2002

Página12 - 28 de Diciembre de 2002

 

Bombas clandestinas

Por José Pablo Feinmann

 

Hay una faceta muy alentadora de la crisis argentina: pese al deterioro de la clase política, no se ha deteriorado la opción de la sociedad civil por el sistema democrático. El fracaso de la clase política no contaminó a la democracia. Fracasaron los hombres, no el sistema. Esto determina que en medio de este vacío de representatividad nadie vislumbre la posibilidad de una ruptura de ningún tipo. Incluso quienes ejercen la protesta y hasta la rebelión lo hacen valorando un sistema en el que es posible expresarse, e insisten en no reducir esa protesta sólo al ámbito electoral. Hay un axioma de la Constitución Argentina que ha sido negado en los hechos y -si tal cosa ocurrió– es porque ese axioma fue superado por los tiempos. Es el que dice que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes.

Página12 - 20 de Diciembre de 2002

 

Cambio Mucho / Poco / Nada

Por José Pablo Feinmann

 

MUCHO

Una jornada masiva exitosa puede sostenerse en el tiempo o puede devenir una liturgia, un rito, algo que se sigue haciendo por evocación o por tratar de obtener –por medio de la repetición– lo que originariamente se obtuvo. Pongamos un ejemplo: el 17 de octubre de 1945 fue un hecho de masas genuino que consiguió alterar el rumbo de la política argentina. Después pasó a ser un ritual, no ya destinado a cambiar un orden sino a sostenerlo, a sostener el orden que se había consolidado con el acto de masas originario. No voy a descubrir aquí la dialéctica de la reificación, de la cosificación de los hechos históricos. Surgen nuevos, instalan lo nuevo y luego, por medio de su repetición ritualística, dogmática, consolidan lo establecido, no están al servicio de la dinámica histórica sino al de su sacralización.

Página12 - 14 de Diciembre de 2002

 

Poder y Contrapoder

Por José Pablo Feinmann

 

La consigna originaria de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, la consigna que postula que se vayan todos, tuvo múltiples interpretaciones. Para muchos, y no hay que desdeñar esto, fue confusional. Decían: “Si se van todos, ¿quién viene?”. Asustados, imaginaban un enorme vacío de poder institucional, un país en el que, una vez ausentes esos “todos”, ya no había gobierno posible, sino el mero horizonte de la anarquía. Desde el consignismo se completaba el “Que se vayan todos” con el “Que venga el pueblo”, cosa difícil para el mismo pueblo que no sabría a dónde ir en tal caso. ¿Qué debería hacer? ¿Ocupar de inmediato el Estado? Aquí intervenía la cuestión instrumental: si se van todos, si el Estado queda vacío y tiene que venir el pueblo a ocuparlo, ¿sabe el pueblo cómo controlar un Estado del que ha estado ausente, excluido desde el inicio de los tiempos?

Página12 - 30 de Noviembre de 2002

 

Dialéctica del director y la orquesta

Por José Pablo Feinmann

 

Durante la semana que se extendió del 16 al 23 de noviembre Buenos Aires vivió un acontecimiento trascendente. Ocurrió en un multitudinario Teatro Colón, colmado, desbordado por fervorosos amantes del arte del piano tal como lo desarrolla Martha Argerich y por muchos otros/otras que penetraron en esa sala tradicional con curiosidad, con bermudas y con ombligos al viento. Pocas veces fue más popular el Colón, pocas veces se escuchó en él tan buena música. Cierta vez leí a un crítico y el crítico decía aborrecer esas salas en que la gente escucha una orquesta en silencio. Buscaba exaltar el clima bullicioso y corporal de los conciertos de rock, con el que nadie puede estar en desacuerdo, sobre todo si quiere sacurdirse un poco. Pero la visión de dos mil personas (la noche del sábado 23) escuchando en absoluto silencio a “su” Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Charles Dutoit, tocar los Cuadros de una exposición de Mussorgsky, era la perfecta muestra de una muchedumbre capaz de seguir con absoluta compenetración a una orquesta espléndida, a una partitura genial, la de Mussorgsky, y a una orquestación no menos genial, la de Ravel. Aquí se produjo un hecho que podríamos calificar de “social” y hasta “político”.

Página12 - 16 de Noviembre de 2002

 

Las invasiones de Bush

Por José Pablo Feinmann

 

Seguramente George Bush lo ignora, pero las guerras de conquista implican un retroceso histórico, un regreso al viejo colonialismo del siglo XIX, como si el capital financiero no hubiera aparecido o como si ya no alcanzara para establecer una dominación eficaz. Esta última hipótesis es altamente revulsiva y significa una alteración en los esquemas de dominio de las potencias imperiales. Todo parece indicar que –hoy, a comienzos del siglo XXI– los guerreros no conquistan los mercados para luego retirarse y mantenerlos sometidos por medio del comercio y las finanzas, sino que necesitan permanecer en ellos. O sea, la guerra es guerra de conquista, y toda guerra de conquista reclama el dominio permanente de los guerreros, la no finalización de la guerra, ya que una guerra finaliza cuando los ejércitos, aun los triunfadores o, sobre todo, ellos, se retiran. En la hipótesis de guerra de Bush los ejércitos no podrán retirarse, porque Bush ha retornado a las guerras de conquista, quiere establecer un imperio, no ya por el comercio o las finanzas, sino por la dominación directa del poderío bélico.

Página12 - 02 de Noviembre de 2002

 

Otra vez John Wayne

Por José Pablo Feinmann

 

Durante la guerra de Vietnam todavía estaba John Wayne. La extrema derecha norteamericana tenía en Hollywood un héroe viril, gigantón, que caminaba llevándose todo por delante, que sonreía de costado y ganaba batallas desde hacía medio siglo. Igual la guerra se perdió. Había muchas contradicciones en la sociedad norteamericana y el mundo todavía contaba con el bloque soviético, que servía de contención a las posibilidades de desborde total del militarismo a la Wayne. El fin de la bipolaridad abrió las puertas al rostro único de la dominación y al intento de organizar el mundo según los mandatos de un solo polo, el vencedor.

Página12 - 19 de Octubre de 2002

 

Mamá

Por José Pablo Feinmann

 

Ella, ahora, mira desde la tapa de un libro, tiene la cara esperanzada pero alerta, espera lo mejor, pero sabe que lo malo nunca queda atrás, y que lo va a volver a encontrar en el país que acaba de cobijarla, este país, la Argentina. Atrás, también, dejó lo mejor y lo peor. Dejó, en Asturias, en el muy mísero pueblo de Almurfe, las penurias, el hambre que la hizo valiente y la hizo infame, las cerezas de los ricos que comió, robándolas, hasta indigestarse, los Reyes Magos que nunca conoció (nadie necesitó nunca explicarle que no existían, ya que para ella jamás habían existido, la pobreza no da regalos), los trabajos embrutecedores, la amenaza del analfabetismo, la flacura extrema, las enfermedades. Pero también dejó algo que perdió para siempre, que adelgazó su identidad, que le hizo sentir que todo tiempo de separación entre ella y ese pueblucho donde malvivía “fue (como escribirá su hijo, después, mucho después) un tiempo de destierro y, por lo tanto, de dolor”. Sólo ella sabe qué dejó en Almurfe, qué cosa tan honda que la hará sentirse incompleta para siempre.

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