2007

Página12 - 2 de diciembre de 2007

 

La voz del amo

Por José Pablo Feinmann

 

 

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Se sabe: el Prólogo que Sartre escribió para el libro de Fanon es infinito. Lo es sin duda para los que asumimos que la Historia no deja de remitirse a él, de convocarlo. Sucede algo y nos encontramos diciendo: “Esto ya lo decía Sartre en el Prólogo a los condenados de la tierra”. Si tocamos el tema del sujeto: Sartre lo saca de Europa y lo pone entre negros, en Argelia. Era, Europa, el sujeto, ahora es el objeto. El sujeto es la descolonización. Si polemizamos sobre la violencia, ahí, otra vez, está el texto de Sartre, violento de cabo a rabo; violento en su expresividad lingüística y conceptual. Violento en su desbordada genialidad. Violento en su desmesura, en el constante acto de excederse a sí mismo. Violento en sus postulaciones concretas. Se conocen: “Hay que matar”. O también: cuando el colonizado mata al colono nace un hombre libre y queda un hombre muerto. No esperábamos –sin embargo– lo que acaba de suceder. De aquí nuestro asombro, nuestra perpleja pero precisa verificación de la siempre renovada actualidad de ese Prólogo. Acaba de llevarlo a primer plano el rey Juan Carlos de Borbón.

Página12 - 10 de junio de 2007

 

Las instituciones y el hambre

Por José Pablo Feinmann


Hará unos días fui a un coloquio. Eran las 12.30 y ésa no es mi mejor hora. Había mucha gente y volví a insistir con la cuestión del hambre en el país. Estamos sentados sobre el hambre. Dormimos sobre el hambre. Y lo peor: comemos sobre el hambre. Y aún peor: nos acostumbramos al hambre. Es un paisaje cotidiano. Los guías de turismo llevan a los turistas a Puerto Madero y les muestran las torres. ¡Qué ciudad Buenos Aires! Busca el Cielo como lo buscó Nueva York. Las Torres arañan las alturas, los hambrientos arañan los basurales para encontrar algo para comer. Es indecente. Dije, entonces, en ese coloquio: “Si hay guita para los pobres, no me importan tanto las instituciones”.

Página12 - 18 de noviembre de 2007

 

Los que hacen la tarea

Por José Pablo Feinmann

 

No todas las tareas son iguales, no todas entregan a quienes las hacen la misma retribución, el mismo cálido, honorífico reconocimiento. Todo hombre desea ser reconocido. Incluso Hegel dijo que en eso consistía la historia humana: en el deseo de ser reconocido por el Otro. Pero, en la polis, hay reconocimientos que se retacean porque otorgarlos revelaría aspectos sombríos, incómodos. Hay tareas sucias. No todos están dispuestos a hacerlas porque no todos se atreven al verdadero sacrificio por la patria, acaso al más grande: al oscuro, al secreto, al que nadie ponderará. Hacia fines de 1974 la Argentina era un campo de batalla en el que la vida se tomaba ligeramente, con liviana crueldad, porque nada valía. Creo, seriamente lo creo, que debo decir por qué estoy metiendo al lector en una historicidad amarga, de recuerdo doloroso. Ando, desde hace tiempo, preparando materiales para un libro sobre la historia del peronismo. Se trataría, en lo posible, de reflexionar acerca de los materiales que van surgiendo. A esta reflexión sobre los hechos (y a otros elementos que se le suman) se le podría dar el nombre de Filosofía política.

Página12 - 15 de abril de 2007

 

La glocalización

Por José Pablo Feinmann


Occidente siempre buscó universalizar su cultura creyendo –y no podía sino creer algo así– que, al hacerlo, incorporaba a los países “occidentalizados” a una civilización superior. Inglaterra tuvo éxito en esa empresa. Y Estados Unidos la heredó y hoy la propugna con la misma convicción. El concepto que surgió –como consecuencia, también, del poder “universalizador” de los mass media– fue el de globalización. Luego del atentado del “nine eleven”, la potencia del Norte, la superpotencia que garantiza e impulsa la globalización del Occidente actual, se sintió poderosamente herida. No imaginamos todavía hasta qué punto. Y los países que se resisten a la globalización norteamericana afirman su diferencia. Que un país afirme su derecho a ser diferente a la universalización que propone un Imperio es un signo de debilidad para ese Imperio. Se debiera suponer que la gran potencia bélica se basta para imponer su cultura como la cultura de todos, como la “cultura universal”. No puede haber “diferencias” cuando se plantea un “orden global” y más aún si ese “orden global” responde a la estrategia de una “guerra global”.

Página12 - 1 de abril de 2007

 

El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos

Por José Pablo Feinmann

 

En 1940, en la soleada California, Theodor Adorno y Max Horkheimer escriben un libro sombrío. Tratan de comprender, dicen, “por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie”. La frase –hasta donde yo sé–- nunca mereció las evidentes críticas que deben hacérsele. La Humanidad siempre estuvo en un estado verdaderamente humano. De aquí que su historia haya sido lo que fue y lo que está siendo y (peor aún) lo que será. En ese libro algo caótico y con pasajes inspirados (me refiero a Dialéctica de la Ilustración) Adorno y Horkheimer –algo fabulosamente raro en dos pensadores que se dicen marxistas– se dedican a añorar los tiempos que antecedieron a la Revolución Francesa, y exponen luego una teoría por la cual toda la culpa la tiene la Ilustración, cuya consecuencia fue ese desatino de la revolución mencionada que acabó transformando la razón en razón instrumental y avasallando la naturaleza y arruinando la relación armónica del hombre con ella.

Página12 - 18 de marzo de 2007

 

Una multipolaridad nuclear preapocalíptica

Por José Pablo Feinmann


El título que acaban de leer lo puse porque creo que es real. Que lo que dice está pasando. También lo puse pensando en el recientemente ido de este mundo Jean Baudrillard, que solía visitarnos y todos lo iban a escuchar y el hombre decía genialidades como “la guerra del Golfo no ha tenido lugar”, una banalidad basada –más o menos– en que no la habíamos visto por televisión. Hace poco, leyendo sus necrológicas, todas muy informadas, me enteré de que había dicho, sobre el asunto de las Torres Gemelas, que ése, el de las Torres, había sido “un evento absoluto” y otra vez todo el mundo se pone a decir eso: “evento” absoluto. “Evento” es una palabra que inventó Heidegger y la copiaron (usando sobre todo su sinónimo “acontecimiento”) Foucault, Deleuze, Badiou y, por supuesto, Baudrillard. La cuestión me puso pensativo. Me pregunté: ¿y si invento alguna fórmula, algún verso baudrillardiano sobre el caos que es hoy la historia? Y ya está: inventé el título de esta nota. Es un poco largo. O no tanto: la frase del francés sobre la guerra del Golfo lo que se dice “corta” no es. Por ahí, me dije, paso a la historia como Baudrillard. Y en mis necrológicas –o, al menos, en una, porque una, supongo, habrá– se dice: “Había definido la temporalidad histórica de la primera década del siglo XXI” (y aquí viene) “como ‘una multipolaridad nuclear preapocalíptica’”. Y, ahí, desde algún lugar del Cielo o del Infierno, sonrío y le digo a Baudrillard: “¿Viste? Y eso que nunca fui francés”.

Página12 - 4 de marzo de 2007

 

Scorsese, el que ríe último ríe peor

Por José Pablo Feinmann


Suben tres glorias al escenario la noche de los Oscar. Uno, abundoso, con barba y con muchas canas en la barba, con labios gruesos, sonriente. El otro, también sonriente, une sus manos a la espalda y se apresta a participar de algo que le agrada, que lo confirma en todo lo que cree y que incorpora al Olimpo de los Ganadores al Eterno Postergado. El tercero, que también sonríe (en suma: los tres sonríen) tiene carita maliciosa, nariz de Talmud y representa lo más concentrado del poder de Hollywood. Están actuando una escena. Una ficción. Una mentira que les divierte. Ya saben quién ganó el Oscar. Es mentira que nadie sabe quién habrá de ganar las estatuillas. Si no, estas cosas no serían así. No bien uno vio subir al podio de la gloria a Coppola, a Lucas y a Spielberg uno supo que el ganador era Scorsese y que sus talentosos compañeros de la generación rebelde del setenta estaban ahí, donde ahora están, esperándolo para darle, ellos, la estatuilla. No es la primera vez que ocurre. Sophia Loren subió al podio cuando hubo que entregar un Oscar al mejor film en lengua extranjera. Abre el sobre e inaugura una costumbre. Exclama: “¡Roberto!” El ganador era Benigni, que había dirigido La vida es bella. Benigni, entonces, hace lo que todos los norteamericanos desean y esperan que haga: que sea el latino vital, jocoso, colorido, risueño, en suma, ridículo. Benigni les da el gusto. Corre hacia el fondo del auditorio y regresa saltando por los respaldos de las sillas. Le pisa la cabeza a Billy Bob Thorton, que, muy civilizado, se la deja pisar. Llega al escenario.

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