que ellas ofrecen a sus mejores clientes. Las actrices aman meterse en sus pieles, en sus almas, en sus alegrías y tristezas. En Hollywood hay una frase: “Hacés de puta o de tarada y te ganás un Oscar”. Jodie Foster intentó las dos cosas. De puta, Taxi Driver. De tarada, Nell. Acabo de ver a Michelle Pfeiffer interpretar a una lujosa muñeca de placer de La Belle Epoque. Se enamora de un pibe y todo termina mal. El pibe la abandona por su joven esposa pero, con el tiempo, descubre que, al hacerlo, dejó atrás al gran amor de su vida y se pega un tiro. A su vez, ella descubre en su rostro el paso del tiempo, esa fiera venganza de la vida. Pero eso le permite a Stephen Frears hacerle un close up de casi un minuto y cerrar la película, ir a negro. Ese plano final de Michelle es deslumbrante: ahí se ve la soledad insalvable que aguarda a la puta en su final, cada arruga es una derrota, cada dolor ahonda la falta de frescura, de espontánea liviandad, torna denso, trágico el brillo opaco de sus ojos.

RADAR - 8 de noviembre de 2009

 

El apocalipsismo

Por José Pablo Feinmann

 

Si las llamadas o autodenominadas democracias occidentales se aprestan a descorchar botellas de champagne para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, sería aconsejable que no, que no gasten dinero inútilmente, que no descorchen nada, que ni una botella de cerveza se tome en Berlín ni en ninguna otra parte. Un triunfo lo es cuando puede superar el problema que había dado origen a su enemigo. Si el comunismo surge en el curso de la historia para expresar el descontento de los expoliados, de las clases obreras con salarios magros, la injuria de la extrema desigualdad social, las ganancias excesivas de los poderosos, la formación de los monopolios, la rapiña del capital financiero, sólo la solución de estas cuestiones habrá de sellar su aniquilación. Con el Muro de Berlín no sólo debió haber caído la desunión de Alemania, no sólo debió haber prevalecido un régimen de concesiones democráticas ante otro oscuramente autoritario, una ciudad iluminada por los carteles de Yves Saint-Laurent y Coca-Cola sobre otra aún oscurecida por la larga sombra del campesino Stalin. Se les debió entregar a los obreros comunistas lo que siempre habían pedido, pero ahora en medio de la democracia, de la libertad. El Muro no cayó para eso. Fue un triunfo propagandístico de Occidente y una gran derrota de las filosofías igualitarias, que habían equivocado (ya desde las páginas de Marx) su proyecto político al desdeñar a la democracia en beneficio de un engendro que llevó el nombre de dictadura del proletariado.

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