2008

Páginas12 - 4 de mayo de 2008

 

Saber dar la muerte

Por José Pablo Feinmann


¿Qué le pasa a la Ciencia con Dios? ¿Qué obstinación la lleva a buscar los dos orígenes que impiden el sosiego de sus días, impiden sus sueños o los transforman en pesadillas? Porque la Ciencia sueña y lo hace sin detenerse. Es una soñadora obsesivo-compulsiva. Busca el origen del hombre y el origen del Universo. En cuanto a ambas cosas, los teólogos, sin que les falte razón, ya han dicho que aun cuando se encuentre el origen jamás se encontrará el comienzo. Vayamos al nuevo juguetito que están a punto de accionar. Es una máquina tan gigantesca que ni siquiera podemos imaginarla. Lo que sabemos es que ya llevan 15 años construyéndola y que su costo final, pues ya está construida, ha arribado a la cifra, no modesta, de 40.000 millones de euros y, sí, leyeron bien. ¿Qué se lograría con este aparatejo? (Que lo es, ya que su grandeza es nada, es una nimia insignificancia en la vastedad de aquello cuyo origen busca develar.) El aparatejo nos permitiría encontrar la primera primerísima partícula a partir de la cual salió todo lo demás. Que sería el Universo. A esta primera primerísima partícula se le ha dado el nombre, más bien estúpido, de la “partícula de Dios”.

RADAR - 10 de marzo de 2008

 

La desmesura argentina

Por José Pablo Feinmann

 

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La desmesura de lo que Echeverría cuenta sólo es comparable a la enormidad del error que cometió el unitario. Pareciera que el joven elegante y culto no conocía mucho sino casi nada la ciudad en que vivía, y eso que no era grande. Porque desviar su cabalgadura para el lado del matadero es una desviación tan desviada que más no podía serlo.

 Pero Echeverría –es él quien encarna, quien se refleja en el unitario distraído, que de altanero que era no miraría hacia abajo y eso lo perdió–- quería una historia que buscara los extremos, y extremada debía ser la distracción del unitario. La historia no empieza con el unitario, empieza con el lugar en que el unitario perderá sus pasos y luego la vida: el matadero. Ahí no pueden ser más horribles las cosas.

Página12 - 13 de julio de 2008

 

Lo que está en juego

Por José Pablo Feinmann


Hay dos cosas totalmente diferenciadas que andan en el país o cerca del país. Una es la IV Flota del Comando Sur de la Armada de los Estados Unidos. Sobre ella, hablaremos. Lo otro que anda por aquí son tres cartas firmadas por nuestros más prestigiosos intelectuales y artistas. Esto anda por Internet. Ignoro qué efecto podrá causar, pero a quien quiera enterarse se lo decimos: los mejores artistas e intelectuales de la Argentina, los más respetados, los que más han hecho por la cultura de este país y están vivos, se han unido para firmar un texto que denuncia, sin más, la agresión a un gobierno democráticamente elegido al que todos ellos quieren defender. Porque se trata de estar con la democracia o no. A algunos que la jugaron de progres en otros tiempos sería atinado sugerirles leer la lista de esos escritores y plásticos. Y ver de quiénes se han aislado y a quiénes se acercaron sin retorno: a los escuadrones mediáticos del discurso único. A los que trabajan para determinados poderes, con eficacia pero sólo eso. Muchas máscaras han caído.

Página12 - 20 de abril de 2008

 

Lo que hay y lo peor

Por José Pablo Feinmann

 

No hay debate de ideas. Lo que se expone sirve para propulsar intereses, ocultándolos. Cuando uno cree que va a encontrar ideas se topa con textos de relevante pobreza. Son tiempos devaluados. En ese aspecto. En otros, son tiempos de furiosa beligerancia. Pocas veces –salvo en jornadas inminentes a golpes de Estado–, el periodismo jugó un papel tan importante, tan brutal, tan parcial como en estos momentos. Todo el periodismo –no sé cuál será la excepción, seguramente este diario, al que todos agreden como oficialista o directamente servil: vivimos en la época de los agravios, no de las ideas– apunta sus dardos contra el Gobierno.

RADAR - 9 de noviembre de 2008

 

Del Toro por las astas

La semana que viene se estrena el último derroche de Steven Soderbergh: Che (El Argentino). Producida y protagonizada por Benicio del Toro y con un casting digno de una revista de moda (Rodrigo Santoro como Raúl Castro, Santiago Cabrera como Camilo Cienfuegos y Demian Bichir como Fidel), al menos esta primera parte (las otras dos horas y pico vendrán más adelante) no da mucha tela para cortar: es prolija, sin riesgos estéticos ni apuestas ideológicas. Sin embargo, José Pablo Feinmann se pregunta por qué la industria prefiere glorificar a un guerrillero marxista y no a una reformista popular como Evita.

 

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Por José Pablo Feinmann

Pocos personajes han dejado de significar lo que significaban hasta tan extremo punto como Ernesto “Che” Guevara. En los ’60, uno decía “Guevara” y no sólo decía “lucha armada”, decía “foco insurreccional”, “preferencias de la guerrilla rural sobre la urbana”, “relaciones distantes con la Unión Soviética”, “crear dos, tres, muchos Vietnam”, “hagamos de nuestros hombres frías máquinas de matar”, “sólo un pueblo con odio puede vencer a un enemigo despiadado”. El desangelado Mario Vargas Llosa en cierta nota de los años ’90 festejó que ninguna de las ideas del Comandante quedaba en pie. Es posible. No es él, al menos, el que las encarna. El Che, hoy, sólo una cosa encarna: la lucha contra la injusticia, la idea de la rebeldía. Pero, ¿qué injusticia? La de todos. Para el Che era la del imperialismo norteamericano, “el más grande enemigo de la Humanidad”. ¿Qué rebeldía? La rebeldía contra el sistema de producción capitalista, en el que el hombre explota al hombre.

Ahora, Hollywood hace una película sobre el Che. La de Benicio del Toro. ¿Por qué los yanquis aceptan al Che y escupen sobre Evita? Porque el Che es un muchacho de buena familia. Un pibe urbano. Es hombre, no es mujer.

Página12 - 6 de enero de 2008

 

El calor

Por José Pablo Feinmann

 

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Siempre que uno imagina al perfecto ciudadano inglés lo ubica en la era victoriana, sobre todo hacia fines del siglo XIX. Si se trata de señalar al detective de esa era tampoco puede corroernos duda alguna, es Sherlock Holmes. Holmes vive en la calle Baker Street y generalmente está sentado en un cómodo sillón junto a una estufa de leños. He aquí el entorno del colonizador. Cuando Holmes visita a su hermano Mycroft en el Club Diógenes todo ocurre de modo semejante. Suelen sentarse a dialogar junto al fuego de la chimenea: ése es el lugar del que surgirán las ideas precisas, apolíneas, fríamente racionales que resolverán los casos.

 La razón occidental es fría. Sobre todo en su formulación positivista. Holmes es un detective positivista. Su mente privilegiada se lanza siempre en busca de los hechos, éstos suelen ser a veces tan pequeños que Holmes debe acudir a su célebre lupa para develarlos. El pensamiento positivista se alimenta de los hechos. La razón positivista es una razón cósica: hace de las cosas el orden necesario de la historia. Es siempre una racionalidad que viene a consagrar lo establecido. Lo que es es. Lo que es no puede ser otra cosa. Las cosas no cambian, no devienen. Son lo que son. Sólo a un defensor de las clases dominantes del inicio del siglo XX en la Argentina, un defensor que busca demostrar que todo sentido lateral a esa historia burguesa de decurso lineal y necesario que es la razón de Occidente es irracionalidad pura, sólo a Oscar Terán, digo, se le puede ocurrir defender al positivismo.

Página12 - 20 de enero de 2008

 

Veraneos en San Clemente

Por José Pablo Feinmann

 

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No hubo un solo día sin sol en San Clemente del Tuyú. No lo hubo, al menos, durante los veranos de 1952 y 1953. Si le pido un esfuerzo a mi memoria acaso recuerde uno. Pero no sé si fue el día o mi incertidumbre de pibe veraneante que siente, inesperadamente, que en el Paraíso puede existir también el miedo o, por decirlo con mayor justeza, la ansiedad.

 En esa época, para ir a San Clemente, había que recorrer todavía ochenta kilómetros de un primitivo camino de tierra, lleno de pozos y de malas sorpresas, la menor y más común de las cuales era reventar una goma. Esperábamos a mi padre. Porque él, que nos había llevado la primera vez, luego volvía a Buenos Aires para trabajar, para seguir al frente de algo vago para mí que se llamaba “los negocios” o “el trabajo”, más raramente “la empresa”. No creo que mi viejo tuviera una empresa. Había tenido dinero en el pasado, cuando era médico, pero dejó la medicina y luego nada le fue del todo bien. Igual le había quedado eso a lo que también vagamente para mí le decían “fortuna”. Creo, ahora, que significaba que se había quedado con unos cuantos pesos de su pasado de médico y vivíamos más de eso que de la “empresa” actual. Era ya avanzada la tarde y el viejo y su noble Nash no aparecían. El Nash es otro personaje de los veraneos en San Clemente.
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